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Capítulo XV En el que se cuenta la desgraciada aventura de Pomposita y el casamiento de Culás y Marantoña

Al día siguiente pasé mi catre, mi baúl y mi corto ajuar a la casa del coronel, y el inmediato sábado llegó Pascual con los caballos. Sin pérdida de tiempo se avisó a doña Eufrosina para que dispusiera el paseo por su parte, ella contestó que por estar enferma iría en coche con unas amigas suyas; pero que don Dionisio y Pomposita irían a caballo.

En esa noche se dispuso todo lo necesario en las dos casas. A otro día oímos misa temprano, y cuando volvimos de la iglesia ya estaba prevenida doña Eufrosina y sus amigas, don Dionisio, el anciano eclesiástico, el señor Labín, el licenciado Narices y algunos otros.

—¡Santa Bárbara sea conmigo! –dijo Pascual al ver tan grande y lucida comitiva.

Todos oímos su desaforado grito, y lo vimos coser la barba con el pecho238; pero a ninguno le ocurrió preguntarle la causa: tal estábamos de entretenidos.

Se ensillaron los caballos, y el de Pomposita se adornó con un famoso sillón. Cada uno fue montando en el que le tocaba; pero ¿cuál fue mi admiración y la de muchos cuando vimos salir a la niña Pudenciana y a su mamá vestidas con sus túnicos de montar, calzadas con sus zapatos de botín, con acicates de plata, y adornadas sus cabezas con unos gorros muy preciosos?

Inmediatamente que llegaron adonde estaban sus caballos, montaron en ellos con bastante ligereza, y comenzamos nuestra agradable caminata.

El acompañamiento era tan grande y tan lucido, que traía sobre sí la curiosidad de las gentes que encontrábamos por las calles, siendo Matilde y su hija los objetos que más se llevaban la atención.

Los caballeros que nos acompañaban se deshacían en elogios a Pudenciana, cuyo garbo les era demasiado agradable. Unos decían que parecía una Palas, otros una amazona; estos, la emperatriz de las Rusias239 cuando fue al frente de sus ejércitos a atacar la puerta otomana; y todos a porfía la colmaban de alabanzas y le dirigían sus comparaciones más o menos adecuadas, pero según podían.

p. 185Tan repetidas alabanzas lastimaban fuertemente los oídos de Pomposita, quien no pudiendo ya sufrir que ensalzasen tanto a su prima en su presencia, dijo:

—¿Qué te parece, niña? Cierto que has caído en gracia a estos señores. ¡Qué bien ha hecho mi tío en enseñarte a andar a caballo como los hombres! Yo, la verdad, estoy envidiosa de esa tu rara habilidad, y desde ahora prometo que voy a empeñarme con papá para que Lailson me instruya en el arte de la equitación, por si algún día me viere en necesidad de hacer maromas en el circo; aunque tú estás muy adelantada, y podrás hacerme el favor de enseñarmeee.

Pudenciana se puso colorada por la burleta de su prima; pero no se atrevió a responderle una palabra. Sus padres iban a tal distancia que no pudieron oír nada de aquello; mas el caballero Labín se encargó de defenderla de este insulto, enfadado por la altanería de Pomposa, a quien le dijo:

—Señorita, tiene usted mucha razón para envidiar la habilidad de esta niña, pues lo es en efecto saber montar a caballo y llevar el cuerpo con la gracia que lo lleva. Nada hemos puesto de nuestra bolsa en alabarla, si usted anduviera así merecería nuestros elogios igualmente.

—¡Ay! ¿Yo? Ni pensarlo. Dios me libre de ser tan ridícula ni tan machorra que montara a caballo como un hombre. Mi papá y mi mamá dicen muy bien que eso es una indecencia en una mujer, y es querer hacerse muy singulares el entrar por semejantes monerías.

—Sus padres de usted dirán lo que quisieren; pero pienso que seguramente se equivocan. Yo he andado por diferentes partes de la Europa, donde he visto que casi todas las señoras no montan de otra manera. Aquí en México hemos visto seguir esta costumbre a algunas extranjeras y españolas. Pero prescindiendo de los ejemplos, la razón y la experiencia nos manifiestan la bondad y la inocencia de este usoff241. Él nada tiene de nocivo a la salud, cualidad que no falta a estos sillonesgg. Yo aseguro que con el movimiento del caballo ya no lleva usted la cintura muy a gusto, y no hemos andado media legua, ¿qué sería en un camino largo?

»Tampoco tiene nada de indecente usándose con las precauciones que esta niña. Ya usted habrá visto que apenas se apea, cuando, si quiere, con abrocharse los botones de otro modo, ya está con túnico y enteramente en traje de mujer.

»Careciendo este uso de las malas cualidades de indecente y nocivo a la salud, tiene las ventajas de facilitar a una mujer el cabalgar, de hacerla menos pesada a los hombres que la acompañan, de proporcionarle la carrera sin riesgo, de librarla por consiguiente de un peligro; y de precaver, aun en el caso que caiga, que se ofenda su honestidad.

»Que me señalen iguales las ventajas en el uso de los sillones; y si no las pueden señalar, sujetémonos a la razón: y cuando más, que no admitan la moda; pero tampoco se burle nadie de quien la sigue, pues en esto acreditará su necedad*. Tan malo es seguir las modas malas por capricho, como no seguir las buenas por preocupación, y más cuando la razón nos convence de su utilidad.

ee Felipe Lailson conocido en la Europa y en esta América por su grande habilidad en el arte de la equitación240.

ff El señor Labín tal vez no ignoraría que Dios en el cap. 22 del Deuteronomio prohibió expresamente que el hombre se vistiera como mujer y la mujer como hombre; pero sabía que un caso de necesidad indulta de esta observancia y el caminar puede ser este caso, por eso defendió la costumbre solo con esta ocasión, dejando a los teólogos la resolución decisiva en la materia.

gg Las propensas a hemorragias o flujos de sangre y las grávidas pueden resentir el montar a caballo de cualquier modo que sea.

p. 186Tanto se embobó Pomposita oyendo al señor Labín, que se le cayó el paraguas sobre las orejas del caballo. Este, sin embargo de su mansedumbre, se espantó al verse con aquel embarazo delante de los ojos, y sin esperar razones, dio la estampida y a poco trecho cayó en tierra mi señora doña Pomposa, mal de su grado; pero en tan indecente postura, que, cuando menos, nadie dudó de qué color eran sus ligas. Los mozos corrieron a atajar el caballo, y nosotros fuimos a toda prisa* a socorrer a la desventurada.

Inmediatamente la levantamos y la metimos en el coche. Por fortuna no recibió más daño que una ligera contusión. Su vanidad sí quedó bien abatida, y más cuando el señor Labín le dijo:

—Señorita, siento mucho este accidente, y para que no lo vuelva a experimentar, le aconsejo que aborrezca los sillones, y se acostumbre a cabalgar como su prima, pues así irá siempre más segura en los caballos.

Dejámosla sola en el coche, y continuamos nuestro paseo. El coronel y su esposa se juntaron con nosotros, y fuimos andando y conversando todos alegremente, menos Pascual, que iba en su mula cabizbajo y pensativo sin hablar una palabra, manifestando que alguna pesadumbre oprimía su corazón.

El coronel reparó en su tristeza, y acordándose de la fervorosa exclamación que acababa de hacer en México a santa Bárbara no pudo menos sino preguntarle con el mayor empeño la causa de su aflicción:

—¿Qué tienes, Pascual –le decía–, estás enfermo?

—No, señor.

—¿Te has arrepentido de que se case Culás?

—¡Ojalá fuera ese mi cuidado!

—¿Te falta dinero para alguna cosa precisa?

—Aunque me falte y aunque lo tenga, de nada me sirve agora.

—¿Pues qué tienes, hombre? Ensánchate, a ver si podemos consolarte.

—Apurarme más podrán sus mercedes por hora; pero eso de consolarme, ¿cuándo?

—¿Conque nosotros podemos afligirte? ¿De qué modo? Vamos, explícate, no nos tengas en duda de ese enigma.

—Pues señor amo, si no se ha de enojar su mercé, voy a confesarle la purísima verdad, aunque me cueste harto trabajo decirla; pero por eso se dice que más vale vergüenza en cara, que rencilla en corazón; y que es más mejor ponerse una vez colorado que ciento descolorido, pues al buen pagador no le duelen prendas242

—Vamos, hombre, acaba con tantos refranes, que te nos vas volviendo Sancho Panza entre las manos. Despacha, ¿qué es lo que tienes?, ¿qué te aflige?

—¡Qué me ha de apurar, señor! Ya sabe su mercé cómo el diablo, que no duerme, hizo que mi muchacho Culás viera de buen ojo a Marantoña, esa que va a ser su mujer agora mismo; y luego que me lo dijo, le dije yo: «Hijo, yo no estoy opuesto a cuanto tú quieres, porque la muchacha es buena, y más mejor es que te cases que no te quedes ansina». Y yo luego luego di traza para pedírsela a su padre el tío Benino, quen no se hizo mucho de rogar, y como ya todo estaba de punto, quije que no quije fue menester buscar dinero, porque para todo queren dinero en esta triste vida, y por el dinero baila el perro, como su mercé sabe243

p. 187—Estimo tus favores –dijo el coronel–; pero sigue tu cuento sin rodear tanto, pues según vas, pienso que no lo acabas en ocho días…

El eclesiástico y los demás señores suplicaron a don Rodrigo que dejase hablar a su criado cuanto quisiese, y que se explicara conforme fuera su gusto, porque ellos no lo recibían menos al escucharlo. El coronel dijo a Pascual que continuara, y este con la misma sencillez que comenzó, prosiguió su cuento de esta manera:

—Pos señor, como era menester dinero, ¿qué hago?, cojo y vendo un burro mestro, con perdón de sus mercedes, y dos vacas paridas, que por todo me dieron cincuenta pesos244; a juera de esto, empeñé las tierritas de Culás en veinte pesos, que hacen treinta… cuarenta… cincuenta pesos*; y como no alcanzaba para los gastos, se acordará su mercé que le pedí veinte y cinco pesos prestados, que son cincuenta… sesenta… setenta… setenta y una, setenta y dos, setenta y tres, setenta y cuatro, setenta y cinco* pesos cabalitos, sin medio más ni medio menos; y de este dinero gasté diez y seis pesos que le di al señor cura por el casamiento; seis varas de indianilla para la novia, que costaron a once reales y medio cada vara, que son… seis pesos por un lado, y seis pesetas…, ¡válgame Dios!, seis pesetas, y luego seis reales y seis medios… En fin, señor amo, agora no puedo ajustar la cuenta; pero allán casa con mis frijoles y mis hablas se las ajustaré en un brinco, porque los frijoles son reales y las habas pesos; y ansina se cuentan ocho frijoles y se aparta una haba, se cuentan otros ocho y se aparta otra haba, y en una carrera se ajusta cualquer cuenta.

No pudo menos Pudenciana que reírse grandemente del modo de contar de Pascual, y se acordaba con agradecimiento de las reflexiones que su papá le había hecho cuando le enseñó a valerse de los números245.

Pascual, que no entendía lo que hablaban, y que ya rabiaba por contar el motivo de su aflicción, dijo:

—Perdone su mercé que la encuarto246; pero yo he gastado todo ese dineral, pensando quedar bien debajo de ser un probe; pero como no hay gusto cumplido en esta triste vida, de una hora a otra se me cayó el gozo en el pozo, porque la verdad, yo pensé que vinieran solo sus mercedes y la señora doña Frosina y su niña; y me voy jallando esta mañana con todo el patio lleno de gente, y estoy que se me qué la cara de vergüenza, al ver que agora vamos entrando en Tacubaya con coche y tantos caballos, y señores y señoras tan decentes, que parece que van al casamiento de la virreina, y todo el pueblo se alborotará; y yo quijiera quedar bien, y en esto que no alcanza la comida, pues cuando más y mucho habrá para veinte almas, y solo aquí vamos más de los veinte, ajuera de los parientes y conocidos que están allán casa, que no sé cómo nos vendrá la gurupera247. Vea su mercé si mi apuración es moco de pavo, y si tengo razón no digo para ir triste, sino para llorar lágrimas de sangre; porque será bravo dolor que después de despulsarme por quedar bien, no tenga agora ni que darles de comer a estos señores, que para su mercé no faltará.

Rieron todos a carcajada suelta luego que Pascual acabó su relación, porque al concluirla miró a todos, suspiró y puso una cara de jugador cuando se le arranca el último peso, y no tiene a quien pedirle.

La bulla y algazara que armaron fue tal, que la oyó Eufrosina, quien hizo parar el coche para informarse del motivo. Se lo contó el señor Labín en dos palabras, y todas las niñas que iban en el coche alternaron en la risa con los hombres.

Pascual no dejó de ciscarse248, y no quisiera verlos tan alegres a su costa. El coronel advirtió la incomodidad de Pascual, y para sosegar un poco la risa general, llamó la atención de todos, diciendo:

p. 188—Señores, la candidez del pobre Pascual me trae a la memoria el cuentecillo de aquel rey, que habiendo salido a caza le anocheció, y perdido, sin encontrar el camino real, no tuvo otro arbitrio que hospedarse en un cortijo o rancho miserable, donde los monteros, soldados y criados acabaron con cuanto había para dar de cenar al rey y su corte, y cenar ellos. Pasó la noche, y el día siguiente al despedirse el rey del pobre viejo, dueño del rancho, le dijo que le pidiese alguna merced; él entonces con las lágrimas en los ojos le dijo: «Señor, el mayor favor que le pido a Vuestra Majestad es que en la vida me vuelva a hacer otra visita, porque si en una noche han destruido sus criados todo el fruto de mi trabajo de muchos años, en asegundando otra visita, me echará Vuestra Majestad a pedir limosna con mi familia». Al rey le cayó en gracia la ingenuidad y sencillez de aquel labrador, y lo dejó consolado, resarciéndole sus pérdidas generosamente. Tú, Pascual, consuélate también, y está seguro no solo de que alcanza la comida que has dispuesto, sino de que sobra; porque todos estos señores son de muy poco comer.

No calmó mucho esta esperanza la tristeza de Pascual; y así continuó en silencio y con su cara de herrero, hasta que llegamos a Tacubaya249.

Poco antes de las nueve de la mañana serían cuando* entramos en aquel ameno pueblecito, y al instante comenzaron a repicar en la parroquia. Muchos creyeron que el repique era por nosotros; mas se engañaron, pues fue el primero para llamar a la misa mayor, y estaban avisados los campaneros para que luego que entrásemos repicaran.

Pascual quería que los cocheros se dirigiesen a su casa; pero el coronel mandó que fuesen a las casas* curales. El párroco, que había sido condiscípulo del coronel, y era muy su amigo, lo recibió con la familiaridad más cariñosa, y con mucha atención a los demás señores.

Don Rodrigo, advirtiendo que ya se acercaba el tiempo de la misa, trató de ir con su esposa y Pascual a la casa* de la novia para conducirla a la iglesia.

Ya estaban esperándonos los novios, sus padres, amigos y parientes. Culás estaba de gala con sus calzones de pana azul galoneados y bien surtidos de botones de plata; unas buenas botas picadas y bordadas de oro y azul; sus zapatos abotinados de cordobán, de los que llaman de boca de cántaro; una muy curiosa cotona de indianilla verde guarnecida de listoncito de color de rosa; su mascada del mismo color; su sombrerito redondo, pardo y con toquilla y galón de plata; concluyendo este luego con una famosa manga de paño azul con dragona carmesí y galones* y flecos de oro250.

La novia no estaba menos decente en su clase, porque tenía un traje de indiana fina de fondo lacre; su mascada de las que llamaban de arcoíris; sus aretes de piedra inga muy relumbrantes251; unos tres o cuatro hilos de perlas finas, aunque menudas, sus cintillos de iguales piedras que los aretes; una porción de listones en la cabeza, que sujetaba una peineta de carey; y remataba su compostura con unas medias de seda, nuevas de primera, y unos zapatos de raso color de rosa bordados de plata.

p. 189Culás era un mocetón alto y bien formado, rubio y como de veinte y seis años de edad; y Marantoña, como lo decía Pascual, sería como de diez y ocho o diez y nueve, gordita, no muy alta, pero sí* blanca, güera*, colorada y con unos ojos grandes y negros, los que juntos a una buena tez de cara y a una boca pequeña, encarnada y habilitada de buenos dientes, hacían una figura agradable.

Luego que pasaron las humildes salutaciones de todos aquellos pobres, sacó doña Eufrosina un túnico negro, una mantilla y un abanico: todo muy bueno, como que era de gala, y quería que lo luciera la ahijada de su hermana; pero esta luego que entendió que la iban a vestir con aquella ropa, poniéndose más colorada de lo que era, le dijo:

—¡Ay!, no, señora; yo con su licencia no me pongo esos sacos prietos. Esos se quedan para las señoras como su mercé; pero ¡para mí que soy una probe paya! En mi vida me he puesto eso, ¿qué dirán mis amigas si me lo ven puesto? Ya parece que las oigo. Dirán: «Mire la ranchera motivosa: ayer andaba arreando vacas con sus naguas de jerguetilla, y agora sale izque con un túnico negro, como una marquesa o una conda252». Así dirán, y otras cosas más piores. Conque no, señora: yo iré a la iglesia con mi rebozo de seda que me ha comprado mi señor padre, y que se queden esos vestidos para los ricos, o para los probes que queran ser redículos… ¿Pero esto cómo se tré? –preguntaba por el manejo del abanico.

Se lo enseñó Eufrosina, y ella abriéndolo con las dos manos, se soplaba con mucha gracia, y decía:

—Pos mire, este sí que es un bonito aventador. ¡Ay!, ¡cuánto muñequito tiene!, ¡cuántas florecitas!, ¡y qué varitas tan doradas! Este sí lo llevaré para soplarme en la iglesia ansina que me apure la calor.

Todas se reían por la sencillez de María Antonia, quien hubiera llevado el abanico como decía, si se lo hubieran dejado; pero doña Matilde le dijo:

—Hijita, esto no lo puedes llevar si no te pones el túnico negro y la mantilla; y a más de esto era menester que lo supieras manejar con garbo y con una mano, porque si no, te harían burla cuantos de vieran.

—¡Oh!, pos en siendo ansina, masque nunca lo lleve: que se quede ahí, que a bien que si me apurare la calor, me soplaré con la punta de mi rebozo, que esa sí la sé menear bien con una mano y sin miedo de que se quebre, como puede suceder al aventador pintado.

El coronel dio prisa a las señoras para que nos fuéramos a la iglesia, porque ya se había dado el tercer repique para la misa, y así, poniéndose Marantoña su rebozo, se dirigió la comitiva para la iglesia.

En el camino decía el coronel a doña Matilde:

—¿Has de creer que me gusta la novia?

—¡Hola!, ¿te gusta? Pues cásate con ella…

—No es eso lo que te digo: me agrada en ella su carácter sencillo y su juicioso modo de pensar. ¿No oíste qué oportuna lección de conformidad dio a más de cuatro que la escuchaban cuando rehusó ponerse el túnico negro? Esta es mucha humildad y moderación en una payita joven, de quien se debía esperar que estuviera deseosa de parecer bien y de componerse, aunque fuera de prestado, como lo hacen tantas aunque no estén de boda; pero María Antonia ha conocido la vanidad de este deseo, y no quiere exponerse a que sus iguales, envidiosas de su decencia, se la murmuren llamándola rota y motivosa, como ella misma dice.

p. 190Como la iglesia estaba inmediata a la casa, de donde salimos, no tuvo tiempo el coronel para hablar más sobre esto, y mucho menos, porque luego que de la torre nos vieron ir, hicieron señas de dejar. Con esto nos apresuramos.

Estaba ya el cura revestido, y luego que entraron los novios y padrinos, procedió a las sagradas ceremonias del matrimonio, y cantó la misa después de ellas. Concluida, salió de la sacristía y nos condujo a todos a su casa.

Pascual estaba entreverado, unas veces alegre y otras triste, acordándose de que no alcanzaba su comida para tantos, y más triste se ponía al acercarse la hora de almorzar.

Pero, cuál fue su sorpresa y su alegría cuando oyó decir al cura: «Señores, vamos a la huerta a tomar alguna cosita, porque ustedes ya lo han de menester, como que madrugaron y han caminado, aunque poco». Diciendo esto se levantó el cura de su asiento, hicimos todos lo mismo, y nos dirigimos a la huerta.

Al entrar en ella se acabaron de trastornar Pascual, los novios, sus parientes, y poco faltó para que a nosotros sucediera lo mismo, al ver la magnífica sencillez con que estaba todo prevenido.

La naturaleza por una parte, y por otra la curiosidad del cura, habían formado en aquel frondoso sitio una huerta útil y un pensil ameno y delicioso253. Las varias frutas que matizaban el alegre verde de los árboles, colocados en bien dispuestas calles; las diferentes flores que adornaban una multitud de arriates* y tiestos curiosos; los agradables aromas que las yerbas y rosas exhalaban; el gorjeo de mil hermosos pajarillos que trinaban alegres saltando de rama en rama; el suave murmullo de las cristalinas aguas que se deslizaban por los caños para regar las plantas y las flores; y el conjunto de todas estas cosas halagaban los sentidos y suspendían en espíritu dulcemente.

En medio de la huerta estaba una graciosa fuentecilla, y a su lado se formaba una hermosa galería, en la que estaban colocadas las mesas en donde se había de servir el almuerzo.

Mil lazos de amapolas, súchiles, claveles y rosas se entretejían con el mejor orden de un árbol a otro254, fingiendo las paredes del salón, y haciendo un tapiz tan alegre como natural. Los rayos del sol no penetraban en aquel lugar delicioso, porque sobre las copas de los árboles estaba formado un majestuoso pabellón de damasco carmesí con cordones de seda verde y oro, y el pavimento estaba entarimado y cubierto con unas muy buenas alfombras para que la humedad no molestase a los que debían permanecer allí por largo rato.

La repentina visita* de este ameno y florido vergel me hizo creer que estaba yo en los pensiles de Semíramis o en los prados y bosques de la Arcadia255. No solo yo fui de este parecer; a todos sorprendió tan halagüeña perspectiva, y a porfía alababan el buen gusto del señor cura, que tan a poca costa había dispuesto un salón tan cómodo y alegre.

Luego que estuvimos en él, hizo el párroco que se sentasen todas las personas decentes en la primera mesa, y en ella también los novios y sus padres. Pascual estaba atónito y elevado; pero aún no deponía el temor que lo acosaba de que su prevención fuera escasa. Por todas partes volvía la cara, y como no veía disposición alguna de comida, se ponía muy fruncido, pensando, según después nos dijo, que esperaban el alimento de su casa.

p. 191El señor cura dispuso que el padre vicario fuera a cumplimentar a los parientes y convidados de los novios en otra mesa que tenían prevenida, no* muy lejos de la nuestra.

Ya todos sentados en sus correspondientes lugares, tiró el cura de un cordón, sonó una campanilla, y al momento se presentaron cuatro graciosas inditas, ricamente vestidas según su traje, y comenzaron a servir los platos y las copas.

El primer brindis se dirigió a la salud de la novia, y a seguida comenzamos a escuchar un agradable concierto de música; aunque no veíamos la orquesta, porque el cura la ocultó sagazmente tras de un emparrado para que nos cogiera más de nuevo.

Lo opíparo del almuerzo, lo divertido del lugar, el golpe de la música y el trato dulce y cortés del coronel, del cura y otros señores contribuía para aumentar en todos la alegría más inocente. No se hablaba en la mesa de cosa que no entendieran bien los novios y sus padres. El campo, las siembras, las semillas, las cosechas, los carneros, los toros y las vacas dieron el asunto para toda la conversación, que manejaron muy bien los entendidos, haciendo hablar sobre todo a Pascual, a su hijo y aun a la novia; y como que se les hablaba sobre materias que entendían, estaban contentos, menos vergonzosos y muchas veces satisfechos, porque quinaban en asunto de campo al coronel, al cura y a otros, como que hablaban con instrucción y con experiencia256. ¡Qué cierto es que cada uno es voto de su profesión!

El señor Labín y el otro eclesiástico excitaban aún más nuestra alegría con sus chistes salados y corteses. A todos hacían reír de cuando en cuando, especialmente a la novia, a quien dirigían sus chanzas sazonadas, dejándola contenta. Dos cosas aprendí con la ocasión de asistir aquellos señores a la mesa: la primera, que así como en cualquier concurrencia decente se hace despreciable el faceto que a cada instante quiere257, a costa suya y de avergonzar a otros, arrancar la risa a los que lo oyen, así se hace apetecible un hombre de talento que sin hacer profesión de hazmerreír o de bufón, sabe mantener en todos la alegría sin ofensa de ninguno. Esto fue lo primero que aprendí, y lo segundo fue* que la chanza para que agrade es necesario que tenga cuatro circunstancias: jovial, inocente, oportuna y discreta; de suerte que en careciendo de cualquiera de ellas, o degenera en sátira picante, o en una insulsez fría y sin gracia. Por lo cual no es tan fácil desempeñar con aire el papel de chancero en una función pública, y no debe meterse a ello el que no se considere dotado del talento y gracia particular que se requiere, para no pasar la plaza de ridículo o desatento258.

Finalmente, con general complacencia y satisfacción se concluyó el almuerzo: después nos levantamos todos, y nos fuimos a pasear por la huerta*.

i necedad] necesidad 1831. La corrección, incluida desde la segunda edición, parece necesaria.

ii a toda prisa] apriesa 1842.

iii cincuenta pesos] setenta pesos 1842. ¿Quizás en un intento de actualizar la obra?

iv cinco] cinco y veinte, son noventa y cinco 1842. De acuerdo con lo anterior, se suman ahora los veinticinco prestados.

v La cuarta edición elimina «serían cuando».

vi Eliminado en la cuarta edición.

vii trató de ir con su esposa y Pascual a la casa] trató de que fuésemos a la casa 1831, 1842.

viii Eliminado en la cuarta edición.

ix La cuarta edición elimina «pero sí».

x güera] huera. He modificado la grafía de la primera edición, con h- inicial, por güera (‘rubia’), para evitar la confusión con huera (‘podrida, corrompida’, Santamaría), si bien esta última forma era también usada como variante de la primera. Para evitar malintencionadas lecturas, he optado por la sustitución.

xi arriates] arreates. Corrijo, tal como hiciera la cuarta edición.

xii visita] vista 1836, 1842.

xiii La cuarta edición elimina este «no».

xiv Eliminado en la tercera y cuarta edición.

xv Aquí acaba el segundo tomo de la segunda y tercera edición, comenzando en el siguiente capítulo con nueva numeración.

238 Coser la barba con el pecho: ‘quedarse mohíno, cabizbajo’, de donde se junta la barba con el pecho.

239 Todos personajes femeninos victoriosos, y guerreros (muy diferentes de los arquetipos pasivos recurrentes para la descripción de las damas): los dos primeros de la mitología clásica, la diosa Atenea y las mujeres guerreras; el último histórico, con la alusión a Catalina II, conocida como Catalina la Grande, emperatriz de Rusia en 1762.

240 Philip Lailson fundó en México el Real Circo de Equitación en 1808. Los diarios de la época dan noticias de su desempeño en este circo y su destreza en el equilibrio sobre los caballos, y de su habilidad en todo tipo de maromas (‘volteretas’, Santamaría).

241 [1842] Es falso que un traje de que se habla en este lugar y usan las señoras para montar a caballo sea de hombre aunque algunas piezas lo parezcan, pues nadie, ni aquí ni en Europa, ha visto a los hombres usar el túnico abierto que para esto se visten las mujeres.

242 Pascual aquí, como Sancho Panza con quien le van a comparar a continuación, ensarta y enhila refranes, aunque ciertamente aquí todos vengan al caso. El primero, con la variante mancilla en corazón, es dicho en el Quijote por Altisidora (II.43) y funciona prácticamente como el siguiente: más vale afrontar la vergüenza de una vez que guardársela o afrontarla poco a poco. Al buen pagador no le duelen prendas también es refrán que aparece en el Quijote (II.14, 30, 34, 59 y 71), y expresa que quien quiere cumplir con sus obligaciones no tiene problema en dar una garantía, una prenda (Refranero multilingüe).

243 Refrán popular que alude a la fuerza del dinero para conseguir lo que se quiere de los otros (Refranero multilingüe).

244 Mestro, por maestro. Se llaman burros y caballos maestros a los amansados, apropiados para el inicio en la monta.

245 La novela se complace en demostrar la validez del modelo de instrucción que ha presentado; en este caso, el recuerdo nos lleva al capítulo VII y las clases de aritmética.

246 Encuartar: «atravesarse en la conversación, cortar la palabra al que la tiene» (Santamaría).

247 Gurupera: por grupera, referido a los que van a la grupa, ‘colados’ [Palazón Mayoral II.4, nota 43].

248 [1842] Ponerse colorado por la vergüenza.

249 Cara de herrero: «mal pagado», añade Santamaría, ‘cara de vinagre’, enojado. Fernández de Lizardi usa esta misma expresión en el Periquillo (II. 11).

250 Dentro de la modestia de su clase, las prendas aquí descritas contrastan con las de la vida campesina del día a día: no le faltan al novio los galones, su chaqueta de gamuza (cotona), un pañuelo a modo de corbata, propio de los rancheros (mascada) y un capote, como un poncho o capa de hombre (manga), adornado en la abertura (dragona).

251 Inga: ‘pirita’ (DRAE).

252 Izque: por dizque, ‘presuntamente’, utilizado también como introductor de cualquier relato (Diccionario de americanismos).

253 Pensil: «jardín delicioso» (DRAE).

254 Súchil: flor, «nombre que también se le da a yolosóchil, en algunas partes; en otras al tulipán (Hibiscus), y también al cacalosúchil o campotonera, o tabasqueña» (Santamaría).

255 Dos jardines míticos: los jardines colgantes de Babilonia, formados durante el reinado de Semíramis, y la Arcadia, vergel utópico de la Antigüedad, frecuente localización de pastorales y textos humanísticos de la literatura renacentista.

256 Quinar: «ganar una discusión» (Santamaría).

257 Faceto: ‘presuntuoso’, «chistoso, pero afectado y sin gracia» (Santamaría).

258 Pasar plaza: «ser tenido o reputado por lo que no es en realidad» (DRAE).