Capítulo XVII Welster resuelve incorporarse a la Iglesia católica; hace un análisis de los fundamentos más sólidos de nuestra religión; recibe el bautismo, y va a La Habana a negocios de comercio*
¿Cómo había de quedar mal el señor Labín? A la noche fue con su camarada Welster, según que lo ofreció, y ambos fueron recibidos de todos los de la casa con general complacencia.
Se les sirvió un refresco que se les había prevenido, y poco después no pudiendo Matilde resistir más a la curiosidad que la devoraba, dijo:
—Señor Welster, ya hemos sabido la resolución de usted sobre hacerse cristiano*, y nos hemos alegrado mucho, y hemos dicho que semejante resolución prueba bien el talento de usted*.
—Gracias, señora –contestó Jacobo–, por el favorable concepto en que ustedes me tienen; pero mi determinación más es obra del convencimiento de la verdad, que del escaso talento mío.
—¿Pues qué, está usted plenamente convencido de la verdad de nuestra religión?
—Si no lo estuviera, desde luego no variaría de comunión; no soy tan débil.
—No puedo comprender cómo haya sido tan pronto* convencimiento.
—Oiga usted, señora: el largo tiempo que he vivido con los católicos, la íntima amistad que he llevado con algunos de las luces y probidad del caballero esposo de usted y del señor Labín, y la tal cual instrucción que he tenido por los libros que he leído, despertaron días hace en mi corazón unos vehementes deseos de incorporarme en vuestra religión; pero siempre resistí a ellos haciéndome violencia, porque esperaba volver a mi patria, y no me determinaba a sufrir con constancia los desprecios y aun ultrajes que tendría que experimentar de los míos cuando supieran que había variado de religión; pero ahora que estoy resuelto a domiciliarme* para siempre en esta capital, no tengo ya que temer, y así quiero acallar los incesantes gritos que la verdad me da en el corazón, haciéndome católico con todo gusto, y convencido de la solidez de los principios de vuestra religión.
p. 202—Usted dispense mi curiosidad –dijo Matilde–; pero yo quisiera saber qué principios fundamentales son los que han persuadido a usted a esa verdad.
—Voy a darle a usted gusto, señorita –dijo Welster, y prosiguió de esta manera–: seis son para mí los principios más fundamentales de vuestra religión, que me han atraído a su gremio, y que me parece serían bastantes para persuadir a cualquiera que los examinase sin pasión277.
»Estos son los siguientes*: primero, las revelaciones. Segundo, la pureza de la moral de Jesucristo. Tercero, sus milagros y su resurrección incontestables. Cuarto, el modo con que se estableció la religión. Quinto, la constancia y la uniformidad de la tradición. Sexto y último, la perseverancia y unión de la Iglesia católica*278.
»Si atendemos a las revelaciones, se ven exactamente cumplidas en la persona de Jesucristo, habiendo sido escritas en tiempos muy antes de* su venida, en diversos lugares, en distintas épocas y por distintos profetas. De estas revelaciones fueron algunas tan circunstanciadas y prolijas, que más parecen historias de lo pasado, que predicciones de lo futuro. Tales son las del santo rey David. Este profeta anunció el nacimiento, la vida, pasión y muerte de Jesucristo con tanta escrupulosidad, que no deja la menor duda en que fue el Mesías prometido por los antiguos padres y profetas.
»Si examinamos la moral de Jesucristo, la hallamos pura, opuesta al ímpetu de las pasiones, y la más propia para conseguir aun en esta vida la felicidad a que todo hombre aspira, esto es, la paz del corazón.
»Es cierto que sus reglas son difíciles para el hombre natural, o según sus inclinaciones en el estado natural. Refrenar nuestros apetitos, dar a otro nuestros bienes, perdonar los agravios, y hacer bien a los que nos injurian son sin duda unas leyes muy desconformes con nuestra natural inclinación; pero por eso son tanto más elevadas y heroicas las virtudes que deben resultar de su observancia.
»Los milagros de Jesucristo y su resurrección fueron muy públicos. Sus mismos enemigos, los que lo aborrecían de muerte, los que lo calumniaron en los tribunales, lo malquistaron con el pueblo y lo hicieron morir en un suplicio, jamás se atrevieron a negar que los hizo. Ellos quisieron deprimir su mérito fingiendo patrañas y atribuyendo su virtud al poder de Belcebú o del Demonio; pero no se atrevieron a negar los hechos; ¿ni cómo podrían*, cuando estos fueron tan públicos y repetidos? Todos los milagros del Mesías fueron hechos delante de testigos, que a veces se contaron a millares.
p. 203»Su resurrección tuvo igual carácter de verdad. Predicha por él mismo, cosa que no se atrevió a hacer Mahoma ni el seductor más famoso, se verificó. Sus enemigos la habían oído muchas veces de su boca, y la temieron: por eso tomaron todas las precauciones oportunas. Pusieron guardias que custodiaran el sepulcro y serían escogidas y bien pagadas. Este sepulcro estaba bien cerrado con una losa muy* pesada; sin embargo, Jesucristo resucitó dentro del plazo que había prefijado, y sus enemigos, no pudiendo negar la sobrenatural falta del cadáver, dicen que los centinelas se durmieron, y que mientras se robaron el cuerpo los discípulos. Mas ¿es posible* que todos se durmieran?, ¿es creíble que los amigos de Jesucristo rompieran el sepulcro, levantaran la pesada piedra y extrajeran el cuerpo con tanto silencio que no despertó ninguno de los soldados? ¿Acaso estarían ebrios?, pero ebrios o dormidos, ellos no vieron robar el cadáver, según aseguraron, y sin embargo fueron creídos sobre su palabra. Tenían los ojos cerrados, y depusieron del robo como testigos de vista. ¡Qué contradicciones tan absurdas!
»Si atendemos a la moral de Jesucristo y al modo con que estableció su religión, nos hemos de confirmar en su verdad. La moral, opuesta a las pasiones, es desagradable a los hombres: por lo mismo debía de haber sido poco seguida la del Mesías, y mucho menos según el modo de su establecimiento. Este fue más raro y más maravilloso.
»Considerémoslo comenzado por Jesucristo y perfeccionado en su virtud por los apóstoles. ¿Quién fue Jesucristo en el mundo? Un hijo de un artesano y de una costurerajj, nobles en su origen, pero humildes, obscuros y abatidos por su mucha pobreza y ningún nombre. ¿Quiénes fueron los apóstoles, sus principales agentes? Unos pobres, idiotas, sin dinero ni representación en la república. Estos establecieron la religión católica, ¿y cómo? Jesucristo*, no prometiendo riquezas ni delicias temporales, no ampliando el libertinaje de los hombres, no auxiliado de la fuerza de las armas, no alucinando con fábulas ni mentiras a los pueblos idólatras y necios, como hizo el impostor Mahoma para establecer su ridículo y absurdo partido, sino predicando humildad, pobreza y mortificación; chocándose contra la opinión común de todo el* mundo; sin más auxilio que sus penetrantes palabras, su santo ejemplo y sus muchos milagros. De manera que, como dice un escritor francés, Jesucristo, humanamente hablando, hizo todo lo necesario para no conseguir el establecimiento de la religión279. Con todo esto, los hombres lo seguían en turbas, lo confesaron hijo de Dios, y tendían sus capas en Jerusalén cuando lo recibieron con ramos cantándole: Alégrese en las alturas; alégrate, Hijo de David280. ¿Esto no maravilla?, ¿no pasma?, ¿no prueba hasta la evidencia que este Jesucristo era el Mesías verdadero? ¿Cuál otro* de los seductores que ha habido ha establecido su ley tan áspera, tan contradicha por los hombres, tan desagradable a sus pasiones, tan sin humanos auxilios, y milagrosamente acreditada?… Señores, perdonen ustedes que me exalte. Yo me entusiasmo en favor de la religión católica* cuando hablo de ella seriamente, y considero que sus principios son tan evidentes, que me parece que basta el criterio humano para convencernos de su verdad.
jj Por tal era tenido de los que ignoraban que señor san José era su padre estimativo, pues Jesucristo no tuvo padre en cuanto hombre, por haber sido su concepción sin concurso de varón. Esto lo saben los niños de la escuela; mas no es ocioso decirlo aquí. Los libros van a manos de sabios e ignorantes.
p. 204—Siga usted, señor Jacobo –dijo el coronel–, pues usted mismo no sabe el gusto que nos da cuando se explica en una materia que nos debe ser la más interesante.
—Yo agradezco mucho a ustedes su política condescendencia –dijo Welster–, pero ciertamente me enajeno cuando considero estas cosas, y ya quisiera hallarme perfectamente instruido en vuestra religión para recibir cuanto antes el bautismo, que es la puerta, según enseña la fe, para entrar al gremio de la Iglesia.
»¿Pero cómo no se ha de arrebatar mi espíritu, señores, al considerar lo que me falta que decir? Mientras que Jesucristo, este sagrado Legislador, vivió, pudieron haberse engañado los que lo seguían en fuerza de sus promesas; pudieron haber creído con la esperanza de mejor* fortuna; ¿pero qué debían haber hecho cuando lo vieron preso y acusado ante los jueces por hechicero, revolucionario y traidor contra el César romano? ¿Qué, cuando lo vieron morir por esta causa en un afrentoso suplicio? La razón natural nos dicta que debían haberse arrepentido de haber seguido su doctrina, y detestado para siempre sus máximas y hasta su nombre. Mucho menos que esto se necesita para que los hombres se abandonen unos a otros. Solo el ser pobre es una causa muy eficaz para que se desconozcan* los parientes. ¿Qué se debía esperar que hicieran los apóstoles con Jesucristo después de verlo muerto afrentosamente en una cruz por su doctrina? A los principios hicieron lo que se debía esperar de cualquier hombre: huyeron, lo negaron, se escondieron y lo abandonaron, refugiándose con María en un mesón. Y después, ¿qué sucedió? Bajó sobre ellos el espíritu de Dios, vieron a Cristo y predicaron al Mesías con la más santa intrepidez. San Pedro, el más cobarde de los apóstoles, pues espantado por una mujercilla negó a su Maestro asegurando que ni lo conocía, fue el primero que predicó su doctrina en Jerusalén; pero ¿con qué viveza y con qué espíritu? Sus primeras palabras más parecen reconvenciones de juez que persuasiones de orador; y sin embargo, se convierten millares de enemigos de Jesucristo a Jesucristo mismo en el primer sermón. Esto no es obra de los hombres.
»Comenzaron a verse perseguidos los apóstoles por su predicación: fueron aprisionados, fueron entregados a las afrentas y a la muerte que sufrieron por sostener el crédito de su Maestro.
»Pero acaso los apóstoles como amigos de Jesucristo le profesaban una muy tierna voluntad, y encaprichados se dejaron matar por su amor. Esta sería una objeción ridícula, pero fuera tal vez suficiente para alucinar a los incautos; mas ¿qué diremos de los demás discípulos, y qué de tantos mártires que sin haber conocido a Jesucristo, derramaron por él su sangre con tanta liberalidad* que corría por las calles, se enturbiaban con ella los ríos, se cansaban los tiranos de derramarla, y enfadados de tanto confesor de Jesucristo que se ofrecía al martirio, les decían: «Si tanta gana tenéis de morir, mataos por vuestra mano». ¿Qué diremos de estos, repito, sino que es verdadera la fe del Crucificado? Un autor vuestro de gran fama dice que es preciso creer unos testigos que se dejan degollarkk.
»Si atendemos a la tradición, ¿qué cosa más igual ni más constante? Desde Jesucristo hasta nosotros todos han profesado una misma fe, han creído unas mismas cosas, y han ido fundados sobre unos mismos principios. Es increíble que si hubiera habido falsedad en este sistema, no se hubiera descubierto entre tantos hombres sabios que han predicado la pureza de la religión, como un Pablo tan inmediato a Jesucristo, y como un Agustín, un Gerónimo y otros no muy distantes de la publicación del Evangelio; pero todos, inmediatos o distantes, han ido acordes con sus principios.
p. 205»Por último, yo he leído el Tratado de las variaciones de las iglesias protestantes, sabiamente escrito por el señor Bossuet, y ven en él cómo cada iglesia o comunión* ha padecido notables alteraciones en sus artículos, en sus dogmas y en sus cultos282; cosa que no advierto en la* religión de Jesucristo, pues esta, a pesar de sus muchas y sangrientas persecuciones, ha sido siempre una, santa, católica, apostólica, romana. Una, porque es uno el Dios a quien adora, una la fe que profesa, uno el bautismo, una la cabeza invisible de la Iglesia que es Jesucristo, y una su cabeza visible que es el Pontífice de Roma. Santa es, porque es santa su cabeza invisible, santa la fe que profesa, santa su ley, sus misterios y sacramentos, y solo en ella puede haber santos, como los ha habido, los hay y los habrá hasta el fin del mundo. Católica se llama, que es lo mismo que universal, porque en todas las naciones que le abrazan es una misma, sin variación alguna en la fe, en los preceptos, en los sacramentos ni en cosa substancial; y porque ninguno puede salvarse fuera de su gremio283. Llámase también apostólica, porque fue fundada por Jesucristo en sus apóstoles; y por último, se dice romana, porque su príncipe visible, que es el Papa, reside en Roma; y por cuanto los católicos son miembros de una iglesia que tiene tan honrosos epítetos, se honran llamándose cristianos, católicos, apostólicos, romanos.
»Estos son en breve, señorita, los motivos que yo he tenido para decidirme por la religión de vuestros padres. Decidme si tengo razón o si he procedido con ligereza.
Doña Matilde enternecida no supo responder; pero el coronel la desempeñó abrazando a Jacobo y diciéndole:
—Usted verdaderamente pertenece a la herencia del Señor: Él lo condujo, aquí lo ha hecho radicar por unos caminos imprevistos. Yo me glorío de que ha de ser usted muy bien cristiano, pues se ha explicado más bien como un instruido catequista, que como un neófito. Dele gracias al Padre de las luces, pues se las ha querido comunicar tan ampliamente, y apresúrese para recibir el bautismo.
Jacobo correspondió estas afectuosas expresiones manifestando sus deseos, y el señor Labín dijo que estaba muy próximo a recibirlo, porque apenas le faltaba qué saber, de manera que para el domingo inmediato tenía dispuesta la función que debía de ser en el Sagrario, por ser la parroquia a que correspondía, para lo cual había visto ya al señor arzobispo, y tenía dispuestas todas las cosas, porque Jacobo lo había elegido a él para padrino284. Con esto y otras conversaciones se disolvió la tertulia por esta vez.
En la víspera del domingo citado, fue el señor Labín a convidar al coronel y a su familia para el bautismo. Este caballero aceptó con gusto el convite, y al día siguiente fuimos todos para la iglesia.
El adorno del templo y lo lucido de la concurrencia dieron todo el lleno a la función. Lo augusto de las ceremonias y la modestia del neófito enterneció a los circunstantes, penetrándose los corazones de amor y respeto hacia nuestra sagrada religión.
Llegó por fin la hora tan deseada de Jacobo*, se hincó* a la Fuente y recibió el sagrado Bautismo, que se dignó administrarle el ilustrísimo señor arzobispo de esta diócesis. ¡Feliz acto en que la Iglesia católica recibió en su seno a tan buen hijo, regocijándose con este nuevo triunfo de la fe!
Después que recibió el sagrado baño, en el que a petición suya le pusieron por nombre Agustín, se cantó un solemne Te Deum, y se celebró el santo sacrificio de la misa, en cuyo tiempo recibió el adorable Sacramento del altar con la mayor humildad y manifestando la más devota compostura285.
p. 206Concluida la función religiosa, se desnudó en la sacristía la vestidura blanca, y habiendo correspondido los abrazos y parabienes que le dieron los convidados, tomaron todos sus coches, y se dirigieron para la casa de doña Eufrosina en donde se había preparado el refresco.
La sala estaba llena de señoras, y ya se deja entender que no faltaría entre ellas Carlotita. Estaba allí, en efecto, vestida muy de gala y más hermosa que nunca. Su regocijo era inexplicable en el instante que vio a Welster: este tuvo mucho que hacer para disimular su pasión; mas ella no tenía entonces la prudencia necesaria, y más de dos veces advertí que estuvo a pique de declarar su amor, a pesar de la presencia de su padre, cuyo respeto la contenía. Sin embargo, como la alegría era general y la bulla mucha, se ocultaron sus cariñosas imprudencias, a lo menos para los que ignoraban sus amores. Todo aquel día se pasó en pláticas y diversiones agradables, y a la noche concluyeron con un lucido baile.
Después que se acabó, se retiró don Tadeo con Carlota para su casa, Welster con Labín para la suya, y todos hicieron lo mismo.
Muy contento Welster de verse admitido en el gremio de la Iglesia católica, trataba ya de arreglar sus intereses temporales, para lo que le fue necesario ir a La Habana; pero antes tuvo cuidado de asegurarse de la firmeza de Carlota. Hizo mil experiencias, que todas correspondieron a sus deseos, y cuando ya no le quedó ninguna duda de que lo amaba muy de veras, le dio por escrito palabra de esponsales, y un rico cintillo de brillantes en señal de que la cumpliría.
Carlota recibió ambas cosas con el gusto que se deja conocer, y las correspondió de igual manera. Le dio su palabra firmada de mano, y un relicario de oro con su retrato, que recibió Welster con la mayor satisfacción.
Llegó por fin el día de la partida, y como doña Eufrosina estaba ya impuesta en los negocios de Carlota, se le facilitó a esta la ocasión de despedirse en su casa de su amante. Para esto fue a visitarla con Adelaida a la hora en que la había citado Welster; pero no bien se vieron, cuando asomó a sus ojos el sentimiento de sus corazones. Esta visita pareció de duelo. El señor Labín procuró disminuirles el martirio, acelerando la despedida. Llegó el momento crítico, y no pudiendo disimular la vehemencia de su pasión, se abrazaron los dos públicamente, se juraron de nuevo su firmeza, renovando con mil tiernas expresiones las promesas que se tenían hechas por escrito, y se separaron con el dolor que es fácil conocer.
El rato fue de los más tristes que podía experimentar la sensible Carlota. A todos interesa una mujer hermosa y afligida: no fue mucho que doña Eufrosina, Adelaida, y algunas otras visitas de confianza la acompañaran en su llanto.
Luego que se serenaron, trató Adelaida de consolar a su hermana, asegurándole que la vuelta de Welster sería pronta, según había ofrecido, y que al instante se casaría, y se convertirían aquellas lágrimas en gustos. Carlota algo se consolaba en esto; pero no dejaba de temer la inflexibilidad de su padre, tan tenazmente opuesto al matrimonio, a lo que* Adelaida le decía:
—No tengas miedo, hermana, no es tan bravo el león como parece: nuestro papá es de capricho, pero también suele variar de opinión. ¿No te acuerdas cuánto trabajo costó para persuadirlo a que permitiera mi casamiento? Él no quería; pero por fin se redujo y consintió, pues lo mismo será contigo. A los principios se opondrá, te reñirá, y aun te llenará de amenazas; pero después poco a poco se irá amansando, hasta que consigas tu deseo. Yo misma te prometo ser tu empeño, y te juro que no me saldrán vanos mis esfuerzos.
Con estas expresiones se consoló un poco más Carlota, y se despidió de Eufrosina. ¡Pobrecita!, el éxito no correspondió a estas lisonjeras esperanzas, como se verá en el Capítulo que sigue.
i En la cuarta edición este título estaba incorporado al del capítulo XVI, así como todo su contenido.
ii cristiano] católico 1842.
iii el talento de usted] su talento 1842.
iv pronto] pronto este 1842.
v domiciliarme] docimiliarme. Corregido a partir de la segunda edición.
vi Esta frase introductoria se elimina en la tercera y cuarta edición.
vii En la primera y la segunda edición, los ordinales se expresan en números.
viii muy antes de] anteriores a 1842.
ix podrían] podrían hacerlo 1842.
x En la cuarta edición se sustituye por «muy».
xi posible] creíble 1831 y posteriores.
xii Eliminado en la cuarta edición.
xiii La cuarta edición elimina «todo».
xiv La cuarta edición elimina «otro».
xv católica] cristiana 1842.
xvi mejor] mejorar de 1842.
xvii desconozcan] desconozcan hasta 1842.
xviii liberalidad] libertad 1831; abundancia 1836, 1842.
xix comunión] comunidad 1842.
xx la] la verdadera 1842.
xxi Jacobo,] Jacobo, quien después de varias ceremonias 1842.
xxii hincó] acercó 1842.
xxiii La cuarta edición elimina «a lo que».
277 La relación de principios de Jacobo Welster que sigue es una síntesis de la exposición más desarrollada en torno al mismo punto en el folleto de Fernández de Lizardi, Impugnación y defensa del Bosquejo de los fraudes, que contiene un discurso con el título «Apología de nuestra santa religión». Aunque sin pie de imprenta, el dictamen final va firmado el 17 de febrero de 1821. En el libro de Blanchard, Escuela de costumbres, cuenta el autor francés cómo los ingleses Leytelton y Gilbert West se convirtieron al estudiar y comprender algunos de los principios que aquí se desglosan. Quizás ese relato fue la inspiración para la creación del personaje de Welster.
278 [1842] Como los anabaptistas son cristianos, aunque no católicos, y de esta secta se supone a Welster, solamente los principios quinto y sexto de los que enumera pudieron influir en hacerlo católico, porque los otros son comunes a católicos y anabaptistas.
279 Blanchard, Escuela de costumbres t. II, p. 129.
280 Mateo 21.9.
281 La idea está recogida en la obra de Blaise Pascal (1623–1662), Pensées sur la religión et sur quelques autres sujets. Estos fueron publicados en español como Pensamientos de Pascal sobre la religión (traducidos por Andrés Boggiero, Zaragoza, Imprenta de la viuda de Blas Miedes, 1790). En cualquier caso, aquí Fernández de Lizardi cita a partir de la Escuela de costumbres de Blanchard, a quien está siguiendo de cerca en este capítulo (t. II, p. 112).
282 Jacques Bénigne Bossuet (1627–1704), escritor francés, autor de la Historia de las variaciones de las iglesias protestantes (1688), que con solo el título ya aportaba el argumento convincente para Welster.
283 Nuevamente reproduce Welster los fundamentos de la doctrina católica a la manera en que se configuran los textos catequísticos en formas de preguntas y respuestas. Siguiendo con el nombrado anteriormente, la Explicación de la doctrina christiana de Joseph Faustino Cliquet da exactamente las mismas explicaciones de las notas de la iglesia una, santa y católica (134–135), de forma casi idéntica a otros posibles catecismos del momento.
284 La parroquia del Sagrario, construida entre 1749 y 1760, forma parte del complejo arquitectónico de la catedral, situado al este de este templo, con fachada a la Plaza de Armas (hoy Plaza de la Constitución). En el Mapa general se encuentra en el cuarto cuartel, con la letra A.
285 Te Deum o tedeum: «himno litúrgico solemne de acción de gracias de la Iglesia católica» (DRAE).
