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Capítulo XXI En el que se refiere la conferencia de Pomposita con una amiga suya y el solemne modo con que los colegiales le pusieron por nombre Quijotita

Qué cierto es que los hijos, por lo común, son lo que los padres quieren que sean o como los hacen ser, o con su educación o con su ejemplopp. Ya hemos visto la conducta del coronel y de Matilde para con su hija y las sanas instrucciones que le daban, y también hemos observado el modo con que educaron a Pomposa sus padres. Nada extraño es que fueran ambas primas tan distintas en costumbres, como fue la doctrina que recibieron.

Pomposita todo el tiempo lo empleaba en componerse, en mirarse al espejo, en hacer ademanes ella sola, ensayarse a hacer dengues y favores con los ojos, ayudada del cristal en que se pintaba su carita, y en recibir lecciones de su madre. Es verdad que esta era su menos nociva directora, pues no veía en ella ni oía cosa descaradamente opuesta a la sana moral. Otras tenía de más infame condición. Tales eran sus buenas amiguitas.

Entre estas había una llamada Rosimunda*, muchacha pobre, alegre y lisonjera.

Esta había cautivado el corazón de Pomposita, de suerte que era depositaria de sus secretos y la plenipotenciaria de sus negocios. El lector querrá hacerse cargo de su carácter y debemos en esto darle gusto.

Una tarde estando sola con Pomposita, sin advertir que yo la espiaba por el agujero de una mampara, platicando con ella, le decía:

—En verdad, niña, que… no es por lavarte los cascos, pero no eres bonita sino linda303. ¡Caramba!, que tienes una cara como el sol. Es mucho que a la hora de esta no tengas un sin fin de enamorados; yo no soy ni para descalzarte y con todo eso tengo cuatro304.

pp No en lo general, porque hay padres muy buenos que hacen cuanto está de su parte para que sus hijos se logren, y sin embargo, estos se pervierten por sí mismos; pero esto no es lo más frecuente. Regularmente los hijos aprenden de las costumbres de sus padres y corresponden a la educación que se les da.

p. 231—¿Cómo no? –decía Pomposa–. Yo también tengo diez que me solicitan para casarse conmigo y ninguno me gusta. Mira tú: uno es oficinista, tres son oficiales* y me han enamorado por sus grados, porque uno es teniente, otro capitán y otro teniente coronel; mas ¿qué me puede dar ninguno de ellos, si todos están a ración de hambre? Otro de mis enamorados es médico, muy bueno para ponerme a dieta; otro es abogado, que me dará muy lindos pareceres; tres son colegiales, de los que ya sabes que no llega su principal a una peseta; el último, que es el mejor de todos, es comerciante, y no pasa de un trapero. Ya verás tú qué tales son mis novios.

—¿Conque en resumidas cuentas –decía Rosimunda–, ninguno de ellos te gusta?

—No, ninguno, porque el mejor es el comerciante y no pasa de un baratillero por mayor. Aunque me pueda dar cuanto* yo necesite, ¿quién sabe si tendrá para ponerme coche? Y, por fin, yo no me tengo en tan poco, que ya que me case, me contente con quedarme con mi nombre. No, yo he de mudar de nombre cuando me case, o no me caso nunca.

—Pero, mi alma, ¿cómo te has de mudar nombre? Solo las monjas hacen eso –decía Rosimunda–; pero esa mudanza que tú quieres hacer, me coge muy de nuevo.

—Pues entiéndelo –proseguía Pomposa–; yo aspiro a casarme con un título para que no me digan la señora Pomposita, sino la marquesa de aquí o de acullá. Mi sangre es ilustre, no soy pobre ni vieja, y así no pierdo la esperanza.

—Ni la debes perder –decía la amiga–; otras menos que tú han enmarquesado de la noche a la mañana; conque tú, que eres como una plata de bonita y con tantas gracias, como saber bailar, tocar y cantar, ¿por qué no has de poder ser marquesa o cuando menos condesa o baronesa?

—No, eso de baronesa no me cuadra. Las baronías que se queden para los varones; pero los demás títulos para las señoritas de mi clase. Tampoco me cuadra casarme con un conde, porque entonces en quitándome el esa, con nada quedo condenada; y así no, marquesa, marquesa en todo caso.

—¡Qué discreta eres, mi alma!, ¡qué aguda! –decía la aduladora Rosimunda–; mira qué pronto, qué bien y con qué gracia jugaste el equívoco de condesa y condenada. Vaya, si tú tienes mil gracias, cada día tienes más de qué preciarte. Pero volviendo a nuestro cuento, tú haces muy bien de pensar de ese modo.

—Y como que sí –contestaba Pomposa–; yo he de ser de título y pésele al que le pese. ¡Ay, niña!, ¿habrá gusto como oírse llamar de señoría, y no ese usted y ese doña fulanita por aquí y doña fulanita por allí, que ya me tiene hasta los ojos? Marquesa he de ser, o me he de quedar para vestir imágenes. Si yo quisiera casarme, ya ves tú que me sobran novios; pero ninguno de ellos es marqués y así se quedarán sinqueqq; pero eso de que yo les dé mi palabra ¿cuándo amoresrr? Ello es cierto que a todos los entretengo y les doy esperanzas; pero no más por chonguear y pasar el rato, pero no porque los quiera305.

qq Refrancillo muy vulgar.


rr Refrancillo muy vulgar.

p. 232—Haces muy bien, niña –decía Rosimunda–, de entretenerte con esos babosos. Tú no tienes necesidad; pero si la tuvieras, te diría que les arrancaras a todos cuanto pudieras, cosa que es muy fácil en sabiendo el modo. El asunto es decirle a cada uno de por sí que es el preferido en nuestra estimación; que es al único que queremos y que no amaremos a otro, ni por todo el oro del mundo. Con esto se engañan todos a un tiempo y se dejan desollar vivos. Pero no apruebo yo el modo de algunas tontas pedigüeñas que enfadan a los hombres, pidiéndoles luego luego y por lo claro. Esto es no saber vivir. Lo que debe hacer una muchacha de mérito como tú es escasear mucho sus favores a los amantes; irlos poco a poco apasionando y cuando ya están borrachitos, entonces no se les pide nada por lo claro, sino que se les da a entender que una necesita esto o que le cuadra lo otro. Apenas una mujer se expresa con ellos de este modo, cuando los muy bobones se endrogan, se despulsan y se sacrifican; pero traen lo que una quiere, y entonces hace una que agradece la cosa, pero que no la quiere recibir, porque eso sería un chasco, y qué sé yo y qué sé cuándo. Ellos se apuran porque una reciba lo que han traído; una se resiste, hasta que por fin se coge, porque no digan que es desaire, y se dan muchísimas gracias. De este modo se pelan vivos y se quedan muy contentos los hombres, creyendo que una no es interesable y que les hace mucho favor en pelarlos.

Tal era el carácter de la directora de Pomposa, y de estas tenía varias. ¿Qué tal saldría ella?

En efecto, era cierto que visitaban su casa algunos colegiales y que le echaban sus polvillos, pero de colegial; quiero decir, la chuleaban y se entretenían con ella dándole a entender que la adoraban, y la pobre creía sus mentiras como los artículos de la fe306. Algo hubiera dado porque no hubiera pisado su casa un colegial, pues a esta familia debió el titular contra su gusto, como vamos a ver.

Siete de ellos visitaban a doña Eufrosina y Pomposita, que más valía que la hubieran visitado los siete pecados capitales. Todos eran la piel de Barrabás307; pero el más maldito era un payo alto, obeso, chato, carirredondo, de ojos alegres y saltones a quien llamaban en el colegio Sansón Carrasco308. Este fue el soberano que tituló a la pobre Pomposita con la mayor solemnidad.

Una noche que el diablo lo tentó para el efecto, convidó a su cuarto o aposento a sus amigos y contertulios, y luego que entraron cerró la puerta con llave, los hizo sentar a la redonda de su mesa y sin muchos cumplimientos les dijo:

—Camaradas, he llamado a ustedes para que entre todos nos soplemos amigablemente un regalito que mi señor padre me ha enviado de mi tierra.

Diciendo esto, sacó de su baúl dos quesos, un par de cajetas y unos bizcochos, y de la ventana bajó una tinajita de agua y un vaso309. Lo puso todo sobre la mesa y en un instante le dieron vuelta al refresco.

Así que acabaron, sacó cada uno su paño de narices y se limpió el dulce de las manos y la boca. Iba uno a tomar el bandolón; pero lo embarazó nuestro payo, quien, sentándose en el lugar preferente, les dijo con mucha seriedad:

—Señores, amigos y compañeros míos; después que habemos refocilado las barrigas con estas pocas migajas que nos han hecho favor de regalarnos, bueno será que tratemos un negocio de gravísima importancia que días ha estoy para comunicaros, fiando el acierto de vuestra sapientísima resolución. Atendedme.

»Ya sabéis cómo, por constitución inmemorial de los colegios, cada uno debe tener un sobrenombre. Yo cuando vine, hallé esta costumbre establecida, recibí el mío con la mayor humildad, y después acá he procurado cumplir con mis deberes, poniendo a todos su nombre, según mi corta capacidad. Tú, por mi cuenta te llamas Séneca, por sentencioso; tú, el Aplastado, por chaparro; tú, el Alambique, por tus desaforadas narices; tú el Discreto, porque eres de Querétaro310; tú, el Zorro, por astuto e hipócrita; tú, la Niña, por bonito y afeminado; a mí me llamáis Sansón Carrasco, por panzón, por grandote, o por lo que os da la gana; de manera, que cada uno de nosotros los presentes, ausentes, pretéritos y por venir, tienen, han tenido y tendrán su sobrenombre usque in saecula311, sin que ningún bicho viviente en el colegio se quede sin el suyo, de capite ad calcem, esto es, desde el rector hasta el portero312.

p. 233»Reflexionando esto con la debida atención y madurez y considerando que muestra jurisdicción o autoridad de poner nombres no está limitada dentro de las paredes del colegio, sino que se puede extender ad libitum, a nuestro antojo, he acordado que sería muy bueno y muy loable poner su nombre a una señorita a quien visitamos, y en cuya casa nos hacen agasajo. ¿Qué mejor prueba podemos darle de nuestra gratitud? ¿Ni de qué mejor modo le pagaremos los bizcochitos y el chocolate que nos da su madre, sino titulando a su hija more nostro, según nuestro modo y nuestra crianza?

»En este caso, encajándole un título a cuestas a la hija de nuestra protectora, obraremos, no solo con justicia, sino con habilidad magnífica.

»En esta inteligencia, habéis de saber, preclaro e ilustrísimo congreso, que la señora doña Pomposa Langaruto y Contreras, que en paz descanse…

—¿Pues qué, ha muerto? –preguntó* el Zorro muy espantado. Y Sansón respondió:

—Ella no ha muerto; pero su nombre propio murió en ella desde esta misma noche, y en virtud de hallarse esta niña sin nombre, os he convocado, sapientísimos y prudentísimos señores, para que determinéis cuál es el que se le debe poner.

»El caso es de los más graves y de los más urgentes; conque resolved hic et nunc313, qué nombre se le deberá poner a esta señora.

—Por mí que se le ponga la Aventada –dijo el Alambique–, con alusión a su mucha vanidad314.

—Aunque hay alusión –dijo el Aplastado–, es nombre muy bajo y muy equívoco, pues quien no sepa por qué se le puso, creerá que está enferma, y esto cede en contra del honor de su salud, lo que por ningún caso nos es lícito. Mejor será llamarle la Sacudida.

—Ni por pienso –replicó el Discreto–; porque ese nombre tiene la misma nulidad que el que acabas de reprobar. Pueden pensar tal vez que se le puso porque es una coquetilla meneadora. Yo soy de opinión que se le llame la Venus, por hermosa315.

—Aquí no se trata de lisonjearla, sino de ridiculizar su carácter –dijo Séneca– mejor será llamarla Circe.

—Cierto que es un nombre muy bonito y significa ser una hechicera por su beldad –dijo el Zorro–; pero aunque en la substancia la ridiculiza, para los que no saben quién fue Circe, ni tienen más noticia sino que fue hermosa, no sirve ni significa nada el nombrecillo. En tal caso, y ya que ustedes quieren acomodarle un nombre de la mitología, más bien le cuadra el de Medusa, pues todos saben que esta tenía serpientes enroscadas por cabellos, y esto alude también a los infinitos caracoles de Pomposa.

—Es verdad –replicó la Niña–; pero ese nombre por ese motivo está mal puesto, pues aquí han dicho que se trata de ridiculizar su carácter, no su cuerpo ni su modo de vestir; y así, si mi sentir valiera, yo le pondría la Desdeñosa.

—Eso no significa nada –dijo otra vez el Aplastado–, porque nada particular especifica de ella. ¿Qué muchacha bonita hay que no sea desdeñosa? Y así, ponerle ese nombre es lo mismo que no ponerle ninguno, pues lo que a todos es común a nadie es particular; y pues que entre nuestras opiniones hay tanta discordancia, diga vuestra señoría su parecer, señor presidente.

—Nada extraño es, sapientísimo congreso –dijo Sansón Carrasco–, que en los grandes asuntos haya también grandes dificultades, ni que se encuentren las opiniones entre sí. Yo, después de admirar* vuestro tino y vuestra ilustración, ¿qué podré decir que merezca vuestra aprobación apetecible?

p. 234»Sin embargo, pues me habéis honrado días hace con el título de vuestro presidente, y en vista de vuestra indecisión queréis que diga mi parecer, con el permiso de esta respetable asamblea, y protestando siempre sujetarlo al mejor voto, digo: que debiendo tener el nombre que se le ponga a Pomposita las cualidades de ridículo, significativo, gracioso y conveniente, creo que no hay otro que mejor cuadre ni que reúna en sí todas estas circunstancias, que el de la Quijotita316.

»Si hacemos un paralelo entre la demencia, modales y carácter del Caballero de los Leones y la de doña Pomposa Langaruto, hallaremos que, salvando la debida proporción, hay entre ambos alguna semejanza317. Probémoslo.

»Don Quijote era un loco y doña Pomposa es otra loca. Don Quijote tenía muy lúcidos intervalos en los que se explicaba bellamente, no tocándole sobre caballería; doña Pomposa tiene los suyos, en los que no desagrada su conversación; pero delira en tocándole sobre puntos de amor y de hermosura.

»El fantasma que perturbaba el juicio de don Quijote era creerse el más esforzado caballero, nacido para resucitar su orden andantesca; el que ocupa el cerebro de doña Pomposa es juzgar que es la más hermosa y la más cabal dama del mundo, nacida para vengar su sexo de los desprecios que sufre de los hombres, haciendo a estos confesar, en campal batalla en el estrado, que la belleza es todo cuanto mérito necesita una mujer para atraerse todas las adoraciones del universo. Don Quijote siempre esperaba llegar a ser emperador a costa de la fuerza de su brazo; doña Pomposa siempre espera ser cosa grande, título de Castilla cuando menos, a favor del poder de su belleza. Don Quijote tenía su dama imaginaria, a quien juzgaba princesa; doña Pomposa ya tendrá en la cabeza algún amante prevenido a quien hacer digno de sus favores, y este será un embajador o un general. Don Quijote en los accesos de su locura a nadie temía; doña Pomposa en los suyos a nadie teme, y se expone a los más evidentes peligros con los hombres, creyendo salir siempre victoriosa de sus asaltos. Don Quijote acometió una manada de carneros como si fuesen caballeros armados; doña Pomposa entra a las batallas amorosas que le presentan mil caballeros* armados de malicia, con más confianza que si lidiara con carneros, y tanto fía de las saetas de sus ojos, que temo vuelva chivo al que se descuidare. Don Quijote… pero ya habré cansado vuestra atención, serenísimo congreso, con tanto quijotear. Sí, en efecto; basta con lo dicho para probar que este nombre le conviene.

»Conveniunt rebus nomina saepe suis318.

»Vuestras señorías*, señores, como tan sabios y entendidos, determinarán si se le debe acomodar. Dixi319.

Celebraron todos el gran talento, juicio y madurez de su presidente el señor Carrasco, y nemine discrepante, se conformaron con su parecer*, y se extendió el honorífico diploma320.

p. 235—Ya todo está hecho –dijo el Zorro–; pero no basta que nosotros sepamos que Pomposa se llama Quijotita, es menester que lo sepa ella y que lo sepan todos cuantos puedan. Para esto es necesario decírselo, no a secas, sino con un versito que le guste. Este maldito Alambique es medio poeta y él nos sacará del cuidado.

—Soy contento –dijo el Alambique–; ¿y qué se puede perder por servir a ustedes y a la bella Quijotita? A ver el tintero para acá…

En menos de dos minutos escribió el poeta una decimita que a todos les gustó, y él dijo:

—Ya el verso está hecho, ahora ¿quién le pone el cascabel al gato?, ¿quién lo lleva, y cómo se le da?, porque a tanto no me arriesgo yo321.

—No hay que apurarse –dijo Sansón–; el Zorro nos sacará de este cuidado, pues siempre los zorros son astutos.

—Amén, amén, amén –contestó el humilde Zorrito.

Y quedaron de acuerdo en que lo llevarían el primer jueves; que irían todos los siete juntos, y para que no pudieran culpar a ninguno de ellos, ni venir en conocimiento de que eran los autores del pasquín322, llevarían otros cuatro compañeros más; con eso había muchos de quien pudieran sospechar, y ellos, los tertulios de la casa, echarían la culpa a los nuevos compañeros que llevaran, en caso de que la Quijotita o su mamá les reconvinieran. En esto quedaron, cuando la campana les avisó que era hora de cenar y se fueron corriendo al refectorio

i Rosimunda] Rosamunda 1842.

ii oficiales] militares 1842.

iii cuanto] lo que 1842.

iv preguntó] dijo 1842.

v admirar] admitir 1831.

vi caballeros] batalleros 1831 y posteriores.

vii Vuestras señorías] Ustedes señores 1842.

viii La cuarta edición añade en este punto: «y se resolvieron ponerle el nombre de Quijotita».

303 Lavar los cascos: coloquialmente, ‘adular’ (DRAE).

304 No soy ni para descalzarte: frase de alabanza de mérito, equivale a no merecía descalzarla (esta es forma recogida en el Vocabulario de refranes y frases proverbiales de Gonzalo Correas).

305 Chonguear: «requebrar por pasatiempo: embromar, dar zumba» (Santamaría).

306 Chulear: ‘requebrar’ (Santamaría).

307 Ser la piel de Barrabás: coloquialmente, ‘ser travieso’, aplicado por lo general a los niños.

308 La alusión al personaje del Quijote, el bachiller Sansón Carrasco que aparece al inicio de la segunda parte (II.3), prepara el ambiente para el seudónimo que va a adquirir en este capítulo Pomposa. Fernández de Lizardi aprovechó la caracterización que hace Cervantes del personaje para ajustarla a este colegial; en el Quijote se le describe así: «Era el bachiller, aunque se llamaba Sansón, no muy grande de cuerpo, aunque muy gran socarrón; de color macilenta, pero de muy buen entendimiento; tendría hasta veinte y cuatro años, carirredondo, de nariz chata y de boca grande, señales todas de ser de condición maliciosa y amigo de donaires y de burlas» (705).

309 Cajeta: dulce, que toma su nombre de la caja especial para postres donde se guarda.

310 Querétaro (Santiago de Querétaro) es ciudad mexicana, hoy capital del estado del mismo nombre.

311 [1842] Hasta el fin de los siglos.

312 De capite ad calcem: literalmente, ‘de la cabeza al zapato’. El oficiante carga su discurso de latinismos innecesarios y que son lugar común en los textos escolares de diferentes materias.

313 [1842] Ahora y sin separarnos de aquí [literalmente, ‘aquí y ahora’].

314 Aventada: aquí, ‘agrandada, vanidosa’; en un contexto más halagüeño podría ser ‘audaz, atrevido’ (Diccionario de americanismos).

315 Meneadora: literalmente, ‘que se mueve’. Aquí hay que entenderlo como ‘bulliciosa, alocada, traviesa’.

316 Por vez primera dentro de la novela se asocia el sobrenombre que se contenía en el título al personaje de Pomposa. En cualquier caso, para un lector de la época no habría duda en cuál de las dos primas era la quijotesca. Es este un capítulo central en la novela para su estudio como recreación cervantina, desde el punto de vista de la caracterización del personaje, que ahora aglutina en el sobrenombre toda la descripción continuada de Pomposa. La caracterización se completará con la próxima salida de Pomposa, fundamental desde el punto de vista de la acción. Quizás no esté de más recordar que los cambios de nombre en la tradición caballeresca se relacionaban con un cambio también en la naturaleza de la peripecia.

317 Don Quijote se impone a sí mismo este sobrenombre en la segunda parte de la novela de Cervantes (II.17).

318 Conveniunt rebus nomina saepe suis: ‘con frecuencia los nombres son apropiados a las cosas que designan’ (procedente de la comedia latina del siglo xiii De Paulino et Polla, de Riccardo da Venosa).

319 Dixi: ‘he dicho’.

320 Nemine discrepante: ‘nadie en desacuerdo’.

321 ¿Quién le pone el cascabel al gato?: frase proverbial que alude a la dificultad de acometer o resolver una empresa y encontrar quién lo haga (Refranero multilingüe).

322 Pasquín: «escrito anónimo, de carácter satírico […] que se fija en sitio público» (DRAE).