Capítulo XXV En el que continúa la historia de Irene
¡Qué cierto es que los hombres miserables y siempre dependientes de los altos decretos, apenas podemos disponer con seguridad del instante presente, pues los fueros* ya no penden absolutamente de nuestro arbitrio! Es muy poco avisado, a mi entender, el hombre que con una loca arrogancia dice: «Mañana haré esto, emprenderé tal cosa», sin añadir estas palabras: si Dios quiere, porque es necesario contar con esta soberana voluntad para todas nuestras operaciones.
Cuando Welster hablaba con mi tutor acerca de poner a Irene en el convento, ¡qué ajeno estaba de que a esa misma hora la estaban sacando de su casa! Así fue.
Él a la tarde volvió a la del coronel, acompañado del señor Labín, y lleno de cólera le dijo:
—¿Qué le parece a usted, señor coronel? ¿No hemos quedado bien lucidos? Cuando estuve acá esta mañana fue el pícaro de don Lucas a casa, y con la mayor tropelía se sacó a Irene, auxiliado de cuatro soldados y un cabo, y por más que Carlota se opuso, no fue posible resistir a la fuerza. Lo que más siento es que ni conozco a ese padre infame, ni sé dónde vive, que si no*, juro a Dios que había de saber quién era Jacobo Welster.
—Envaine usted, señor Carranza –le decía con mucha gracia el señor Labín–, envaine usted y no se precipite345. ¿Qué le importa a usted que sea un grosero el tal don Lucas? En eso él se agravia y no a usted. Si hubiera ido a casa de usted y en su presencia él solo hubiera sacado a Irene, entonces habría hecho mal; pero a lo menos se acreditara de osado, y habría manifestado que no tenía ni atención ni miedo; pero ir con cinco soldados y cuanto tú no estabas en casa, prueba que temió, y este temor te debe servir de gran satisfacción.
El coronel y doña Matilde apoyaron el discurso del señor Labín, y se sosegó Welster un poco más*. Mudaron conversación, y entre otras cosas, preguntó Labín al coronel si había de ir al teatro a la noche, porque le aseguraban que la comedia era muy buena346.
Pudenciana se empeñó para que su papá la llevara al Coliseo; este se informó de la comedia que era*, y habiendo sabido que era la Misantropía, le dijo347:
p. 257—Sí, te llevaré, porque puntualmente es una pieza dramática que deben ver las mujeres. Su moralidad consiste en manifestar al alma los remordimientos, aflicciones y sustos que sufre una mujer noble cuando ha tenido la desgracia de ser infiel a un marido honrado y amoroso. A esta comedia te llevaré de buena gana, y a otras como ella. Por ejemplo: a la que se titula El amor filial, a la Andrómaca, al Hombre agradecido, a la Reconciliación, a otra que se titula: Si la mujer es prudente, domina y vence al marido, y a otras como estas348; pero no te llevaré a aquellas que a más de oponerse al buen gusto del día, corrompen las costumbres abiertamente, enseñando a las mujeres, especialmente a las jóvenes incautas, cosas que jamás debían saber, como, por ejemplo, los artificios y enredos que muchas damas de comedia usan para burlar la vigilancia de los padres y maridos cuando tratan de complacer a sus amantes.
»Tales lecciones las aprenden las muchachas muy bien en las comedias tituladas: Casa de dos puertas, no es muy fácil de guardar; De fuera vendrá quien de tu casa te echará; Guardar una mujer no puede ser, y otras así, que fuera muy útil que no se representaran jamás en nuestros teatros349.
»Aun aquellas comedias que no dañan sino al buen gusto, debían desterrarse por insípidas, inverosímiles y fantásticas. Ya ustedes conocerán que hablo de las comedias mágicas, que vulgarmente llaman los empresarios, de pueblo. Esto es, aquellas que todo su asunto consiste en hechos maravillosos y que están fuera del orden natural, increíbles, y que inducen a la superstición. Sean ejemplos: El mágico de Cerván, Juana la Rabicortona, el Mágico de Salerno, la Fuente de la Judía y otras muchas350. Estas comedias, si no se van a ver para gustar de la destreza de los mozos que sirven las tramoyas, o de la habilidad del autor de las perspectivas, no tienen otro mérito por que verse. En ellas no se halla asunto digno, ilación regular, genio poético, ilusión, reglas cómicas, moral ni gracia alguna que ilustre al entendimiento, ni mueva la voluntad a acciones nobles y virtuosas. Todas son fruslerías, extravagancias, desaliños, trampantojos, y para decirlo que una vez, ridiculeces y títeres, más propios para divertir muchachos que para hacer perder el tiempo a muchas gentes que parecen juiciosas e instruidas351.
»Es verdad que contra esto me responderían los empresarios o asentistas, que ellos tratan de sacar con ventajas el dinero que han invertido en la empresa352; que tienen una larga experiencia por sí y por sus antecesores de que esta clase de comedias agradan al público, y con ellas se llena el Coliseo, aunque sean ocho noches continuas, como se ha visto, y que según esto, es preciso sacar la utilidad de estas comedias, y tener esperanza en ellas mejor que en las de asunto, pues a la comedia del Diluvio, que es un diluvio de disparates, van más gentes que a la de la Misantropía353. Esto prueba, dirán, que semejantes comedias son más gratas al vulgo que las que se presentan arregladas al arte, y entonces alegarán con Lope de Vega, que puesto que el vulgo las paga, es justo hablarle en necio para darle gusto354.
p. 258»Pero don Tomás de Iriarte ya dio por tierra con esta especiosa disculpa cuando dijo: Que al pueblo si le dan paja, come paja; pero en dándole grano, come grano355. Trátese en el teatro de pintar las pasiones con viveza; de enseñar el modo de moderarlas*; de divertir con provecho a los espectadores; de corregir y de mover rectamente el corazón, y se verá que el pueblo concurre a ellas con más ansia que a la de títeres.
—Eso pienso que es difícil –decía Matilde–; ¿no ves cómo se atropella la gente en las comedias de Sansón, del Bruto de Babilonia y otras semejantes, especialmente las mujeres, de modo que en muchas de ellas se quedan los hombres sin cazuela porque aquellas no caben356? Conque ¿cómo habían de dejar de verlas, ni cómo las habían de posponer a la Misantropía, ni a ninguna de esas otras que se llaman de capa y espada o de argumento357?
—Sabes cómo, hija: con que se desterraran del teatro las comedias de títeres y las que pueden corromper las costumbres. El pueblo siempre anhela por diversiones en las ciudades populosas, y asiste a las que hay, sean las que fueren. Luego si solo se proporcionasen diversiones útiles, asistiría a ellas lo mismo que a las frívolas, y poco a poco iría perdiendo la afición al mal gusto: porque hemos de estar en que la gente idiota siempre es amiga de la novedad, y como perciba algo de maravilloso en lo que ve, mas que* la engañen con patrañas. Un trozo moral del Otelo, un retazo crítico del Café no vale tanto para el necio como ver volar una ninfa o salir un sinfín de diablillos de una caja358. Esto es muy material, provoca la risa, y no necesita más que ojos para comprender su primor. Esta es la causa porque tienen semejantes comediones más espectadores y aplausos; pero quítensele al pueblo estos objetos materiales y ridículos, acostúmbresele a que juzgue de las comedias con la razón y no con los ojos, y a poco tiempo de esta rutina yo pongo mi cabeza a que silba una comedia de maravillas.
—Pero oye –decía doña Matilde–: tú has dicho que la gente idiota es amiga de novedades y prodigios, y yo veo que a la Genoveva van muchísimas personas decentes359. Vaya, si se llenan las bancas y los palcos, lo mismo que la cazuela y el mosquete360, ¿qué diré yo, sino que a las gentes decentes les agradan las tramoyas, los vuelos y las ficciones lo mismo que a las gentes vulgares?
—En verdad que tu observación es urgente –decía el coronel–, y a no admitir una pura excepción, probaría que tan vulgar es aquí la gente distinguida como la plebeya, pues toda concurre con igual ansia a esos despilfarrados espectáculos; pero no es así, pues aunque van a tales comedias muchas gentes de buen nacimiento y buena ropa, esto no prueba que no sean vulgares, y tanto como el último mosquetero. El nacimiento, la ropa, y aun los destinos no dan una migaja de ilustración al que no la tiene, y de consiguiente el que piensa como el vulgo, y el que se divierte como el vulgo, es vulgar, aunque se vista o se llame como quiera. De que se deduce que habiendo en todo el mundo vulgo rico, y vulgo pobre, vulgo decente y vulgo* trapiento, no se debe extrañar que a estos comediones de pueblo concurra el vulgo de buena ropa con el de capa raída. Esto es claro.
p. 259»Pero así como de un exterior lucido no se puede inferir un entendimiento ilustrado, así tampoco debes presumir que porque veas las bancas llenas de capas y levitas en tales comedias, van a verlas las personas de fino gusto. Por lo regular estas no van en esas noches, si ya no es por concurrir con algún amigo, o por lo que se dice pasar el rato.
—Todo eso está muy bueno –dijo Welster–; pero dejando la reforma de los teatros para los que tengan el talento y la autoridad necesaria para introducirla, yo quisiera que me dijera usted, señor coronel, si será lícito o no el frecuentarlos.
—Esa pregunta se la debe hacer cada uno a su director espiritual –contestó el coronel–, y seguir ciegamente su dictamen para asegurar su conciencia. Yo, hablando como padre de familia, soy de opinión que de ninguna manera puede ser lícita la frecuencia a los teatros: porque representándose en ellos dramas buenos y malos, es moralmente imposible que dejen de corromperse los espíritus en alguno de los segundos.
»A más de esto, todos saben que los cristianos debemos obrar de tal manera, que podamos ofrecer a Dios nuestras acciones y hacerlas meritorias a sus ojos; ¿y quién será el hombre o mujer arreglada que pueda decir al Señor: «Dios mío, voy todas las noches a la comedia por amor tuyo»?
»Pero no tratando ahora de una verdadera perfección, a la que todos debemos aspirar, sino solo de saber si será pecado o no ir al teatro, soy de opinión que el frecuentarlo no podrá menos que serlo, siquiera por el peligro a que casi con evidencia se expone el que lo frecuenta; pero no tengo por culpa ir al teatro tal cual vez, con las debidas precauciones y a cierta clase de comedias, en que mi familia a más de divertirse honestamente, puede sacar algún fruto moral; y siendo la de esta noche una de las mejores piezas de mi gusto, ustedes, después que tomemos chocolate, nos honrarán con su compañía.
—Antes yo quiero –dijo Welster– recibir esa honra de usted y de las señoritas, porque he tomado un palco, y deseara que acompañaran a Carlota.
—Será como usted lo dispusiese –dijo el coronel.
A poco llevaron chocolate, dulce y agua; y luego que refrescamos, nos fuimos a casa de Jacobo, y de allí al Coliseo con la señorita Carlota.
Muy divertida estuvo Pudenciana en la comedia, aunque de cuando en cuando se incomodaba mucho con el mormullo de la gente que no les dejaba oír lo que le estaba gustando, y decía:
—¿Has visto, papá, qué imprudencia y qué falta de política la de esos habladores? Si quieren platicar, ¿por qué no se irán a una visita o a un billar, y no* aquí a incomodar a todo el mundo? ¡Bien haya la política de los ingleses, en cuyos teatros, según me dices, luego que se levanta el telón, ya nadie habla sino en voz baja!
Yo la observaba con cuidado, y advertía que cuando le dejaban oír bien, a cada escena mudaba de semblante; pero en la conclusión del drama no pudo contener el llanto.
Después que volvimos a casa, le preguntó el coronel qué le había parecido la comedia. Ella dijo:
p. 260—Muy buena, papá; pero qué lástima me dio Eulalia a lo último. ¡Qué triste, qué arrepentida y avergonzada se presentó a su esposo!, ¡qué perdones le pidió tan sinceros!, ¡con qué humildad se reconoció culpada!, ¡y qué confusión no le causó la memoria de sus pasados extravíos! ¡Pobrecita!, yo no pude menos que llorar al ver la seriedad con que la trató su esposo Carlos, que no hubiera sido para ella tan cruel la misma muerte; porque no era una seriedad dura ni natural; era una seriedad tierna y forzada en un marido amante y ofendido, en cuyo corazón batallaban a un tiempo el amor y la honra*.
—Así es –prosiguió el coronel–: Carlos conocía la virtud de su esposa, la amaba; pero no podía sufrir sobre sí el juicio de los hombres, decidido contra él aunque con preocupación. Había perdonado a Eulalia; él mismo prevendría las disculpas para el perdón; advertía que fue seducida incautamente; estaba satisfecho de su amor y su arrepentimiento; quisiera estrecharla entre sus brazos; pero su honor ultrajado, su mal correspondido amor con la infidelidad de su esposa se ponían en medio de los dos y no los dejaban estrecharse. ¡Qué situación tan triste para un corazón noble, sensible y enamorado como el de Eulalia!
—A mí me compadeció demasiado –decía Pudenciana–; pero más lástima me daba Carlos. Este padecía sin motivo, habiendo sido un buen marido. Eulalia padecía, pero con razón. Ella pagaba con humillaciones vergonzosas la facilidad con que se dejó engañar por un ingrato corruptor. Sin embargo, una mujer en este caso sería digna de toda compasión. ¡Ay! Dios me libre, papá, de verme jamás en la infelice situación de Eulalia.
—Este es el fruto que yo quería que sacaras de la comedia –dijo el coronel–. A ti te ha compadecido Eulalia; pero conoces que ella tuvo la culpa de las infelicidades que sufrió; advirtió que había perdido la confianza de un buen marido, hombre de bien, y que la había amado tiernamente; reflexionó en todas las desgracias que había echado sobre sí y sobre sus hijos, y agitada por el incesante grito de su conciencia, arrepentida de su delito, no pudo en la ocasión hacer más, sino implorar el perdón de su esposo en medio del dolor y la vergüenza.
»Si hubiera logrado algunos días las constantes caricias de su infame seductor, tal vez hubiera lisonjeado su delito y entretenido sus remordimientos. No tan pronto hubiera extrañado a su marido ni conocido toda la malicia de su crimen, pero lejos de disfrutar este plácido sueño por algún tiempo considerable, apenas el seductor satisfizo su pasión, cuando huyó de ella, dejándola en brazos de la miseria, de la desesperación y de la infamia.
»¡Qué bella lección es esta, hija mía, para hacerte concebir un justo horror contra el adulterio! Jamás olvides la comedia si Dios te destinare para casada, ni pienses que este pasaje se queda en una ficción del poeta, ni que es el único en su especie. Muchos han acaecido y acaecen todos los días de este estilo. Si fuera lícito exponer sobre el teatro las debilidades de muchas casadas infieles a sus maridos, la vil correspondencia de sus seductores, la agitación de sus espíritus, el detrimento de su honor, y los amargos días que tienen que sufrir con sus esposos, aun cuando estos han tenido la generosidad de perdonarlas, se verían las escenas más tristes y funestas.
p. 261»Escúchame, hija mía, con atención. Así como las niñas doncellas honradas tratan de conservar su virginidad, así las jóvenes casadas deben conservar, a toda costa, la fidelidad conyugal, si piensan con honor. Perdida esta virtud en la casada, no encuentra en ninguna otra con que resarcirla a los ojos de su marido. La hermosura, la riqueza, la discreción, el mujerío y las habilidades de que es susceptible el sexo femenino son nada en la mujer que una vez ha faltado a la fidelidad. Este, si conoce las leyes del honor, por bueno que sea, verá con desprecio cuantas circunstancias tenga su mujer recomendables, cada vez que se acuerde que le faltó a la fe que le prometió guardar al pie de los altares.
»El adulterio es un crimen horrible, y mucho más cometido por parte de la mujer. Todas las naciones, aun algún tanto civilizadas, han aborrecido el adulterio, y mucho más a las adúlteras. Las leyes penales que han establecido contra ellas las naciones nos confirman esta verdad. Casi todas son de esclavitud o muerte: las nuestras mandan sea entregada la adúltera a disposición del marido; pero la religión tiene modificada esta ley, y así, habiendo queja de parte, la justicia las castiga con reclusiones temporales o perpetuas.
—¿Y no me dirás, papá, a qué sentencian las leyes al marido en igual caso de adulterio? –preguntaba Pudenciana. Y su padre le contestó:
—Según son las circunstancias, son los castigos; mas por lo regular, después de procurar la separación del concubinato, si la mujer propia solicita divorcio, se le concede, por ser este uno de los casos de la ley. Dios dice* que el hombre que a sabiendas vive con una mujer adúltera es no solo necio, sino impío (Proverbios 18), pero al marido se obliga a que ministre los alimentos a su mujer y a sus hijos. Esta es la pena que las leyes imponen a los hombres.
—Pues entonces, ¿por qué es tanta crueldad con las mujeres? –decía Pudenciana–; ¿no es en ese caso tan delincuente la mujer como el hombre?, ¿no es igual el pecado?; pues ¿por qué a la mujer se castiga con tanto rigor y al hombre con tanta suavidad?
—Porque no es igual el delito como piensas: es más criminal la mujer que el hombre.
—¿Y en qué está esa mayor criminalidad?
—En que el hombre solo agravia a la mujer, pero esta no solo agravia, sino que infama al marido y perjudica la prole.
—No lo entiendo.
—Pues yo te lo explicaré más claro, para que toda tu vida mires con horror el adulterio.
»Al contraer el santo sacramento del matrimonio, se prometen el hombre y la mujer una fidelidad mutua y eterna* mientras vivan, y esta obligación a que los dos recíprocamente se sujetan es tan estrecha, que siempre que uno u otro falta a ella, cometen un gravísimo pecado. Oye lo que acerca de esto dice Dios* en pluma* de Salomón:
Horrorízate del adulterio, pues el hurto que no siempre es pecado grave, cuando la origina la miseria y la grave necesidad del hombre oprimido de la hambre, puede ser compensado por un precio septuplicado; mas el que comete un adulterio, nada puede dar en reparación del daño que ha causado. Cúbrese el delincuente de vergüenza e ignominia, cuya mancha ninguna cosa puede borrar. Pierde también su alma sin remedio; y el esposo ultrajado tarde o temprano tomará venganza de su agraviott.
tt Proverbios 6 [29–34].
p. 262»Tal es la malicia del adulterio, pecado gravísimo ante los ojos de Dios, y que pierde las almas de los adúlteros, sean hombres o mujeres; y como que el marido y la mujer se juraron una fidelidad inviolable, como te dije, se sigue que siempre que uno de los dos falte a esta prometida fidelidad, ofende y agravia notablemente a su consorte; pero el agravio de la mujer es mayor, porque infama al marido y perjudica a la prole.
»Ya has advertido y podrás advertir en el discurso de tu edad que cuando una mujer tiene un marido adúltero, lejos de ser infamada, es compadecida de cuantos la conocen. «¡Pobrecita de fulanita*!», dicen, «¡qué mala vida pasa con su marido, después que este se halla mal entretenido con zutana!».
»No se habla ni se juzga así del hombre que tiene a su lado una mujer adúltera, aun cuando él ni dé lugar a ello ni lo sepa. Por lo común, este infeliz vive* siempre entre unas ausencias cáusticas, que suelen ser peores si llega a hacerse público el crimen de la pérfida mujer.
»Pero ¿qué grave responsabilidad tendrá esta por el perjuicio que acarrea a la prole? ¡Perjuicio enorme y cuyas resultas pueden ser irreparables!
»Si una mujer de estas lleva a su casa un hijo, fruto de su adulterio, ¿no conoces que aquel hijo extraño va a quitarles el pan de la boca a los propios del marido? ¿Qué será si hereda alguna parte de los hijos? Y ¿qué, si hereda casi el todo, como puede ser, si hay en la familia algún mayorazgo vinculado? En estos casos el hijo adulterino* usurpa, sin saberlo, los bienes, el título y los vínculos a los dueños legítimos del caudal. »Él los poseerá de buena fe; pero la responsabilidad caerá sobre la madre. ¡Considera cuánta será la turbación, el remordimiento y la congoja de esta, especialmente en la hora de su muerte, hora de desengaños, hora terrible, y en que debe conocer toda la gravedad y reato de su culpa!
—Sin duda, papá –decía Pudenciana–, que ese lance debe ser muy duro y muy pesado. Dios libre a todas de experimentar esos remordimientos. Por mí le aseguro a usted que primero deseo mi muerte que verme en semejante caso, si es que Dios me tiene destinada para el matrimonio; y ahora conozco que con razón las leyes son más rigurosas con las mujeres que con los hombres, porque estas agravian e injurian al marido y perjudican a la prole. ¡Ojalá todas las mujeres casadas entendieran bien estas cosas, quizá así no se prostituirían tan fácilmente!
—Yo me alegro que pienses de ese modo –dijo el coronel–, y apreciaré que siempre cultives esos tan cristianos y honrados sentimientos.
—Ello es cierto, papá, que las mujeres deben ser buenas para ser buenas casadas. Ya he comprendido lo que me has enseñado acerca de las obligaciones que tienen de ser amantes*, honradas, fieles a sus maridos, cuidadosas de sus hijos y económicas con su casa y familia; pero, ¿qué conque la mujer sea buena, si el hombre es malo? En este caso, por más que haga, todo andará sin orden y la mujer en un martirio de por vida.
»De todo esto saco que es menester mucha discreción para elegir estado, y mucho más para elegir marido, con quien se ha de vivir hasta la muerte. Yo quisiera que pues me has enseñado a consultarte todo con confianza, me dieras unas reglas para conocer a los hombres, por si estuviere de Dios que sea casada. Estas reglas me servirán de mucho, y quizá de su observancia penderá la felicidad de mi suerte.
p. 263—El mismo interés que te dicta la pregunta, tengo yo para darte la respuesta –dijo el coronel–; pero no es fácil satisfacerte como quisiera, porque no lo es el señalar unas reglas seguras para el caso.
»Muchos autores han tratado de prescribirlas, y aun no faltó quien escribiese un libro con el título de Arte de conocer a los hombres, título a la verdad que promete mucho; pero que no se puede desempeñar por más que se trabaje361.
»Si los hombres fuesen sencillos, si no se disfrazaran tan seguido, no fuera tan difícil conocerlos; pero tienen sus fases o aspectos como la luna, y las varían a cada instante, según y como les conviene, y he aquí en lo que estriba la gran dificultad de conocerlos.
»Si tú vieras a un caballero en la antesala de un grande, con el sombrero en la mano, puesto en pie, con un semblante muy halagüeño, y doblándose a fuerza de cortesías con más flexibilidad que el arbolillo tierno agitado de los violentos huracanes, dirías, sin duda, que aquel hombre era muy atento, bien criado, afable, y humilde; pero si lo vieses después que consiguió el empleo que solicitaba, si lo vieses, digo, en su casa, lo advertirías orgulloso, soberbio, grosero, déspota e insufrible con sus subalternos e inferiores, y entonces confesarías que fue tu primer concepto equivocado. A pocas reflexiones que hagas sobre los hombres a este modo, verás que tienen distintas máscaras con que disfrazarse, y que por lo mismo es harto dificultoso el conocer a fondo su verdadero carácter. Solo un trato frecuente con ellos es el más seguro termómetro para discernir sus legítimos temperamentos.
»No obstante, te daré algunas reglas generales para que las observes, asegurándote que si no las olvidas, podrán ser muy conducentes a tu bien; pero será mañana, porque ya es tarde, y tu madre está durmiéndose en la silla.
Con esto se levantaron, se fueron a recoger, y el día siguiente, a la hora de almorzar entró una criada de doña Eufrosina, dando un recado ridículo como suelen usarse entre tales gentes; ya se ve que así se los darán en muchas partes.
—Ave María Santísima –decía la moza–; muy buenos días dé Dios a sus mercedes. Que dice mi ama que cómo está su mercé, que cómo le va a su mercé, que cómo pasó la noche, que cómo está la señorita y la niña, que por allá está muy apesadumbrada la niña Pomposita; que aquí tiene su mercé este papel, y que a la tarde enviará el coche para acá, y que no dejen de ir sus mercedes. –Diciendo esto, entregó el papel a don Rodrigo, y este, presente ya su esposa, que acababa de entrar de la recámara, leyó de esta manera:
Muy señor nuestro:
La desgraciada Pamela falleció ayer a las seis de la mañana, y deseosa toda esta casa de manifestar el aprecio que le mereció cuando vivía, suplicamos a usted y a su familia se sirvan asistir esta noche a las exequias que se le harán en la sala, en la que dirá la oración fúnebre el bachiller que será algún día don Leopoldo Arconas, cuyo favor perpetuarán en la memoria para su reconocimiento sus seguras servidoras que besan su mano
Eufrosina Contreras y Langaruto
Pomposa Langaruto y Contreras
Carlota Gómez Welster
María Anselma Rubio
—Está muy bien –dijo el coronel–, di que iremos allá esta tarde.
Fuese la criada, y doña Matilde decía:
p. 264—Está bien gracioso el tal convite.
—Otros he visto yo más ridículos y con letras de molde –contestó el coronel–; lo que me hace más fuerza es la bella disposición de tu hermana para gastar el dinero en boberías. ¡Vea usted qué cosas! Porque se murió una perrilla, armará esta noche una frasca de baile y merendata, cuyos costos no le bajarán de treinta o cuarenta pesos. ¡Eh!, quiera Dios que no haga falta mañana ese dinero. Lo que yo siento es que nos comprometen a desvelarnos y a pasar la plaza de gorrones; pero ¿cómo ha de ser?, es preciso contemporizar a veces con los prójimos, porque si no, dicen que es uno insocial e intratable.
—Sí, papá –decía Pudenciana–; yo deseo ir, no por bailar ni por comer, sino por oír la Oración fúnebre en las honras de Pamela. Ello, ya me hago cargo que será una sarta de disparates; pero pasaremos el rato y nos reiremos un poco…; mas ahora que me acuerdo, papá, ¿que no me sigues diciendo lo de anoche?
—No se me ha olvidado; pero será en otra ocasión, porque ahora tengo que hacer.
En efecto, acabaron de almorzar; el coronel salió para la calle, yo me despedí también hasta el medio día que nos juntamos a comer, y después de esto y de haber reposado un rato, se vistieron doña Matilde y su niña, y se previnieron para esperar el coche de la hermana que llegó cerca de las oraciones de la noche, con mucho gusto de Pudenciana, que no veía la hora de ir a la casa de su tía para aumentar el lucimiento a las honras de Pamela, de las que se tratará en el Capítulo que sigue.
i fueros] futuros 1842.
ii que si no] pues si así fuera 1842.
iii Eliminado en la cuarta edición.
iv era] representaban 1842.
v moderarlas] modelarlas 1836.
vi mas que] aunque 1842.
vii La cuarta edición elimina ese «vulgo».
viii no] no venirse 1836, 1842.
ix honra] honrra.
x dice] dice en los Proverbios 1842. Así, la cuarta edición se ahorra la siguiente indicación de la fuente, aquí en paréntesis.
xi La cuarta edición elimina «y eterna».
xii Dios] Dios en los Proverbios 1836, 1842.
xiii pluma] boca 1842.
xiv La cuarta edición elimina el diminutivo: «fulana».
xv este infeliz vive siempre] este infeliz siempre. Se ha agregado «vive», tal como hicieran la tercera y cuarta edición, para evitar la construcción del original, sin verbo.
xvi adulterino] adulterio. Corrijo siguiendo a la tercera y cuarta edición.
xvii amantes] amables 1842.
345 Envaine usted, señor Carranza: frase proverbial, referida al militar Jerónimo Sánchez de Carranza (segunda mitad del siglo xvi), autor del tratado De la filosofía de las armas y de su destreza y la agresión y defensa cristiana, considerado el padre de la esgrima en España. Es popular en el Siglo de Oro y utilizada por Fernández de Lizardi en otras de sus obras. Aquí es simplemente una llamada a la calma, aunque popularmente se considera también para aplacar a los fanfarrones.
346 A raíz de la petición de Pudenciana, el nuevo tema de discusión en La Quijotita y su prima será el de la licitud del teatro: su capacidad didáctica como modelo, o, en su defecto, la consecuente perversión que puede entrañar. Durante la Ilustración, el debate sobre la cuestión educativa y la literatura, muy concretamente la relacionada con espacio teatral por lo que significa en la sociedad, ocupó a los principales intelectuales del momento (Luzán, Samaniego, Moratín…): la dramaturgia era un espacio privilegiado para la formación de los pueblos. Fernández de Lizardi no es ajeno a estas inquietudes, repetidamente en su obra trata este tema. Ya en 1814, en uno de los diálogos de Juanillo y el Tío Toribio (publicado como suplemento a El Pensador Mexicano Mexicano, 28 de febrero) proponía el teatro como «las escuelas de costumbres y los gimnasios de la ilustración popular» e instaba a que el Coliseo fuera gobernado por el Ayuntamiento, y en las Conversaciones del Payo y el Sacristán se pregunta: «¿por qué nosotros no nos valemos [como los españoles] del mismo teatro para hacerle ver la felicidad que disfrutamos con ser libres, excitándolo a conservar esta libertad?» (n.º 10, 29 de septiembre, 1824). En La Quijotita y su prima, adaptándose al marco e intención de la novela, el teatro que se someterá a juicio tendrá relación directa con la educación de las mujeres y el comportamiento de los personajes femeninos. Para las ideas literarias de Fernández de Lizardi y este tipo de obras dramáticas, véase el trabajo de Felipe Reyes Palacios, «Fernández de Lizardi y la comedia lacrimosa», donde comenta este capítulo y otros testimonios del autor (Actas del XIV Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, ed. Isaías Lerner et al., vol. 4, Juan de la Cuesta, 2004, pp. 581–588).
347 La obra que están dando en el Coliseo es Misantropía y arrepentimiento de August von Kotzebue (Menschenhauss un Reue, 1785), que convirtió a su autor en el dramaturgo del momento más aclamado en toda Europa. Aquí don Rodrigo la recomendará, ya que la trama es todo el largo proceso de expiación de una mujer adúltera hasta ser perdonada por su marido y la sociedad. En el mismo año se imprimen dos traducciones al español, al tiempo que se estrena la obra en España: la firmada por Dionisio Solís, seudónimo de Dionisio Villanueva y Rueda (Madrid, Sancha, 1800) y la de Agustín García de Arrieta (Madrid, Fermín Villalpando, 1800). Su repercusión hará triunfar la fórmula del sentimentalismo patético sobre las tablas en el mundo hispánico. En México hay noticia de ser representada desde 1806 (Diario de México, t. 3, n.º 328, 24 de agosto de 1806), y después frecuentemente. Luis Reyes de la Maza registra otra representación más cercana a la publicación de esta parte (y a la muerte del autor), el 13 de marzo de 1826 (Teatro en México durante la Independencia, Universidad Nacional Autónoma de México, 1969, p. 168).
348 Manteniendo el recurso didáctico que estructura la novela, don Rodrigo dividirá las obras entre las instructivas y las perjudiciales. En la primera nómina caben: la comedia, sin firma, El amor filial: en dos actos en verso (1794); las obras de Luciano Francisco Comella, prolífico dramaturgo del xviii, La Andrómaca: melodrama trágico en un acto (c. 1784) y El hombre agradecido: comedia de costumbres en tres actos (c. 1790); La reconciliación o los dos hermanos: drama en cinco actos (1800), traducción de Vicente Rodríguez de Arellano de la obra de August von Kotzebue, Bruderzwist oder die Versoehnung (1798), y Si la muger es prudente, domina y vence al marido: comedia en tres actos (c. 1779-1811), traducción de Juan Pisón y Vargas del drama La dama prudente de Carlo Goldoni (1751); todas estrenadas y publicadas en las últimas dos décadas del siglo.
349 Las obras dramáticas etiquetadas como corruptoras de las costumbres son las comedias de enredo con damas tramoyeras o tracistas del Barroco español: Casa con dos puertas, mala es de guardar (1629), de Calderón de la Barca, y las de Agustín Moreto, De fuera vendrá quien de casa nos echará (1654) y No puede ser guardar una mujer (1661).
350 Se llamaban comedias de magia a las obras dramáticas que concentraban todo el empeño en la espectacularidad de la tramoya y los efectos escenográficos. De temas inverosímiles y fantasiosos, fueron denostadas por la crítica neoclásica, pero muy aplaudidas por el público en todo el siglo xviii e inicios del xix. Aquí el coronel nombra El mágico de Eriván (1791); El asombro de Jerez: Juana la Rabicortona, de José de Cañizares (1748); El mágico de Salerno, de Juan Salvo y Vela (c. 1723), y El encanto por los celos y fuente de la judía, del autor barroco Cristóbal de Monroy y Silva (c. 1640). Palazón Mayoral da noticia de la representación de la de Cañizares y la de Monroy y Silva desde 1806 en México (III.2, notas 18 y 20).
351 Trampantojo: «trampa o ilusión con la que se engaña a alguien haciéndole ver lo que no es» (DRAE).
352 Asentista: ‘el que da asiento’, aquí, en el teatro.
353 Con el término comedias de asunto, alude Fernández de Lizardi a las comedias que «tomaban su asunto» (así aparece en las primeras historias del teatro y preceptivas retóricas) de la historia nacional o la historia sagrada. La representación de El diluvio universal o Segunda edad del mundo recibe una crítica feroz por parte del autor (n.º 6, 27 de diciembre, 1826): «fue, en efecto, un diluvio de fábulas, impropiedades y disparates. Se ha creído que porque por las tardes concurre al teatro la gente más pobre y más vulgar, se le deben presentar estas piezas de barbarie, apoyados, tal vez, los empresarios en el concurso, en el palmoteo y el aplauso; pero deben advertir que la ocurrencia la provoca el menos costo de la entrada y los aplausos son hijos de la misma ignorancia. Si a esas mismas gentes les representaran buenas piezas, también las aplaudirían».
354 Lope de Vega en el Arte Nuevo de hacer comedias en este tiempo, vv. 47–48.
355 En la fábula XVIII de Tomás de Iriarte, «El asno y su amo» (Fábulas literarias [Madrid, Imprenta Real, 1782, p. 47]).
356 Nuevamente aquí las obras peor consideradas serán del teatro barroco: El divino nazareno Sansón (1638), de Pérez de Montalbán, y El bruto de Babilonia (1668), comedia escrita a varias manos, de Juan Matos Fragoso, Jerónimo Cáncer y Agustín Moreto.
357 Ya desde el siglo xvii se designa con el término comedia de capa y espada a un subgénero dramático, de personajes comunes y tema amoroso, que desarrolla el conflicto con todas las estrategias del enredo que propicia el galanteo entre galanes y damas. Fue derivando a lo largo del Barroco, en su vertiente cómica, hacia enredos que muchas veces se basaban en una caracterización de los personajes protagonistas (galán y dama) que contravenían o al menos difuminaba los ejemplares valores arquetípicos de su definición.
358 Otelo, el moro de Venecia de William Shakespeare (1622) y La comedia nueva o El café, de Leandro Fernández de Moratín (1792).
359 Debe referirse a la obra del dramaturgo mexicano del siglo xviii Francisco de Soria. En su producción cuenta con comedias de magia.
360 Mosquete: «pasillo interior en las salas de espectáculos, sobre todo aquel que puede ocupar la gente en pie sin estorbar a los que están sentados en luneta» (Santamaría).
361 El arte de conocer a los hombres y máximas para la sociedad civil (L’art de connoitre les hommes, 1709), del religioso Jean Baptiste Morvan de Bellegarde (primera traducción castellana en Amberes, 1743).
