Capítulo XIV En el que se descubre la causa de la visita de Eufrosina, que fue un sentimiento que tenía de su cuñado, y la satisfacción que este le dio
Almorzando estábamos, cuando doña Eufrosina entró con su marido, muy cuidadosa, al parecer, por la salud del coronel; pero a poco rato no pudo disimular el motivo verdadero de su visita, y así le dijo:
—Muy bien conocí, hermano, que usted anoche no tenía otra enfermedad que su maldito genio hipocondriaco y escrupuloso. ¡Caramba, que es usted fatal!, me hizo usted desesperar, y me desairó como acostumbra, no consintiendo que bailara Pudenciana un valsecito, y esto, solo porque era empeño mío y se habían interesado al efecto aquellos caballeritos. Sí, por eso fue, por eso: porque decir que no sabe bailar valse* Pudenciana es negar la luz del día; y a más de eso* que semejante muela se les podía encajar a los demás; pero no a mí que estoy cansada de verla bailar con Pomposita227. Pero ya se ve que usted lo hará porque se críe su hija recatada; aunque en esto de buena crianza nada le va a deber a la mía, porque yo y su padre también sabemos lo que se hace, y al fin es una grosería que una mujer no sepa bailar cuanto se usa, ni que por ser zonza desaire a los que en una concurrencia la conviden. Yo por mí, hermano, ya me guardaré de suplicarle a usted nada en una publicidad, pues ya* tengo mucha experiencia de que siempre se empeña en que quede mal.
—No es para tanto, hermana –dijo el coronel–; usted no debe sentirse porque no bailara valse Pudenciana. En verdad que se lo tengo prohibido, y me parece que con razón. Soy su padre, y tengo cuanta autoridad necesito para impedirle todo aquello que me parezca mal.
»No por eso pretendo que la educación que yo le doy a mi hija sea norma por la que se sigan los demás. Cada uno es dueño de su casa y padre de sus hijos, y obrará como le pareciere. El mundo se compone de opiniones.
—Vaya, vaya, eso es tirar la piedra y esconder la mano –decía doña Eufrosina–; a usted no le acomodan los bailes, porque ya es viejo… sí, por eso, y no quisiera que ninguno bailara; pues yo he oído decir que los bailes son buenos y en todo el mundo se baila, y yo y Pomposa hemos de bailar sobre el diablo. Quedábamos bien con meternos a recoletas tan temprano. Mi hija está en la flor de su edad, y cuando yo no pueda bailar por vieja, no he de embarazar que baile la muchacha, que eso fuera ser* como el perro del hortelano228. A más de que hasta en los conventos de frailes y monjas bailan de cuando en cuando, ¡vea usted por qué no hemos de bailar nosotras que estamos en el mundo y todavía se nos menea un pie!
p. 179—Dice usted muy bien, hermana –prosiguió el coronel–; pero no ha dicho sino lo que yo, esto es, que todos piensan con su cabeza, y cada uno hará en su casa lo que le pareciere.
»No por esto crea usted que aborrezco toda clase de bailes por mi humor tétrico ni por mi edad madura: más viejo que yo era Sócrates cuando comenzó a tomar las primeras lecciones de baile, y no perdió nada de su filosofía por esta afición229.
»No ignoro que el origen del baile casi se pierde en su misma antigüedad, y esta diversión ha sido universal en todo el mundo, aun entre las naciones bárbaras. Ella ha tenido parte en los cultos religiosos, en los enlaces de bodas, en las particulares festividades de la paz, y hasta entre los horrores mismos de la guerra.
»Por tanto, pretender desterrar una diversión tan generalmente recibida sería un absurdo antisocial; porque el baile en sí es indiferente, y solo malo o bueno según el uso que de él se haga y conforme el espíritu con que se baile. Santo fue el baile de David delante de la Arca, y maldito el de los israelitas alrededor del becerro; pero ¡cuán diverso fue el espíritu de estos bailadores230!
»Bailar por alegría, bailar conservando las leyes del honor y la modestia es buen bailar, no hay quien lo condene. Los reyes, los hombres más juiciosos y timoratos han autorizado esta diversión, no solo asistiendo, sino dando ellos mismos unos bailes suntuosísimos. Tales fueron los que dio Catalina de Médicis a los reyes de España, el memorable que dieron los padres del Concilio de Trento en esta ciudad a Felipe II, año de 1562, y el muy distinguido que dio Luis XII en la de Milán, rompiendo* el mismo monarca, y danzando en él los cardenales de san Severino y de Narbona*231.
»Estos bailes, y todos los que sean arreglados, son loables y pueden frecuentarse sin riesgo; pero no son todos así seguramente. Yo asistiré y llevaré a mi hija a los que me parezcan tales, acordándome que el sabio Blanchard dice232:
Que en cuanto a saber bailar es un ornamento que es bueno procurarse, porque sería llevar el rigorismo muy lejos, impedir absolutamente al baile a las personas de mundo, y no se puede condenar sino el abuso de él.
»Pero en virtud del parecer de este autor y por las obligaciones que me impone la religión, sé que no debo llevarla a ciertos bailes que comienzan con ceremonia y etiqueta, y acaban en manoseo y retozo. Esto haré yo; pero no me opondré a que usted y los demás hagan lo que quisieren.
Calló el coronel, y doña Eufrosina, no pudiendo sufrir más esta reprensión, varió de plática, y a poco rato se despidió con su marido.
A pocos días encontré a Tulitas, la ahijada del coronel; pero en un estado tan infeliz que no la conocía, porque estaba muy sucia, trapienta, descolorida, flaca y enmarañada. La pobre me habló y en un instante me contó sus desgracias, y cómo había estado en la cárcel y acababa de salir del hospital, y estaba arrimada en casa de una vieja que había sido amiga de su madre. Yo me compadecí de ella. La socorrí con lo que pude, y me despedí.
Le conté este pasaje al coronel delante de doña Matilde y de su niña, y me dijo:
—No te admires. Tal es, casi siempre, el paradero de las jóvenes bonitas que no se saben apreciar ni conservar su honor con constancia. El mundo las seduce, las halaga y las lisonjea por unos días; pero al fin las abandona con infamia en los brazos de la miseria y de una vejez harto infeliz.
p. 180»Después de que corren alegremente un poco de tiempo pisando flores por el camino de la prostitución, después que marchitan su juventud con los placeres, bailes, fiestas y bureos, cuando menos lo piensan se hallan despreciadas de sus adoradores, hechas el juguete de todos, y encuentran en el hospital o la cárcel los mejores lugares en que llorar el fruto de su mal apreciada libertad. Gertrudis me compadece, pero tiene mil compañeras dignas de la misma compasión. Ya se ve que esta muchacha no se hubiera perdido, si no hubiera sido por su madre ¿Le preguntaste por ella?
—Sí le pregunté. Me dijo que había muerto, y añadió muchos sentimientos de su conducta. «¡Dios la haya perdonado!», me dijo. «¡Ojalá no me hubiera concebido en sus entrañas! Ella me hizo existir en el mundo; pero también me hizo infeliz en él. ¿Qué gana tenía yo de haber perdido mi crédito, ni haber pasado lo que solo Dios sabe? Muy bien estaba yo en casa de mi padrino tu tutor: nada me faltaba a su lado, y sobre todo, estaba yo con honra y frecuentando los santos sacramentos, como tú lo veías. Tal vez allí me hubiera yo casado, y no que mi madre, Dios se lo perdone, por la maldita codicia me vendió al infame don Gervasio, y de allí se originó toda mi ruina, de la que no me repararé en la vida». Diciendo esto, comenzó a llorar amargamente, yo me consterné lo bastante, le di alguna cosilla, y me despedí como ya dije.
—Repito –continuó el coronel–, que es digna de mucha lástima Gertrudis. La frase con que ella culpa a su madre es bien adecuada. Por la codicia venden muchas a sus hijas y las hacen desgraciadas toda su vida, con razón estas les hacen después semejantes honras. Si las muchachas que se abandonan por su gusto se hacen acreedoras al desprecio universal*, ¿de qué execraciones no serán dignas las madres impías que trafican vilmente con sus hijas?
En esto estábamos, cuando entró el ranchero Pascual muy contento a avisar al coronel, cómo para el inmediato domingo estaba prevenida la boda de Culás. Don Rodrigo recibió la noticia con agrado, y le dijo que el sábado estuviese en México con ocho caballos buenos, porque quería ir la familia de su cuñado. Pascual ofreció hacerlo así, y dejando muchas memorias a su ama, se fue para su rancho.
—Me gusta este Pascual –decía el coronel–, por hombre de bien y candoroso. Sin embargo de que la malicia ha extendido su imperio por todas partes, se encuentran entre estos pobres rústicos algunas almas tan sencillas y algunos corazones tan limpios, que es preciso amarlos luego que se tratan. Por lo común no conocen el disimulo, la mentira, ni la vanidad, y esto los hace recomendables para toda gente sensata. Ellos es verdad que ignoran la finura, cumplimientos y faramallas de las ciudades; pero en cambio poseen muchas virtudes morales y cristianas, con las que pasan en su estado una vida feliz, y al fin aseguran la eterna. Por esto dice san Agustín que los indoctos arrebatan el cielo233. Es una lástima que se eduquen tan groseramente, y que se instruyan tan poco en su religión.
»Si muchos de estos tuvieran mejores conocimientos de Dios, de sus atributos y perfecciones, de la naturaleza en común y de la suya propia, serían menos idiotas, mejores padres y maridos, y darían a sus virtudes más brillo y elevación, conservando las que poseen y adquiriendo las que no conocen.
—¿Pero en qué está –dije yo–, que a pesar de la natural buena inclinación de estas pobres gentes, las vemos algunas veces cometer unos delitos enormísimos, y los advertimos incurrir en unas boberías casi increíbles?; especialmente los indios, en los que se notan unos defectos tan comunes y generales, que no parece sino que pasan por herencia de padres a hijos, porque los indios son mezquinos, rudos, embusteros, supersticiosos, desconfiados, y muchos borrachos y ladrones. ¿En qué estará esto, quisiera yo saber?, porque no comprendo por qué en cada clase de gentes sobresale cierta clase de vicios que parece que le son privativos. En los ciudadanos veo resaltar la intriga, la falsedad, la adulación, la vanidad, la soberbia y el orgullo si son ricosdd; si son pobres, los veo holgazanes, descuidados, atrevidos, sin vergüenza, necios y abandonados a los vicios más torpes. En los payos o gente rústica veo que sobresale la barbarie, el despilfarro, la grosería y la superstición, y en los indios lo que ya tengo dicho, y así discurriendo por las demás clases del estado.
dd Todo esto se entiende con la respectiva restricción, pues no se puede hablar general. Muchos ricos habrá con estos vicios y más, y muchos pobres con otros, y algunos sin vicio notable, etcétera. En todo cabe la excepción.
p. 181—Hijo mío, tu duda es curiosa e interesante –dijo el coronel–; yo no sé si te la podré satisfacer. El clima, las costumbres, las leyes y la religión del país donde se nace influyen poderosamente para formar el carácter de los hombres234. Entiendo por el carácter aquel apego y entusiasmo con que cada nación conserva los modales que le enseñaron sus mayores, o que ha ido adquiriendo en el discurso de los tiempos. La primera educación que recibimos también influye mucho para formarnos el espíritu y para diferenciar nuestro carácter de aquellos que no la recibieron igual.
»Concebida la verdad de estos principios, naturalmente se viene en conocimiento del motivo porque son tan varios los caracteres de los hombres, no solo considerados de nación a nación, sino también de provincia a provincia dentro de un mismo reino.
»En esta inteligencia, no es extraño que los payos, los pobres y los indios tengan un carácter diferente o unas diferentes inclinaciones respecto de los ciudadanos ricos e instruidos. La educación y los principios de estos son diversos de los de aquellos: por consiguiente, debe ser diverso el carácter de unos y otros. Esto nada tiene de raro.
»Busquemos en la educación el origen de los vicios y de las virtudes de los hombres, y no nos será difícil encontrarlo. Mientras la educación sea burda y abandonada, los hombres serán groseros y se inclinarán a los vicios más torpes. En el estado natural, cuando el hombre abandonado a sus pasiones, sin religión, sin leyes ni gobierno, sin seguridad y sin cultura, vagaba por los montes ya oprimiendo al desvalido, o huyendo del más fuerte, ¿qué eran sino unos bárbaros que tan pronto se engreían con el más criminal despotismo, como se encorvaban bajo la esclavitud más vil? De cualquier modo deshonraban la humanidad, ya tiranizando a los infelices, y ya sirviendo de infames instrumentos para que los poderosos satisfacieran sus caprichos.
»En medio de este caos*, y progresivamente, apareció la religión, se reunieron en sociedades, se juraron las leyes, se establecieron los gobiernos, y mira aquí al hombre convertido de asesino en filántropo, de ladrón en custodio de los intereses de sus semejantes, de holgazán en laborioso, y últimamente, de salvaje temible en ciudadano provechoso.
»Tal ha sido la suerte de los pueblos, y tal es y será la de todos los individuos de la especie humana. Según la idea que se formaren de la religión y del gobierno, según la sociedad en que se críen, la educación que reciban y las costumbres que vean practicar, así saldrán ellos como he dicho.
»El pobre ranchero, el infeliz indio, el plebeyo abandonado, que ignora la religión que dice que profesa, que no conoce la justicia de las leyes, ni advierte la gravedad de los delitos que comete, y a más de esto, se ha criado en medio de una familia soez, educado con los pésimos ejemplos de unos padres viciosos e ignorantes, ¿qué podrá ser sino un inculto barbaján, y acaso un vicioso perdurable? Sin advertir la mutua conveniencia que nos resulta de sujetarnos a las leyes civiles, sin saber cuánto nos obligan las eternas, sin probar jamás los dulces frutos de las ciencias, y sin noticia de lo que es probidad, honor y vergüenza; ¿qué puede ser, repito, un hombre de estos, sino un necio, un mal padre, un peor marido, y un pésimo individuo de la especie humana?
»Tú me preguntarás que a quién le toca poner el remedio sobre estas cosas y velar acerca de la buena educación de estas gentes, y yo no me detendré para decirte que al gobierno.
»Los reyes en primer lugar, y en segundo los que tienen* sus veces, son los que tienen esta sagrada obligación, conforme al sagrado texto: «¿Te ha constituido Dios», dice el Eclesiástico235, «superior de estos individuos? Pues ten cuidado de ellos». Rectorem te posuerunt…? Curam illorum habe*.
p. 182»Nuestros soberanos, penetrados bien de este principio, han querido siempre desempeñar este divino precepto. Las repetidas y piadosas órdenes que en todos tiempos han expedido para que se establezcan escuelas en todos los pueblos, las academias que han erigido en este y en el otro continente, los colegios que han recibido bajo su patronato real, los premios que han querido se consagren al mérito, etcétera, etcétera, son pruebas nada equívocas de que no han tratado sino* de desterrar de entre sus vasallos la holgazanería y la ignorancia, y de consiguiente la miseria y el vicio, detestando como reyes católicos aquel inicuo axioma del falso político Maquiavelo, que decía ser conveniente a las metrópolis mantener sus colonias pobres y estúpidas, como si la indigencia y la barbarie fueran más poderosas para sujetar a los hombres a la razón, que no la mediocridad, y la doctrina o enseñanza236.
»Los excelentísimos señores virreyes han cumplido por su parte las disposiciones de los reyes, publicando sus órdenes y haciéndolas valer en lo posible. Pues si esto ha sido así, dirás: «¿En qué consiste que en el reino haya tanto holgazán, ignorante y vicioso como se ve?». No sé si atinaré con la respuesta; pero escucha. No siempre depende de las primeras voluntades el que se cumplan sus benéficas intenciones. Ni los reyes, ni los virreyes, ni los magistrados, ni cualesquiera superiores son como Dios, que con un solo acto hace cumplir su voluntad por sí, sin necesidad de ajeno auxilio. Todos los hombres son muy miserables y limitados: siempre estamos dependientes unos de otros, y necesitamos valernos de los demás para verificar muchas veces nuestros designios. He aquí la resolución del problema.
»Los reyes han querido que sus vasallos se instruyan y se eduquen rectamente: para esto han mandado se establezcan y fomenten escuelas en todas partes; sus vicegerentes* han comunicado las reales órdenes a los jueces y curas de los pueblos, como que estos son los agentes inmediatos y a quienes corresponde llenar las benéficas intenciones del soberano; y bien: ¿se cumplen en todas sus partes y como debía ser? Los resultados dicen que no, por más que los subdelegados y párrocos digan que hacen cuanto pueden.
»No ignoro que algunos de estos se desvelan y se afanan porque los indios de sus pueblos reciban la instrucción más conveniente y proporcionada a su capacidad; pero también sé que no son los más, y por esta verdad responde la estupidez de los indios de casi todas las provincias del reino.
»Ni solamente en los pueblos se lamenta este descuido en la primera educación de los pobres. En las ciudades y en la capital misma no se observa mejor con corta diferencia. ¿No ves la multitud de muchachos trapientos y haraganes que vagan todo el día por las calles? ¿No te encuentras a cada paso con unas tropas de vagamundos que andan jugando a los clavitos y al picado en las esquinas y plazuelas, sin más aparente ocupación que vender billetes237? ¿No te ha escandalizado el ver pedir limosna unas criaturas de cuatro y de cinco años? ¿Pues esto qué prueba sino que tienen unos padres indolentes, y unos curas que tal vez ignoran que tienen semejante clase infeliz de feligreses?
»Después que yo veo la abundancia de muchachos* perdularios que sobrecargan con su peso la sociedad, no me hace fuerza encontrar unos hombres borrachos tirados en las calles como unas bestias, ni me admira que haya tantos ladrones y viciosos arrastrando una cadena, sufriendo unos azotes afrentosos o pagando en el último suplicio sus delitos. Nada de esto me admira, porque es consiguiente a la abandonada educación que recibieron; y sería un delirio esperar frutos sazonados de semillas ruines.
»Ya ves aquí descubierto el origen de los vicios que especialmente notas entre la gente pobre e ignorante, y ves cómo no bastan a impedirlos las más sanas providencias de los reyes ni las ineficaces diligencias de los que gobiernan en su nombre. Los ojos que miran de cerca a sus pueblos y las manos que están destinadas para repartirles el pan de la doctrina son los que deben cooperar a esta grande obra.
p. 183»Para ella no basta que haya escuelas en los pueblos ni en las feligresías; se necesitan indispensablemente dos cosas, y faltando una de ellas, las escuelas valdrán tanto como nada. Es pues preciso que haya escuelas; pero que estén encargadas a maestros idóneos, no solo para enseñar el catecismo y las primeras letras a los muchachos, sino también buenas costumbres. Mas, ¿qué se podrá esperar de unos maestros, como yo los he visto, no solo ignorantes, sino también viciosos? Alguno he conocido que desde la mañana hasta la tarde estaba enviando por aguardiente. Todo el día borracho, ¿qué podría enseñar a sus discípulos? Y ¿qué aprovechados saldrían estos con un ejemplo semejante?
»No es raro hallar en los pueblos esta clase de individuos, ni es difícil encontrar sujetos de probidad e instrucción que desempeñen el título de maestros a satisfacción de los curas; pero dotándolos regularmente. Mas querer hallar hombres instruidos y a propósito que se sujeten a esta fastidiosa tarea por veinte o catorce reales semanarios es imposible.
»Dótense bien esas plazas, y sobrará quien las ocupe dignamente. Si se me preguntara que de qué fondos debían salir estas dotaciones*, yo dijera que de las cajas de comunidad de los indios y de las particulares de los comerciantes y hacendados de sus pueblos, pues a todos alcanzaba el beneficio de la buena educación de los muchachos.
»No es esto tan difícil como parece. Si los señores párrocos persuadieran a los indios de las ventajas que resultarían a ellos y a sus hijos de la buena educación que estos les dieran, si les hicieran ver que era más grato a Dios y provechoso a ellos que educasen bien a sus hijos, que no que gastasen su dinero en fiestecitas, ni en vestidos de soldados en la semana santa, en comedias, loas, retos y otras frioleras inútiles cuando no perniciosas a ellos mismos, seguramente recibirían los paternales consejos de sus curas; porque el indio en concibiendo que le interesa alguna cosa, se presta a ella a costa de los mayores sacrificios, y abrazada por ellos esta idea, franquearían sus arcas, y se hallaría con qué dotar maestros hábiles, que gobernasen sus escuelas, que es la primera condición que se requiere para la buena educación de los pueblos.
»La segunda no es menos importante, y consiste en celar que los muchachos vayan a ellas; porque si no, ¿de qué servirán los buenos maestros? Esto me parece menos difícil que lo primero, en queriendo que lo sea los que mandan en los pueblos. ¿Qué dificultad hay para saber cuántos muchachos hay en un pueblo? ¿Por qué no se podrán llamar por lista todos los días como se hace con los soldados? Faltando alguno, ¿qué teología se necesita para averiguar en quién cosiste la falta, si en el muchacho, o en su padre, ni para castigar irremisiblemente al culpado? Y por último, ¿qué no pudieran hacer el maestro y el gobernador, auxiliados por el subdelegado y el cura? Seguramente se conseguiría el fin, y se llenarían muy en breve las intenciones de nuestros benéficos monarcas.
»Lo mismo y con más facilidad se podría hacer en las ciudades; y ves aquí, según me parece, realizado en dos palabras el plan de educación general, que hasta hoy tenemos en un pie lamentable: Buenos maestros que enseñen, y mucho cuidado para que los muchachos aprendan. Si por fortuna a este cuidado se juntara algún amor del bien público de parte de los párrocos y jueves, y procuraran animar a la juventud con algunos premios y cariñosas distinciones, entonces yo aseguro que no muy lejos, dentro de diez años, se harían demasiado perceptibles las ventajas.
»Pero yo me he distraído mucho en esta conversación, que quizá te habrá enfadado por prolija; aunque tú has tenido la culpa por haberme tocado en un punto que siempre he visto con el mayor interés y compasión. Son ya las doce, y se me había olvidado que tengo que ir a casa del marqués.
Yo le di las gracias por la confianza que me dispensaba, asegurándole que lejos de fastidiarme su conversación, siempre me era demasiado agradable por la instrucción que en ella recibía. Con esto se despidió el coronel, yo entré a parlar un rato con doña Matildita y su niña, y a poco me despedí también.
i valse] vals 1831 y posteriores. Se prefiere así en la siguiente concurrencia de este término francés.
ii Eliminado en la tercera y cuarta edición.
iii Eliminado en la cuarta edición.
iv Eliminado en la cuarta edición.
v rompiendo] rompiendo el baile 1842.
vi Narbona] Varbona.
vii La cuarta edición elimina el texto entre uno y otro «hacen», lo que parece ser un descuido de copia.
viii este caos] estos casos 1831, 1842.
ix tienen] hacen 1842.
x La cuarta edición elimina la cita en latín.
xi La cuarta edición elimina este «no» y «sino».
xii vicegerentes] vicerregentes 1831, 1842.
xiii muchachos] muchos 1831 y posteriores.
xiv En la primera edición esta pregunta aparece como interrogación directa, aunque por la estructura de la frase he preferido eliminar los signos de interrogación.
227 Muela: aquí, ‘embuste, trola’.
228 Ser como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer: refrán para reprender al que, además de no aprovechar o disfrutar una situación, lo impide al resto (Refranero multilingüe).
229 Así se cuenta en el diálogo socrático Simposio, de Jenofonte (s. iv a. C.).
230 En esta contraposición de bailes, santos y malditos, se recuerdan los pasajes de la Biblia del rey David frente al arca sagrada (2 Samuel 6.15–16) y la adoración del becerro de oro, condenada por Dios y Moisés (Éxodo 32.6).
231 Cita aquí don Rodrigo algunos de los bailes célebres a lo largo de la historia. Los datos son tomados de El Diario de México (n.º 609, 31 de mayo de 1807), en una de las partes de la correlación de artículos sobre historia del baile, y estos probablemente dependientes de la entrada baile de la Encyclopedia metódica dispuesta por orden de materias (Madrid, Antonio de Sancha, 1788–1794, p. 403b); aunque bien pudiera ser a partir de alguna otra fuente relacionada con esta, anterior o posterior. En todas estas aparece la forma «Varbona», en lugar de «Narbona», lo que advierte sobre su dependencia.
232 Blanchard, en la citada Escuela de costumbres (t. IV, cap. «De los ejercicios propios para perfeccionar la educación»).
233 San Agustín en las Confesiones (lib. VIII, cap. 8).
234 Los ilustrados franceses del siglo xviii debatieron largamente sobre esta cuestión, desde Montesquieu a Voltaire; fue lugar común en los primeros escritos de antropología y etnología.
235 La primera edición anota aquí la procedencia de la cita como Eclesiástico 31.1–2, aunque se refiere al capítulo 32. La cita en latín corresponde al inicio de cada versículo.
236 Maquiavelo, en el capítulo III de El príncipe.
237 Clavitos y picado: ambos juegos populares. Santamaría reconoce el primero como juego antiguo (citando, además, esta frase de la Quijotita), aunque desconoce en qué consistía. Palazón Mayoral da pistas sobre estos: el primero puede estar relacionado con la rayuela, por la denominación de clavos para los centavos que se utilizan en el juego; el segundo lo identifica con el tope y cuarta o tope y palmo, que se juega lanzando monedas contra la pared, ganando la moneda del contrario quien acierta a dejarla a un palmo o menos del otro (II.3, notas 38 y 39).
