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Capítulo XVI En el que se refiere el alegre día de campo que tuvieron todos en la huerta del cura de Tacubaya, y se comienza la triste historia de Carlota y de Welster*

Nada le faltó que prevenir al señor cura para que nuestra diversión fuera completa. En los árboles más copados se veían pendientes diferentes objetos que la proporcionaban. En unos había curiosos tableros de damas; en otros bolsas con fichas y naipes para jugar tresillo y otras cosas; en estos, instrumentos músicos; en aquellos, libros de novelitas y poesías; algunos estaban surtidos de barretas de fierro, otros de pelotas y guantes para los que quisieran ejercitar las fuerzas, y en muchos había reatas muy cómodas para la diversión del columpio259.

Cada uno fue tomando la que más le inclinaba, según su edad y su temperamento, de suerte, que dentro de media hora ya estaban todos destinados. Por aquí se veían dos jugando a las damas, por allí otros tocando los bandolones y flautas260; cuáles estaban tirando la barra, cuáles jugando a la pelota o a los naipes; ya se encontraba una señora recostada sobre un sofá leyendo un libro; ya otra cantando una aria o un terceto, mientras las más jóvenes se divertían apedreando los árboles para bajar frutas sazonadas o meciéndose en los columpios, o jugando en los cañitos de agua, o cortando las más fragantes rosas, con que se adornaban el pecho y las cabezas.

Parece que la inocencia y la alegría habían bajado de los cielos a aquel lugar ameno y delicioso. Yo observé que en un instante las mujeres cortesanas depusieron el aire de etiqueta, y las payitas su natural encogimiento. Todas conversaban, corrían y retozaban alegres y contentas con la mayor familiaridad. Hasta Marantoña, que por razón de novia debía haber estado más acuitada*hh que las otras, andaba con todas saltando como una cabra, y trepándose a los árboles con más ligereza que una ardilla, para tirarles a las niñas los chabacanos más grandes, y las peritas más maduras261.

Así permanecieron jugando y divirtiéndose como hasta la una y media del día, a cuya hora mandó poner las mesas el señor cura, y trató de que fueran todos a comer. Fácil es conocer que las muchachas llegaron muy cansadas de retozar, muy coloradas por el sol y el ejercicio, y las más con alguna avería; porque unas llegaban con los túnicos rasgados, otras con los zapatos llenos de lodo, esta con un brazo raspado, aquella con la peineta hecha pedazos; pero todas llenas de risa, sudando y rebozando la alegría por todas partes.

hh No hay razón para que las novias se avergüencen o se acuiten; pero ya lo han hecho costumbre, especialmente las aldeanas.

p. 193El señor cura las recibió con mucho agrado, y después de que todos nos sentamos a la mesa, decía el coronel:

—Vea usted, condiscípulo*, cuánto gusto tienen estas niñas y qué contentas han estado. Ciertamente que si todas las señoritas de la ciudad tuvieran proporción de divertirse si quiera cada ocho días de esta manera, padecerían menos flatos e histéricos que los que padecen262.

»El ejercicio en el campo y entre personas alegres y joviales es mucho más provechoso para la salud y más inocente en lo moral que los bailes que apadrinan por lícitos muchas personas. Pues, hablo de los bailes en general, que en lo particular ya sabemos que puede haber bailes donde se junte la honra y el provecho; pero el campo, el campo es el depositario de la alegría, de la salud, de la riqueza y la inocencia.

De esta manera alternaron sus conversaciones ya serias, ya jocosas; pero todas instructivas e inteligibles a aquellos pobres rústicos que nos acompañaban; y luego que se concluyó la comida, dio gracias a Dios el eclesiástico de quien hablamos en el capítulo VIII*, que se llamaba don Jaime; seguimos conversando un poco más por sobremesa, y después fuimos cada uno tomando nuestro sofá o canapé de los muchos que había debajo de la sombra de los árboles, y nos acostamos a reposar la siesta.

A las cuatro nos sirvieron café y chocolate, y subimos a la vivienda del párroco; allí se aguardó lo más* de la comitiva, mientras que el coronel, su esposa, su hija, la familia de doña Eufrosina y yo fuimos a dejar a los novios y sus padres a su casa, después de darle al cura los más justos agradecimientos.

Luego que llegamos a la pobre habitación de estas buenas gentes, le dijo el coronel a Pascual que nada le debía de los veinte y cinco pesos que le había pedido, y este sencillo labrador le dio mil gracias por tantos favores, sintiendo al mismo tiempo la droga que a su parecer tenía contraída con el cura263, y añadía:

—Ya yo estoy vendido y Culás, cuando menos para dos años, pos si por solos los derechos del casamiento* me ha llevado quince pesos el señor cura, ¿cuánto nos llevará por todo el gasto que ha hecho agora?

—Nada te llevará –le respondió el coronel–; porque todo el gasto ha sido mío, y la disposición ha sido suya, lo que debemos todos agradecer, porque ninguna obligación tenía de hacerlo. Entonces redobló sus expresiones Pascual y todos los suyos, confesándose esclavos del coronel, de su familia y de su cura. El fervor con que prorrumpía aquella buena gente sus agradecidas expresiones manifestaba que las decían de corazón, y el alegre semblante con que el coronel las escuchaba daba a entender que estaba satisfecho de su sinceridad: ya se ve que los beneficios que se hacen a los pobres, como que van desnudos de interés, por lo común se perpetúan en sus corazones para el agradecimiento.

En fin, llegó la hora de despedirnos. Todos abrazamos a los novios, y les felicitamos su enlace con palabras más sencillas; pero Pomposita, acordándose de su genio cortesano pedantesco, dijo a María Antonia:

—Me alegraré de que disfrute usted el amable consorcio de su esposo los años de Néstor y con la paz del tiempo de Augusto César Octaviano264.

p. 194Atónita se quedó la pobre ranchera con esta arenga, que entendió lo mismo que si se la hubieran dicho en griego. Doña Matilde y Pudenciana hicieron por disimular la risa, y no pudiendo, volvieron los rostros a otro lado y se taparon las bocas con los abanicos; esto lo advirtió la payita, y pensando que se reían de ella, se acortó más, y le dijo a su madrina:

—¿Y agora qué digo yo, porque maldito lo que entiendo a esta niña?

—Dile que viva mil años –le respondió el coronel.

Lo dijo así, se repitieron los abrazos, y nos marchamos para la calle.

Cerca de las oraciones de la noche llegamos a las casas curales, donde nos sirvieron el refresco, y concluido, nos despedimos del señor cura y regresamos para esta hermosa capital adonde llegamos en media hora, acompañados de dos mozos que nos puso Pascual para que cuidasen y volviesen al rancho los caballos*.

Entramos en México, paró el coche en la casa de doña Eufrosina, y todos nos apeamos en ella, llevando los mozos los caballos a su destino.

Cuando subimos a la sala encontramos en ella a un joven como de treinta años, muy bien presentado, que había llegado a esta capital esa misma mañana, y había ido a casa de doña Eufrosina en solicitud del caballero Labín, a quien venía recomendado de la ciudad de Washington de donde era natural, y se llamaba Jacobo Welster265.

Este individuo nos captó la voluntad luego que comenzó a platicar y darnos razón de su patria y del fin de su viaje, que era sobre asuntos de comercio. Díjonos que había estado en España largo tiempo, y lo acreditaba con la perfección con que poseía el castellano, y con las exactas noticias que daba de la Península, y especialmente de Madrid. Después de habernos dejado aficionados a su trato fino, y satisfechos de que era un hombre instruido, se despidió con el señor Labín, con quien se retiró, y nosotros hicimos lo mismo, pues estábamos cansados y con deseo de recogernos temprano.

Algunos meses pasaron sin que yo advirtiese nada particular, sino la mucha familiaridad que contrajo Welster en la casa de doña Eufrosina, la que cada día se aumentaba con las frecuentes visitas que él hacía con objeto determinado. Este era una joven hermosa llamada Carlota, hermana de Adelaida, y amiga íntima de Eufrosina y de su hija266.

Desde luego el amor enredó los corazones de ambos, y por más que hacían uno y otro por disimularle mutuamente su pasión, no podían. Cada vez que concurrían juntos, tenían sin duda un rato muy amargo. Los ojos de Jacobo se encontraban con los de Carlota y se expresaban con demasiada viveza: esta recibía las miradas con agrado; pero en el momento apartaba la vista de su amante, manifestando la mayor indiferencia. De manera que Carlota estaba asegurada de la voluntad de Jacobo; pero este no estaba cierto de la correspondencia de su amada.

Así pasaron como seis meses, hasta que una noche, agitado fuertemente su corazón con la memoria de su adorado objeto, y no pudiendo dormir, comenzó a dar vueltas y más vueltas en la cama, a suspirar y hablar solo con tal tono de voz, que su compañero el señor Labín, temiendo no estuviese enfermo, le preguntó desde su catre qué tenía; Jacobo respondió que nada; pero que no podía dormir. Disimuló entonces, y se sosegó por unos cuantos minutos, al cabo de los cuales volvió a su primera inquietud.

El señor Labín temió que su compañero estuviese para perder el juicio, y como lo quería mucho, trató de ver cómo lo serenaba, haciéndose primero informar de la causa de su aflicción.

p. 195Resuelto de esta manera, se levantó, se cubrió con su ropón, se puso sus chinelas, se dirigió a la cama de Jacobo, y sentándose en ella, con el mayor cariño le dijo267:

—Welster amigo, ¿qué tienes?, ¿qué te aflige?, ¿por qué me disimulas tu cuidado? ¿Tienes algún motivo para desconfiar de mi amistad, o ya me he hecho indigno de la tuya…? ¿Qué, inclinas la cabeza sobre el pecho?, ¿me miras con vergüenza?, ¿enmudeces? ¿Y las lágrimas destilan de tus ojos? Vamos, Welster, háblame por tu vida: yo me intereso en tus desventuras tanto como tú mismo; declárate, ensánchate, ¿qué tienes?

Entonces Welster, desarrollando sus sentimientos de una vez, y apretando la mano del señor Labín contra su pecho, le dijo:

—¿Qué he de tener, amigo, qué he de tener? Una rabia, una desesperación, un fuego que me consume el alma. Tengo amor, sí: adoro a una joven hermosa, cuyas recomendables circunstancias han avasallado mi corazón, en términos que no soy dueño de mí… Este abatimiento es vergonzoso en un hombre de mi carácter, lo confieso; pero tú eres discreto, sí; tú conoces que no siempre le es muy fácil al hombre el resistir a sus pasiones: muchas veces estas nos dominan y avasallan contra los más poderosos gritos de la razón. En este caso me hallo, compadéceme.

—Desgraciado de ti –dijo el señor Labín–, si has pensado alguna vez estar exento de las humanas flaquezas. Welster, todos los hombres tenemos nuestras imperfecciones: nadie vive sin delitos, dijo un antiguo, y el mejor hombre es el que tiene menos268. El amor es una pasión propia de las almas generosas y sensibles como la tuya. Las virtudes por sí mismas son amables, y cuando se hallan en una mujer hermosa nos parecen aún más atractivas. ¿Qué hay, pues, que extrañar que una criatura de estas haya rendido tu corazón al imperio violento del amor? Lo que debes ahora no es avergonzarte de amar, sino ver si puedes poseer el objeto de tu amor honestamente. ¿Cuál es la señorita que te ha agradado?

—Carlota –dijo Jacobo–, la hija del comerciante don Tadeo, que concurre a la casa de doña Eufrosina.

—¿Y no le has declarado tu pasión?

—Mis ojos le han dicho mucho, pero mi lengua nada, pues el ser extranjero me parece que es bastante para que no me corresponda. Sin embargo, ya no puedo sufrir, y pues eres mi amigo verdadero, y me has dicho que cuente contigo para todo, estoy resuelto a declararme. Mañana le he de escribir un billete, tú has de hacer que llegue a sus manos, y que no se quede sin respuesta269.

—La empresa es opuesta a mi carácter; pero soy tu amigo, y te he empeñado mi palabra. Duerme ya sin cuidado, que mañana escribirás, y yo haré porque todo se allane.

Con esto se sosegó un poco Welster, y se recogieron.

A la mañana siguiente, cuando el señor Labín se levantó, ya tenía Jacobo escribo el billete para su amada, el que puso en manos de su amigo, y este salió para la calle.

p. 196Llegó a casa del coronel, con quien estábamos almorzando, y allí nos contó lo que va referido. Doña Matilde no pudo reprimir su curiosidad, y así rogó al señor Labín que si no desmerecía su confianza, y si el billete estaba sin lacre, se lo leyera; porque deseaba ver cómo se explicaba Jacobo. El señor Labín condescendió con su ruego, y les leyó el papel que decía de esta manera:

Bella Carlota:

Yo os amo con pureza: no puedo ya resistir al dulce imperio de vuestros ojos. Decidme si os ofendo, o si algún día podré esperar que hagáis para siempre venturoso al infeliz.

Jacobo

—¡Qué poco escribe! –dijo Matilde–; pero se explica bien, ¿y usted cómo piensa salir de su cuidado?

—Fácilmente –respondió el señor Labín–: la señora su hermana de usted tiene mucho arte para todo, y además lleva una amistad muy íntima con Carlota. De ella pienso valerme, y creo que pronto tendremos la respuesta en nuestra mano.

Así fue en efecto. A los dos días volvió el señor Labín, y nos manifestó la contestación de Carlota concebida en estos términos:

Caballero Welster:

Una de las virtudes que más me agradan es la ingenuidad y sencillez. No hay para qué disimular los afectos cuando son inocentes. En esta inteligencia, si usted me ama, está correspondido, y se lograría sin duda nuestro amor con el honroso enlace que usted por su parte facilita; pero por la mía hay dos obstáculos insuperables que lo impiden. Las leyes civiles y eclesiásticas están en nuestra contra. Yo no puedo casarme sin licencia de mi padre, opuesto siempre, no sé por qué motivo, al matrimonio; y menos puedo unirme en este estado con quien no profesa la religión católica. Si usted me ama como dice, haga por allanar estos inconvenientes, y podrá asegurarse de que será suyo el corazón de

Carlota

—La carta me parece muy bien puesta –dijo Matilde–; da a entender que la muchacha no es tonta ni loca, piensa con juicio; pero también es demasiado fácil para corresponder: no parece sino que estaba deseando la ocasión.

—Cuando así sea –contestó el coronel–, yo no se lo tengo a mal, pues si ella está tan apasionada como él, desearía dar desahogo a su pasión correspondiendo a su amante. No tienen las mujeres menos derechos que los hombres para usar de la verdad lícitamente, y la misma Carlota lo da a entender cuando dice que no hay para qué disimular los afectos cuando son inocentes, en lo que explica más de lo que parece. Finalmente, veremos en qué paran estas buenas aventuras en que se ha metido nuestro amigo Labín.

Este, concluida la conversación, se retiró para su casa, y entregó a Jacobo el papel de su querida. Lo leyó cinco o seis veces, y no cabía en sí de gusto al saber que contaba con el corazón de Carlota.

p. 197—Ahora sí –decía a Labín–, ahora sí me tengo por el más feliz de los mortales con la posesión de mi Carlota. Sí, México es ya mi patria. No tengo en Washington ninguna cosa que me arrastre: mis padres han fallecido, mi hermana es rica, no necesita de mis auxilios para nada; la mayor parte de mis intereses están en mi poder, y para recoger los que allá quedan, tengo buenos amigos de quienes valerme; pero aun cuando tuviera en el norte padres, deudos e intereses, todo lo abandonaría, porque todo se debe abandonar por Carlota.

—¿Pero de qué manera piensas vencer los dos inconvenientes que ella dice? –le preguntó el señor Labín; y Jacobo sin detenerse respondió:

—Por lo que toca a la religión, estoy resuelto a abrazar la católica. Este debe ser el primer paso; y por lo que respecta a persuadir a su padre para que le conceda su permiso, creo que no habrá mayor dificultad, pues yo no carezco de bienes suficientes para sostenerla con decencia, y tú y el amigo coronel tienen, a lo que entiendo, mucho influjo sobre el caballero Tadeo, y no dudo que ambos haréis por mí cuanto os sea dable.

—Puedes estar seguro –dijo el señor Labín– de que el coronel y yo te serviremos en cuanto esté de nuestra parte; pero en confianza de la amistad, debo advertirte que examines bien tu corazón: mira que las pasiones, aun las más puras, cuando son vehementes, nos ofuscan, y no nos dejan ver lo más cercano. Se necesita vocación así para entrar en el cristianismo, como para abrazar el matrimonio. Yo te he oído hablar siempre bien de nuestra religión; pero jamás te he observado tan dispuesto como ahora para recibirla, y esto me hace pensar que Carlota ha hecho esta repentina mutación. Si así es, entiende que no se debe seguir a Jesucristo por particulares intereses, sino únicamente convencidos por la pureza de su ley y por la infusión* de la fe. Conque si quieres ser cristiano, mira lo que haces, registra tu interior, examina el origen de tu deseo, instrúyete en nuestros principios; y si después de bien explorada tu intención, resultare que es recta, adopta como la mejor y la más cierta la religión católica.

»Advierte, también, que no es lo mismo desear la posesión de una mujer como mujer hermosa, rica, o prendada, que desearla para esposa, madre de familia y compañera única hasta la muerte. Para lo primero basta ser hombre, porque todo hombre se inclina a la mujer; pero para lo segundo es necesario ser católico,* y conocer la virtud y gracias* del sacramento del matrimonio.

»Aun cuando el casamiento era solamente un contrato natural, desagradaba a Dios tanto que se hiciese únicamente por saciarse con los placeres sensuales, que en las sagradas letras se nos cuenta de aquellos siete maridos que tuvo Sara muertos por el demonio Asmodeo en las mismas noches de las bodas, y temiendo Tobías casarse con ella porque no le sucediera otro tanto, lo animó el ángel san Rafael diciéndole:

El demonio solo tiene poder sobre aquellos que se casan sin acordarse de Dios, y únicamente para satisfacer su liviandad, como el caballo y el mulo que carecen de entendimientoii.

»Si esto sucedió según te dije, cuando el matrimonio era un mero contrato natural, ¿qué se deberá esperar hoy que se halla elevado por Jesucristo a la dignidad de sacramento?

»Verdad es que no oímos referir ejemplares tan terribles como el pasado. Se casan muchos, muchísimos con el mismo fin que los maridos de Sara, y con todo eso no los mata Asmodeo; pero sobre estos casados llueven treinta mil plagas, que son a veces peores que el demonio. La pobreza, los hijos mal criados, las desconfianzas, las riñas, los celos, el despego y el odio son las resultas de un casamiento hecho sin vocación.

ii Tobías 6.17270.

p. 198»El matrimonio, considerado como sacramento de la ley nueva, tiene tres fines, que son: propagar la naturaleza*, aplacar la concupiscencia, y causar gracia unitiva. Del logro de estos fines resultan en el matrimonio tres bienes: el de la prole, el de la fe, y el del Sacramento. El primero consiste en tener sucesión; el segundo en la fidelidad y amor que deben tener los consortes, y el tercero en que esta unión en paz y en amor sea hasta la muerte271.

»En inteligencia de esta doctrina, consulta bien tu corazón para que después no te arrepientas cuando pruebes los sinsabores de estado, porque ya sabes que en esta vida miserable no hay uno que no los tenga, y sería un necio el que se representara el matrimonio como un jardín lleno de flores, y sin ningunos abrojos ni malezas. Así lo pinta el amor, visto de lejos; pero lego que entramos en él, advertimos que en el mejor, en el más pacífico y feliz no faltan algunas espinitas, que aunque no hieren, lastiman. Conque, vuelvo a aconsejarte que antes que te resuelvas lo pienses bien, con la prudencia propia de tu carácter.

Así desempeñaba el caballero Labín el cargo de amigo verdadero de Welster, y este correspondía agradeciendo su instrucción, y observando en cuanto podía sus consejos.

No dejó de traslucirse en la tertulia de doña Eufrosina la mutua inclinación de los dos nuevos amantes, y tanto, que las amigas de Carlota la llamaban la Inglesita, sobrenombre que a ella no le desagradaba.

El señor Labín, ufano con la resolución que tenía su amigo Jacobo de hacerse católico, fue a casa del coronel y la participó muy placentero. Doña Matilde, desconfiando de la verdad de la vocación, le dijo:

—Yo me alegraré de que piense el inglés272 en ser cristiano, pero dudo de que lo quiera ser deveras. Carlotita se puede lisonjear de esta repentina conversión, aunque yo no quiero creerla todavía; antes juzgo que si como ella es cristiana, fuera mora o judía, Welster se volviera judío o moro con la misma facilidad que quiere ser cristiano. Es mucha la fuerza del amor.

—Es cierto –le dijo su marido–; pero aun cuando Jacobo quiera abrazar la religión católica por interés de Carlota, no es extraño. En verdad que siendo este solo el motivo, no es muy puro, pero la mujer fiel santifica al marido infiel, y muchas veces Dios se ha valido de las mujeres como de medios oportunos para la conversión de los gentiles y aun de reinos enteros. Escribiendo san Pablo a los de Corinto*, e instruyendo con doctrinas sagradas a la Iglesia de Cristo que comenzaba entonces, y no estaba aún bien enseñada, entre otros preceptos que les dio fue* este: «Si alguna mujer cristiana está casada con varón infiel, no lo deje, ni se aparte de él: porque algunas veces ha sucedido que el marido infiel vino a ser santo por medio de la mujer cristiana»273. Estas palabras trasladó san Gerónimo a una noble señora romana llamada Leta, mujer de Toxocio, hijo de santa Paula, del cual tenía una hija del propio nombre274.

p. 199»¿Pero para qué hemos de citar casos particulares en prueba de esta verdad, cuando sabemos que las mujeres cristianas colocadas en los tronos hicieron cristiana la mayor parte de la Europa, atrayendo al cristianismo a sus maridos? Por medio de ellas recibieron el Evangelio la Francia, la Inglaterra, parte de la Alemania, la Baviera, la Hungría, la Bohemia, la Lituania, la Polonia, etcétera, y también por su medio renunciaron el arrianismo la España y la Lombardía275. Con que nada nuevo será que Carlota sea el instrumento de la conversión de Jacobo. ¡Ojalá hubiera mil Carlotas que trajeran al gremio de la verdadera religión otro tanto número de Welsters!

—Ya me convenciste –dijo Matilde–; pero satisface mi curiosidad que quiero saber cómo pasó la España del arrianismo a nuestra religión por medio de una mujer, y qué mujer fue esa, pues hasta ahora no oigo semejante cosa.

—Te daré gusto –dijo el coronel–, ciñéndome a la posible brevedad. Habiéndose hecho dueño de casi toda la España Leovigildo, casó de segundas nupcias con Gosvinda, y estableció a Hermenegildo su hijo rey de Sevilla, y dándole por esposa a Ingunda, hija de Sigisberto, rey de Austrasia276.

»Ingunda era católica, y su suegra, arriana; pero tan apasionada por su secta, que no omitía diligencia para atraer a ella a cuantos podía. Ingunda debía merecer este cuidado a su buena suegra. En efecto, esta empleó las caricias, las amenazas, la autoridad, el desprecio y los ultrajes hasta llegar a arrastrarla de los cabellos; pero todo fue en vano, pues la reina cristiana resistió con una inflexible firmeza sus malos tratamientos, y con tan heroica paciencia, que todo lo disimuló y ocultó a su marido, sin quejarse jamás, ni faltar el respeto y afabilidad a su cruel enemiga.

»Sin embargo, fueron tales los excesos de Gosvinda que llegó a saberlos Hermenegildo, y admirado de la virtud de su esposa, conoció, en el contraste de ambos procederes, la diferencia de las dos religiones, y juzgó que la de Ingunda no podía inspirar tanta virtud sin ser la verdadera.

»Con este pensamiento se dirigió a su tío san Leandro, obispo, quien lo instruyó en los misterios de la fe, y abjuró el arrianismo. Este fue el día de mayor gozo para su virtuosa mujer, que no le duró mucho, pues habiendo sabido Leovigildo la conversión de su hijo, se irritó contra él furiosamente, y procuró reducirlo a su antigua secta a toda costa.

»Probó los medios de la dulzura; le salieron vanos, y se valió del poder. Se dirigió a Sevilla, la sitió, la tomó y cayó Hermenegildo en sus manos.

»Fue puesto en una prisión, y cuando Leovigildo se cansó de mortificarlo, le envió a ofrecer su libertad, y restituirlo a su trono como se convirtiera al arrianismo. El santo preso despreció las ofertas con resolución cristiana.

»Por segunda vez le envió su padre a su hermano Recaredo, asegurándole que lo admitiría a su gracia con la condición sola de que recibiese la comunión de mano de un sacerdote arriano. Respondió Hermenegildo que la religión católica no permitía estos disimulos en la fe. Esto irritó a Leovigildo tanto, que inmediatamente mandó que le cortasen la cabeza en la prisión. Su esposa huyó con su hijo Teodorico a África, donde a poco murieron los dos.

»Leovigildo después lloró la muerte de su hijo, y su sentimiento se convirtió en un odio moral contra los católicos. Desterró a los obispos y al mismo san Leandro su cuñado; despojó las iglesias de sus bienes y ornamentos; quitó la vida a los más ricos y poderosos señores, y cometió otras crueldades semejantes.

p. 200»En el mismo año se enfermó de muerte, y sucedió una cosa rara estando próximo a ella, y fue que mandó llamar a san Leandro para que instruyese a su hijo Recaredo en los dogmas de la religión católica, y deseando que su hijo fuera cristiano, él murió hereje, sin querer abrazar una religión cuya verdad conoció a las orillas del sepulcro. En una palabra, la virtud de Ingunda convirtió a Hermenegildo, y la sangre de este mártir se logró en la conversión de su hermano Recaredo y de toda la nación de los godos de España.

»Esta es en breve la historia, que hace ver cómo una mujer fue el medio de que Dios se valió para que en menos de dos años casi toda la nación goda abjurase el arrianismo. ¿Por qué no se podrá valer de Carlota para que Jacobo deteste los errores de los anabaptistas que es la secta que profesa, según sabemos por mi amigo Labín?

—Así es –dijo este–, y a más de esa cristiana esperanza, que es la mejor, tenemos otra que se puede llamar política, y consiste en que Welster es muy sensible, tiene talento, ha vivido mucho tiempo entre los católicos, y está más que medianamente instruido en nuestra religión. Yo estoy acabándolo de catequizar, y creo que no me costará mucho trabajo. Él muchas veces ayuda mi discursos con sus sólidas reflexiones. Si ustedes lo oyeran probar la verdad de nuestra santa religión por principios sencillos y evidentes, se complacerían demasiado.

—¡Ay, y como que sí!–dijo Matilde–. ¿Cuándo nos hace usted favor de traerlo para que tengamos este gusto?

—Esta misma noche –dijo el señor Labín.

—Pues quedamos en eso: no se olvide.

Aquí acabaron estos señores su conversación, y yo el capítulo*.

i En la cuarta edición, la primera parte de este capítulo aún se integra en el capítulo precedente, dedicando el nuevo solo a la historia de Carlota y Welster. He mantenido las divisiones de capítulos de la edición original.

ii acuitada] cuitada 1836, 1842.

iii condiscípulo] con disimulo 1842.

iv La primera edición daba la localización exacta, «fol. 214 del tomo I», modificado en las ediciones siguientes para indicar la localización en las suyas.

v lo más] a los demás 1842.

vi solos los derechos del casamiento] solo por el casamiento 1842.

vii Aquí finalizaba el capítulo anterior para la cuarta edición.

viii infusión] efusión 1831 y posteriores. He mantenido la lectura original, por la relación del primer término con el sacramento del bautismo que va a recibir Welster.

ix ser católico] creer 1842.

x la virtud y gracias] la gracia y la virtud 1842.

xi naturaleza] especie humana 1842.

xii Corinto] Corintio. Corregido ya desde la tercera edición.

xiii fue] uno fue 1842.

xiv La cuarta edición elimina esta frase y continúa con el siguiente capítulo, haciéndolo formar parte de este.

259 Entre las diversiones preparadas por el cura, los asistentes podían disfrutar jugando al tresillo, un juego de naipes donde, aunque participan cuatro, solo tres juegan en cada mano, recibiendo nueve cartas de tres en tres, de ahí su nombre. Las reatas del columpio se refiere a las cuerdas o sogas que lo sujetaban y, por extensión, al columpio. El término barreta no es diminutivo, se refiere simplemente a las barras de hierro, que, aunque es el término específico para las herramientas de albañilería (Santamaría), aquí sirven para los ejercicios de fuerza.

260 Bandolón: «instrumento musical semejante en forma a la bandurria» (DRAE).

261 Chabacano: ‘albaricoque’ (Santamaría).

262 Tanto los flatos como los histéricos se consideraban dolencias propias de las mujeres. Los primeros se relacionaban con estados de melancolía o tristeza; los segundos, en general, a estados de nervios propiamente femeninos, muchas veces relacionados con lo que se consideraban desviaciones de tipo sexual (etimológicamente, el término procede de útero). La histeria femenina era uno de los motivos frecuentes de internamiento en los sanatorios del siglo xix.

263 Droga: ‘deuda’ (Santamaría).

264 Pomposita hace aquí gala de su bachillería, estableciendo dos paralelos tópicos con la Antigüedad clásica: el legendario rey Néstor, paradigma de la sabiduría y prudencia de la vejez (en la Ilíada de Homero se dice que había vivido tres generaciones), y el histórico César Augusto, primer emperador de Roma (27 a. C.–14 d. C.), con cuyo dominio se consolidó la pacificación del imperio.

265 Graciela Michelotti (177, nota 244) destaca que este es el primer personaje de origen estadounidense que aparece en la literatura mexicana, a partir del estudio de Luis Leal («The American in Mexican Literature», MELUS, vol. 5, n.º 3, 1978, pp. 16–25).

266 A partir de aquí, aunque con algunas intermitencias, comenzará a desarrollarse la narración intercalada de los amores entre Carlota y Welster. Durante la relación, en algunos momentos el narrador olvidará su primera configuración como testigo y, sin justificación declarada, abandonará el podio de personaje narrador para pasar a un grado de focalización cero.

267 Labín utiliza la indumentaria propia del espacio doméstico, un ropón a modo de bata larga y chinelas («calzado a modo de zapato, sin talón, de suela ligera» [DRAE])

268 Este antiguo al que alude es el escritor romano Catón, que en sus Dichos (Disticha Catonis) incluye la afamada cita aquí recordada: Nemo sine crimine vivit. Esta cita aparece en el Licenciado Vidriera de Miguel de Cervantes, aunque en cualquier caso era de común conocimiento.

269 Billete: ‘carta’ (DRAE).

270 Asmodeo, príncipe de los demonios, impidió a Sara consumar el matrimonio con sus primeros siete maridos (Tobías 3.8), ante lo cual, Tobías recela del mandato de casarse con ella que le transmite el arcángel san Rafael, a quien pertenecen las palabras citadas (Tobías 6.17).

271 La relación de estos «bienes del matrimonio» está tomada textualmente de los catecismos religiosos, en sus pasajes sobre el sacramento del matrimonio. Labín reproduce textualmente el texto que aparece a este asunto en la Explicación de la doctrina christiana de Joseph Faustino Cliquet (Madrid, Manuel de Sancha, 1781, p. 311), aunque bien pudiera ser cualquier otra fuente de este tipo.

272 [1842] Aunque no era inglés, lo llamaba así Matilde por su idioma, pues como era angloamericano hablaba inglés.

273 1 Corintios 7.13–14.

274 San Jerónimo, traductor de Biblia al latín (Biblia Vulgata), había sido preguntado por Leta, nuera de santa Paula, acerca de los preceptos adecuados para la educación de su hija (Paula). La carta del santo en respuesta, con consejos para la educación de los niños, es un motivo común de los tratados de educación de la infancia. Fernández de Lizardi pudo conocerla de primera mano a partir de las muchísimas reimpresiones de las Epístolas selectas de san Gerónimo, traducidas por Francisco López Cuesta (Madrid, Juan de la Cuesta, 1617).

275 El arrianismo, doctrina cristiana del siglo iii, fue considerado herético en el I Concilio de Constantinopla (381 d. C). Su principal confrontación con la ortodoxia cristiana se centró en la figura de Cristo, considerado como una creación de Dios y negando por tanto la unidad del Padre y el Hijo en un solo Dios.

276 Don Rodrigo relata el enfrentamiento entre el rey visigodo Leovigildo y Hermenegildo, su hijo, a raíz de la conversión de este al catolicismo (s. vi). Después de la muerte de Hermenegildo, mártir de la Iglesia católica, Recaredo, su hermano, heredó el reinado de Leovigildo y consolidó la unidad de visigodos e hispanorromanos con la renuncia al arrianismo y convirtiéndose al cristianismo. Los historiadores concedieron a la esposa de san Hermenegildo, Ingunda, un papel predominante en su conversión. El episodio se relata en los libros religiosos (por ejemplo en el nombrado Catecismo del padre Ripalta) y de historia de España; aquí la fuente es el Compendio de la historia de España (Abrégé chronologique de l’histoire d’Espagne) de Jean Baptiste Philoppoteau Duchesne (o alguna intermedia), traducido al español por Antonio Espinosa (Madrid, Joaquín Ibarra, 1758–1759, pp. 22 y ss.), y que contó con varias impresiones en el siglo. Fernández de Lizardi reproduce algunas expresiones literales de esta traducción. El relato de Ingunda se inicia con una frase que sería muy del gusto del coronel: «Para hacer a un marido santo, no hay medio más poderoso que una mujer virtuosa» (23).