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Capítulo XXIII Tan pequeño como interesante a los que lo leyeran

No fueron suficientes las razones del coronel para calmar del todo la cólera de nuestra Quijotita. Cada vez que se acordaba de su nuevo título y de la decimita que halló en el clave, rabiaba contra los colegiales y los llenaba de improperios. Sus expresiones excitaban la risa de los que la escuchaban, y cada risa aumentaba el enojo de Pomposa.

Tanto se le exaltó la bilis, que no solo se negó a tomar alimento, sino que se resintió su salud de* modo, que como a la media noche le atacó un violento cólico, que puso en bastante cuidado a sus padres.

A la misma hora, a pesar de los fuertes aguaceros que por desgracia de los criados estaban cayendo, se repartieron todos estos en solicitud de médico y confesor. ¡Qué trabajo no* les costó hallar estos auxilios! Pero en fin, al cabo de mucho andar después que calmó la agua, y por una dicha inesperada, los encontraron y los llevaron a la casa.

El médico fue el primero que llegó, y de consiguiente el primero que se dedicó a cumplir con su oficio; pero con tan buena suerte de Pomposa, que con un ligero emético y otros remedios, calmó el dolor y se halló tan aliviada, que ya no se juzgó necesario el confesarla, aun habiendo llegado el sacerdote, quien, al ver esto, no pudo menos que enfadarse y decir:

—Vean ustedes: por estos chascos no quieren levantarse de noche muchos padres. Está uno en casa acostado, enfermo o sano, dormido o despierto, y de repente*, zas, golpes al zaguán. ¿Qué es eso que se ofrece? «Padre, por amor de Dios, una confesión aquí cerca, que se muere el enfermo». ¡Eh!, que pujando, que rezongando se resuelve uno a levantarse; sale a la calle, se expone a un aire frío o a un aguacero, como yo ahora, llega a la casa y se halla con que ya no se necesita confesor, porque todo ha sido un chiqueo de la señorita. Ustedes dispensen que les hable tan claro; pero siento que me hayan incomodado sin necesidad. ¡Bien hayan los padres que no se levantan de noche ni por Dios ni por sus santos, sino que despachan a sus parroquias a los que los llaman, por* ejecutivo que sea el caso!

Todos se sorprendieron con el regaño del padre, y aun iba a satisfacerlo don Dionisio, cuando el médico, ahorrándole el trabajo, le dijo:

p. 244—Padrecito, ¿qué hemos de hacer?, usted y yo estamos expuestos a semejantes lances por razón de nuestro ministerio. Yo también me he incomodado* de mi casa.

—Es verdad, dijo el eclesiástico, pero a usted le pagan.

—Y a usted también.

—¿A mí quién me paga? Ni aunque hubiera ignorante que me pagara, ¿cree usted que yo soy capaz de cometer tal simonía como vender el sacramento de la penitencia330?

—Ya se ve que no, padre mío: estoy muy lejos de presumir de usted ni de ninguno de su carácter tal exceso; mas a la primera pregunta que usted me hizo de que quién le paga, digo que Dios le pagará cuantas veces se incomode por cumplir con sus obligaciones. Y por lo que a mí me toca, no crea usted que soy un médico tan venal que solo me levanto de la cama cuando me promete mucho interés la visita. Yo, cuando me llaman a deshora, me informo de los síntomas que le advierten al enfermo, y si conozco que el mal es grave, me levanto al instante, y vuelo a socorrerlo, sin meterme en averiguar donde vive, quién es, cómo se llama, qué empleo tiene ni otras menudencias, para inferir si me estará bien o no salir de casa, como me dicen que hacen muchos de mis compañeros, aunque yo no lo quiero creer de ninguno, pues este proceder es una falta de caridad, y no como quiera, sino una falta criminal; porque el que no socorre a su prójimo en necesidad grave, lo mata, y yo no quiero ser reo de más asesinatos de los que cometa por mi impericia en mi facultad, aunque estos son involuntarios, pues estudio y hago todas las diligencias que están a mis alcances para aliviar a los enfermos, no siempre con fruto, porque los mejores médicos andan a tientas poco más o menos, y solo el Autor de la naturaleza sabe infaliblemente el modo cómo esta obra.

»Pero dejando esto aparte, padre mío, ni usted ni yo nos hemos incomodado sin necesidad. Efectivamente esta niña estaba bien mala, y si los remedios no le hubieran laxado el vientre, acaso se hubiera muerto antes de amanecer. La naturaleza obedeció a la medicina, o porque los remedios la obligaron o porque Dios quiso; pero esto no prueba que la enfermedad no fuera grave. Todo dolor agudo puede ser pronóstico de muerte, si no cede a los medicamentos. Los dolientes de un enfermo ni pueden dirigir los remedios, ni prevenir la calidad del mal; y así, hacen muy bien en implorar en estos casos los auxilios espirituales y corporales, y el médico o el confesor que se negare a impartirlos es en mi juicio un reo de eterna condenación: pues si el paciente por falta de socorros perece en esta vida o en la otra, o en ambas, no sé cómo se disculpará para con Dios, ante quien se hila muy delgado.

p. 245Estas, y otras cosas que dijo el médico, impusieron al confesor de modo que abrazándolo dijo:

—Gracias, amigo, gracias; usted me ha dado una lección más sabia y demostrada que las que me enseñaron en las academias*. Desde hoy* ya sé* que el alma que se pierda por mi causa me ha de hacer eternos cargos. No volveré a despachar a ninguno a su parroquia: sé que como sacerdote tengo amplias facultades para abrir el reino de los cielos a cualquier pecador que acuda al asilo de la penitencia. Me escandalizaré de cualquier compañero mío que en igual caso que el presente regatee este auxilio a los fieles, por quienes Jesucristo derramó su sangre con tanta* liberalidad. Ustedes, señores, dispénsenme, que yo protesto la enmienda.

Don Dionisio y doña Eufrosina procuraron complacer al confesor y al médico del mejor modo que pudieron, y se concluyó este acto interesante*.

i de] de tal 1831 y posteriores.

ii Eliminado en la cuarta edición.

iii de repente] derrepente

iv por] por más 1842.

v incomodado] incomodado saliendo 1842.

vi La cuarta edición cambia el final de frase por «lección que me recuerda mis obligaciones».

vii hoy] hoy en adelante 1842.

viii sé] no se me olvidará 1842.

ix tanta] toda 1842.

x Aquí acaba el segundo tomo de la edición de 1818–1819. La continuación de la historia de la Quijotita seguiría en la edición de 1831–1832 (que continuaré llamando segunda edición, aunque sea la primera de los capítulos que siguen), a partir de lo que será en esta el capítulo IX del tercer tomo.

330 Simonía: «compra o venta deliberada de cosas espirituales, como los sacramentos y sacramentales, o temporales inseparablemente anejas a las espirituales, como las prebendas y los beneficios eclesiásticos» (DRAE). La pretensión de hacerlo era, obviamente, un pecado.