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Capítulo XXVIII En el que se sigue la disputa que el coronel tuvo con la beata

Muchas veces una casualidad origina una desgracia, y otras evita una desazón. Esto último aconteció entre el coronel y doña María. Iba esta firmemente resuelta a acusarlo, cuando la encontró Carlota, le preguntó por él y su familia, y la beata, después de referirle lo acaecido, le dijo cómo iba determinada a delatar a todos. Carlota era muy prudente, y así dijo que la intención era muy buena; pero la hora muy incómoda, pues era medio día, y los señores estarían en sus casas, y tal vez comiendo; que sería mejor ir a casa de doña Eufrosina, comer allá, dormir siesta, y a las cuatro y media o a las cinco de la tarde pasar al tribunal a delatarlos. Con esto se serenó la vieja, y ambas se fueron a casa de don Dionisio, porque Carlota no quiso separarse de ella.

Luego que llegaron, contó la beata cuanto le había pasado con el coronel, añadió, e interpretando a su antojo lo que le pareció, con lo que sorprendió a Eufrosina y su marido, a Pomposa, al padre don Jaime y a otras personas que asistieron a su informe, y se admiraban con razón, como que conocían bien el fondo de talento y religión del coronel; pero no se atrevían a contradecir a la vieja, pues ella juraba que así era según lo refería.

Carlota, cuidadosa de la suerte de Matilde, no quiso despedirse, sino que envió a llamar a su marido el caballero Jacobo, a quien hizo sabedor de la desgracia que amenazaba a su amigo Lisarte.

Sin embargo del general cuidado, pusieron la mesa, comieron y se recogieron para pasar la siesta. Todos estaban apesadumbrados; pero serenos respecto de sí mismos, menos la beata, que ni durmió, y ya no veía la hora de que dieran las cuatro, para cumplir con las obligaciones de cristiana, según decía.

Doña Eufrosina a las tres envió el coche a su cuñado, mandándole decir que fuera luego luego, que le importaba mucho porque allá estaba la tía doña María.

El coronel recibió el recado con aquella serenidad que inspira la inocencia; y así*, sin apresurarse, se levantó de su sofá, tomó chocolate, hizo que lo tomaran Matilde y Pudenciana, que estaban con harto susto, y así que concluyó dos cartas que tenía que enviar a la estafeta, mandó que se vistieran las señoras, tuvo cuidado de que se previniese lo perteneciente a la casa, y cuando ya estaba todo organizado, cerró las puertas principales, tomamos el coche y nos fuimos para la casa de su cuñada429.

Cuanto llegamos, la hallamos toda alborotada, porque ya habían dado las cuatro, la beata porfiaba por ir a su negocio y todos, rodeados de ella, se lo impedían.

Luego que vio el coronel y a su familia, cerró los ojos, se tapó las orejas, y con unos gestos de energúmena decía:

—Déjenme salir de aquí, yo no quiero conversar con herejotes: los aborrezco, los detesto, los abomino. Si estos fueran mi padre y mi madre, haría lo mismo que voy a hacer. Sí, sí; primero es Dios y su santa fe que todo el mundo.

p. 294Sin embargo de que los visajes de la beata tonta excitaban la risa de los circunstantes, no dejaban de esperar malos resultados los amigos y deudos del coronel y su familia, mucho más cuando notaban que la denuncianta no desistía de su intento430.

La sensible Matilde y amorosa Pudenciana padecían más que todos en aquella ridícula escena, y con lágrimas en los ojos procuraban aplacar a su tía; pero en vano. Esta más se irritaba al oírlas hablar, y creyendo que aquel llanto era efecto del temor del merecido* por su culpa, se empeñaba más en salirse con la suya.

El coronel instaba que la dejasen ir donde quisiera, que no tuviesen cuidado, que él se defendería, que aquello no era nada; mas sus razones no calmaban el sentimiento de los suyos ni el temor de sus amigos, y así más por serenarlos a todos que por otra cosa, determinó sosegar a la tía María, lo que consiguió de esta manera.

—Déjenle, señores –decía en voz alta–. Déjenla que vaya donde quiera. Yo también tengo que acusarla, y los dos nos quedaremos en la cárcel: yo por hereje, y ella por gentil.

—¿Yo por gentil? –preguntaba la beata muy apurada.

—Sí, señora; por gentil o gentila, como usted quiera. Hereje es el que niega algunos de los misterios de la fe que profesó en el bautismo, y gentil es el que carece en lo absoluto de esta fe o conocimiento sobrenatural.

—¿Pues que yo no tengo fe?

—No, ni sabe usted qué cosa es fe.

—¿Cómo no? La fe es un conocimiento sobrenatural, con que sin ver creemos lo que Dios dice y la Iglesia nos enseña431

—Es así que usted no cree lo que Dios dice, ni lo que le ha enseñado la Iglesia, luego no tiene fe, y si no tiene fe, es gentil…

—Descomulgándote, ¿quién asegura que yo no creo lo que me enseña la Iglesia?

—Yo lo digo, y se lo voy a probar a usted en sus bigotes, y si no lo probare bien, a juicio de estos señores cristianos que nos oyen, desde ahora para entonces y desde entonces para ahora, me obligo en toda forma con mis bienes habidos y por haber, a que refresquemos todos de mi cuenta esta noche; ítem más a darle a usted treinta pesos para un hábito nuevo de cristal y a que mi mujer y mi hija le hagan unas tocas nuevas432. Vamos a argüir, sentémonos.

El estilo festivo del coronel calificó su inocencia, e hizo reír a todos, hasta a la beata, que segura en que no le podían probar que era gentil, concibió la lisonjera esperanza de afianzar los treinta pesos prometidos; y así sentándose en compañía de los demás, escuchó al coronel, que se explicó de esta manera.

p. 295—Ya ustedes, señores, habrán advertido que la tía doña María se ha escandalizado grandemente por una proposición que me ha oído. Todos los días hay gentes que se escandalizan y otras que temen escandalizar, sin fundamento, sino solo porque ignoran lo que es escándalo. Doña María es una de ellas; y así ustedes me permitirán que le explique brevemente lo que es escándalo, por lo que nos pueda importar. Oiga usted, señora.

»El escándalo, según los moralistas, se divide en activo y pasivo433. Activo es el que uno da con acciones o palabras que causan ruina espiritual al prójimo, y este se puede dar no solo con acciones malas y prohibidas, sino también con buenas y lícitas; como* por ejemplo: lícito es que yo acaricie a Matilde; pero si lo hago con ósculos y abrazos delante de algunos jóvenes de ambos sexos, ya no es lícito, por el escándalo que puedo darles, particularmente si ignoran que es mi esposa.

»Escándalo pasivo es el que se recibe de las mismas acciones.

»El escándalo activo se divide en especial y general. El primero es el que se da con intención de que otro peque y se condene, y este se llama pecado de demonios. El segundo es el que se da sin ese fin determinado, sino solo por la complacencia que nos resulta de la acción, como el que da a una mujer el que la induce al pecado, no precisamente porque peque y se condene, sino por satisfacer su apetito.

»El escándalo pasivo es de tres maneras: farisaico, de párvulos y de frágiles. El primero es aquel escándalo que se recibe no porque la acción sea en sí mala de modo alguno, sino por la depravada malicia del que la ve, y se escandaliza aun de las cosas buenas, como se escandalizaban los fariseos de que Jesucristo hiciera milagros en sábado434.

»El escándalo de párvulos es el que nace de una ignorancia natural, como si uno se escandalizara de ver trabajar en domingo, sin saber la necesidad ni la dispensa con que se hacía.

»El escándalo de frágiles es el que se recibe por nuestra humana miseria, que toma ocasión para pecar de cualquier cosa.

»En vista de esta doctrina, ya usted entenderá que su escándalo ha sido de párvulos, porque lo ha ocasionado su ignorancia; pero si después que yo explique mi proposición siguiere escandalizándose, ya entonces es su escándalo farisaico, y por lo mismo despreciable.

»Yo dije, señores, que no fue obra milagrosa, sino muy natural, que esta niña no se matara cuando, siendo pequeñita, cayó de un balcón sobre un montón de lana; y a seguida aseguré que ningún santo, ni la misma Reina de los cielos puede hacer un milagro.

»Esta señora no esperó razones, sino que tapándose las orejas, se salió de casa escandalizada de tamaña herejía. Cuando solo se oyen medias palabras, o no se entiende el sentido de ellas, es fácil sacar consecuencias criminales de las cosas más inocentes, y formar los conceptos más ridículos. Estas son las ventajas que ofrece la ignorancia junta con el atolondramiento. La ocurrencia de la respetable doña María me ha hecho acordar de un chiste que le voy a referir para que escarmiente y se divierta. Un pobre hombre llamado Blas encontró un encorozado en una calle, este llevaba un letrero en la coroza que decía: «por Blasfemo»435; el buen hombre solo leyó la mitad del rótulo, porque la otra mitad estaba al lado opuesto de su vista; sin más averiguación marchó para su casa, y lleno del mayor susto le dijo a su mujer: «Hija, por Dios, que de hoy en adelante no me digas Blas; dime Juan, Antonio, Pascual o lo que quieras; pero no me digas Blas por vida tuya, porque es un gran pecado llamarse Blas, y tanto, que sacan encorozados a los Blases». «¿Cómo así», preguntaba su mujer muy admirada, «eso no puede ser». «Sí puede ser, hija: acabo de ver uno encorozado por Blas».

p. 296Se rieron todos muy de gana con el cuentecillo del coronel, menos la beata, pues esta se avergonzó bastante, y más cuando don Rodrigo prosiguió diciendo:

—¿Qué le parece a ustedes, señores, de la candidez de aquel buen hombre? Seguramente que hubiera acompañado esta tarde a doña María de buena gana, y entre los dos me hubieran ido a delatar por Blas. Pero dejemos las chanzas, y pasemos a desescandalizar a mi parienta.

»Los señores saben muy bien lo que voy a decir, y aun mi mujer y mi hija; pero usted, señora, no lo sabe, y es muy* preciso que lo sepa. Atiéndame.

»Una de las señales características de los milagros es que sean contra la naturaleza; esto es, que superen sus leyes o las venzan, y ¿quién puede dominar la naturaleza, sino su Autor Supremo? Por tanto, solo Dios puede hacer un milagro: solo Dios puede hacer que el fuego no queme, que se multiplique en un instante una sustancia, que se trasmute en otra, que un ciego rematado vea con lodo, que un muerto corrompido resucite, etcétera. Para conseguir esto de Dios es muy oportuna la intercesión de los santos, y por lo mismo nos es muy del caso aprovecharnos de su valimiento, y solicitar su patrocinio en nuestras aflicciones. Ellos son amigos de Dios y sus ruegos son oídos de su Majestad con agrado. Esto es lo que pueden hacer los santos por sus devotos; mas no hacer un milagro: no alcanza a tanto su poder, entonces podrían lo mismo que Dios, y serían otros dioses, cuyo absurdo no cabe en la imaginación de un católico. La naturaleza solo se sujeta a su Criador, y aun cuando obedece a los hombres, lo hace mandada de su Autor. Si una peña herida por la vara de Moisés produce agua, si el sol detiene su curso a la voz de Josué, no fue porque aquel legislador ni este general tuviesen poder para ejecutar estos prodigios, sino porque Dios mandó a la piedra que diese agua, y la dio, quiso que el sol detuviese su carrera cuando Josué hablase, y el sol se detuvo436. Así sucede siempre: manda el señor, y la naturaleza obedece sus preceptos. Ipse mandavit et facta sunt*437.

»Y así cuando se dice que la Virgen Santísima, que este o aquel santo son muy milagrosos, hemos de entender que Dios ha hecho muchos prodigios por su intercesión; mas no que ellos los hayan hecho.

»Esta es la doctrina de la Iglesia que se ignora por muchos en punto de milagros. ¿Qué le parece a usted, doña María?

—¿Qué me ha de parecer?, sino que cuanto usted dice, ni me toca ni me tañe, porque yo no soy teóloga.

—Pero es usted católica cristiana, y como tal no debe ignorar los principios de la religión que profesa.

—Pues yo sé muy bien el catecismo y tengo la fe del carbonero, y con eso me basta438.

—Se engaña usted, señora: el saber del catecismo sin entenderlo no basta, y el atenerse a la fe del carbonero, que, según el cuento, decía que él creía lo que creía la Iglesia, es una excusa muy grosera para defender la más torpe ignorancia.

»Semejantes profesiones de fe no son sino una irrisión y un insulto que hacen a la misma religión muchos que se blasonan ser miembros de ella; porque si a un ignorante se le dice que la Iglesia enseña un error que tenga alguna apariencia de piadoso, no dudará en creerlo un momento, y ya se sabe que en materias de fe, tan malo es creer errores, como ignorar las verdades de que debemos estar instruidos.

p. 297—Pues usted dirá lo que quisiera, señor coronel –decía la respetable beata–; pero yo no me he de meter en camisa de once varas. Allá los estudiantes como usted se entenderán con sus latinorum y teologías, que a mí me basta con creer en Dios a puño cerrado, y caiga quien cayere439; y en esto de milagros, yo he de creer todos los que vea escritos en los libros, y puestos en las iglesias; y si son mentiras, allá se lo haigan los que dan licencia para ello, pero a mí no me toca meterme en averiguaciones. Yo sé que cuando una cosa se pone con letras de molde, ya ha pasado por los ojos de los calificadores, que desde luego serán muy leídos; y así cuando dan licencia para que una cosa se imprima, ya sabrán que es muy cierta, y que no hay ningún peligro en que todos la lean440.

»Lo mismo digo de las muletas, cabelleras, retablos y milagritos* de cera y de plata que se cuelgan en los templos y los altares de los santos; milagros deben de ser, media vez que todos dicen que son milagros; a fuera de que, una vez que los ponen, será con licencia del cura, del guardián o de quien corre con el santo. ¿Qué más es necesario para creer que son tan ciertos como los artículos de la fe?, porque cuando el cura lo dice, estudiado lo tiene; y si no lo estudió, ¿qué me importa?

»Yo fuera una judía si pensara que los censores no saben lo que aprueban, y que en las iglesias cada uno pone lo que quiere llamar milagro, sin que nadie le diga por ahí te pudras. No; Dios me libre y me tenga de su* mano para que yo no piense estas tonteras.

Concluyó la tía su discurso, con el que se divirtieron bastante los que la oían, y el coronel le dijo:

—En efecto, señora, usted padece mil equivocaciones, y lo peor es que está obstinada, y ha de costar mucho trabajo el convencerla. No obstante, sepa usted que todos retablitos y presentallas* que se dedican a los santos en sus imágenes no son signos de milagros, ni pueden serlo sin la calificación y declaración de la Iglesia441. Se permite que se coloquen en los templos para que los fieles desahoguen su devoción y gratitud, y porque, tal vez, el vulgo ignorante, si careciera de esta libertad, caería en el error de creer que ni los santos intercedían por nosotros en las necesidades, ni Dios nos dispensaba tan francamente sus favores, y este error sería más pernicioso que el primero; pues de creer que Dios hace más milagros que los necesarios no se sigue injuria a su omnipotencia, pero de creer que no los puede hacer, o que nos escasea muchos sus favores, se insulta su poder soberano y su misericordia liberal. Sin embargo sería de desear que todos entendieran que el poder de hacer milagros es privativo de Dios, y que los santos únicamente pueden suplicarle que los haga cuando convenga a su gloria y bien nuestro.

»Asimismo debían todos saber que no se le puede dar crédito a cuanto está impreso, solo porque están las letras estampadas con moldes, ni porque se lea en las carátulas que están con las licencias necesarias. Esta es una simpleza que trae funestas consecuencias entre la gente idiota, que vive persuadida a que se debe creer como de fe cuanto está impreso, en virtud de que ven o han oído decir los muchos pasos, censuras, licencias y dinero que cuesta la publicación de una obra; y alucinadas con estos aparatos, no pueden convencerse de que haya falsedades en los libros, siendo así que no hay herejía ni desatino que con licencia o sin ella no esté impreso; de lo que resulta que se empapan en mil errores que leen sembrados en muchos libros que traen vidas de santos anoveladas, y milagros apócrifos.

p. 298»¿Qué alto concepto no se formará del poder falsamente atribuido del demonio, el ignorante que lea en la vida de santa Genoveva aquellos títeres con que la hechicera en un espejo la representó infiel a su marido442?

»¿Qué idea tendrá de la Providencia divina, siempre celosa de nuestro bien, al ver la facilidad con que permitió que se ultrajase públicamente el honor de su sierva, y que padeciese tantos trabajos, sin más fin, a lo que parece, que acrisolar su paciencia, cuando pudo haberlo hecho por otros medios que no indujesen un escándalo general? Y por último, ¿no es fuerza que tengan al dicho por un tonto de primera marca al ver cómo creyó que los ojos y lengua de un carnero, que se presentó por milagro, eran de una mujer y tan su conocida como suya? Yo a lo menos no creeré estas cosas ni sus iguales mientras no me las asegure por ciertas la Silla de san Pedro443.

»La historia de san Cristóbal es otro zurcido de mentiras que pasaron y aún pasan entre el vulgo. Todavía hay quien crea que fue gigante. La novena lo dice, y así se ve pintado, luego es verdad, se debe creer y negarlo fuera herejía. Tal es el idioma del vulgo.

»¿No sería bueno desengañarlo, diciéndole que no fue gigante, ni sirvió al demonio, ni lo dejó porque este se espantó con la cruz, ni sucedieron las patrañas que de él se cuentan, sino que fue uno de los héroes que murieron por confesar la fe de Jesucristo444?

—Así es que fuera bueno se enseñara –dijo prontamente la sencilla beata–; pero si no fue gigante ¿para qué lo pintan tamañote en las iglesias? ¿Acaso son tontos los que las cuidan? A fe que no: bien saben lo que se hace, y si esto fuera fábula no sería usted el primero que lo dijese, y habiéndolo otros dicho, es regular que se omitiese que siguiera el vulgo con este error, quitando las pinturas gigantescas de san Cristóbal de las Iglesias*; pero una vez que no se ha hecho así, sin duda que fue tan gigante como ese Golías que cuentan, o ese Salmerón a quien vide con mis propios ojos445. Pero sea lo que fuere, yo tengo en mi casa una cabeza de san Cristóbal, hermosota de grande, ya se ve como de gigante cananeo, y soy muy su devota y le enciendo una velota de a medio; pues, el día que lo tengo, que no están los tiempos para fiestas.

Se reían todos de buena gana de estas sandeces, menos el coronel que se compadecía de ellas; y así, cuando tuvo lugar dijo:

—Se echa de ver, señora, que sus padres de usted fueron cristianos y que le dieron una piadosa educación; pero por desgracia esta se ha deslucido con la multitud de extravagancias y preocupaciones que adquirió desde sus primeros años, y de las que será harto difícil se desprenda.

p. 299»El afecto que usted le tiene a san Cristóbal sin duda es loable, pues su intercesión, como la de los demás santos, es poderosa para alcanzarle del Señor las gracias que la convengan; pero no es loable la credulidad de usted acerca de su desmesurado tamaño. Antiguamente se divulgó entre sus devotos que cualquiera que viese su imagen no moriría en aquel día de muerte mala, sobre lo que se compuso este verso

Christophori sancti specimen quicumque tuetur*, ita namque die no morte mala morietur.

Que en castellano puede traducirse así:

De muerte repentina o azarosa
no morirá cualquiera que mirare
la imagen de Cristóbal prodigiosa.

»En fuerza de esta creencia supersticiosa todos deseaban ver la efigie del santo, y como dice el señor Muratori: «El que deseaba frecuente concurso a su Iglesia, pintaba en la fachada a este santo en estatura de gigante como lo fingen las fábulas de su vida»446. Ya ve usted, señora, y qué origen tan erróneo trae ese pedazo de cuento que usted cree. Semejante a esto son los que autoriza la credulidad del vulgo.

—¿Qué cuentas tengo yo con eso? –decía la beata–; dejemos que sea cierto lo que usted dice, que eso, quién sabe; pero yo aténgome a lo que me enseñaron mis abuelos y santas pascuas.

Cada vez que hablaba la tía doña María, reían más todos aquellos señores, viendo el empeño que el coronel tenía en impresionarla de sus errores, y la tenacidad con que ella se resistía, correspondiendo las instrucciones con sandeces.

Enfadado de estas mi tutor, varió conversación; sacaron chocolate, dulce y agua, y concluido el refresco, se despidió la beata, diciendo que ya era la oración, y que una mujer en la calle, sola y de noche estaba muy expuesta.

No pudieron contener la carcajada de risa los concurrentes oyendo que la triste vieja pensaba que aún tenía riesgos que temer en la calle. Doña Eufrosina y su hermana la detuvieron sin mucha dificultad; ella se retiró a una recámara a rezar sus devociones; las visitas parlaron un poco más sobre diversos asuntos, y se despidieron; el coronel, don Dionisio y las señoras se pusieron a jugar una malilla mientras era hora de cenar, y las dos niñas se fueron a platicar lo que sabrá el lector en el Capítulo que sigue447.

i Eliminado en la cuarta edición.

ii merecido] merecido castigo 1836, 1842.

iii Eliminado en la cuarta edición.

iv muy] muy muy 1842.

v La cuarta edición elimina la cita en latín.

vi milagritos] milagros 1836, 1842.

vii su] su santa 1836, 1842.

viii y presentallas] que se presentan 1842.

ix En la tercera y cuarta edición se invierte el orden de esta construcción: «de las iglesias las pinturas gigantescas de san Cristóbal».

x Christophori sancti specimen quicumque tuetur] Cristophori sancti specimen quicumque tuctur. La cuarta edición ya corrige «tuetur». He adecuado la transcripción también del nombre del santo.

429 Estafeta: «oficina donde se reciben cartas para llevarlas al correo general» (DRAE).

430 Visajes: ‘gestos’ (DRAE).

431 La beata, como hiciera la niña Pomposa, repite sin comprender la fórmula de los catecismos. Esta definición de fe, o muy similar, es común en los libros de instrucción religiosa del siglo xviii.

432 Cristal: ‘tela de lana’ (DRAE).

433 Las definiciones que siguen se encuentran de manera general en los libros de moral de los siglos xviii y xix, desde el Directorio moral de Francisco Echarri (1728), que dedica un capítulo al «escándalo» como vicio contra la virtud. Esta obra tuvo varias reimpresiones en el siglo, y probablemente es la fuente de otros pasajes casi idénticos posteriores, alguno de los cuales leyó don Rodrigo: la Theología christiana dogmático-moral de Daniele Concina (traducida por Joseph Sánchez de la Parra, 1770), la Explicación de la doctrina cristiana del ya mencionado Joseph Faustino Cliquet (1781), el Buen uso de la teología moral de Francisco Guijarro (1791), el Prontuario de la teología moral de Francisco Lárraga (1796), etc., todos de amplia difusión.

434 Mateo 12.9–14, Marcos 3.1–6, Lucas 6.6–11.

435 Coroza: «cono alargado de papel engrudado que como señal afrentosa se ponía en la cabeza de ciertos condenados, y llevaba pintadas figuras alusivas al delito o a su castigo» (DRAE).

436 Éxodo 17.6; Josué 10.13.

437 «Él lo mandó, y se hizo» (Salmos 33.9).

438 Tener la fe del carbonero: ‘confiar ciegamente en alguien’. La cita aparece explicada en la Escuela de costumbres de Blanchard: «Preguntaban un día a un carbonero: “¿Qué crees tú”, y respondió: “Lo que cree la Iglesia”. Le preguntaron aún: “¿Pero qué cree la Iglesia?”, “lo que yo creo”, replicó él. Semejante profesión de fe era una ignorancia grosera, o una verdadera irrisión» (t. II, 104–105, nota).

439 Aquí la beata utiliza despectivamente latinorum para denostar la erudición que se manifestaba en citas de textos latinos.

440 En letras de molde: ‘impreso’. Las obras impresas pasaban la censura de la junta habilitada para ello, que emitía una calificación. Aprovecha aquí Fernández de Lizardi para arremeter contra la omnipotencia o calidad de estas juntas, poniendo en duda sus criterios. El propio autor sufrió siete meses de prisión cuando fue censurado el número IX de El Pensador Mexicano (3 de diciembre, 1812), que dio al traste con la libertad de imprenta que se había dado de facto durante el periodo de la guerra de la Independencia española.

441 Presentalla: «ofrenda de los fieles a Dios o a los santos por un beneficio» (DRAE).

442 Genoveva de Brabante. En la Vida de santa Genoveva, princesa de Brabante (traducida en español por Cerisiers a partir de una leyenda alemana popular, Madrid, Gabriel de Barro, 1726, y reimpresa varias veces durante el siglo xviii) se narra esta historia: una maga acusa a Genoveva de adulterio frente a su marido, al que convence a través un hechizo pronunciado sobre un espejo puesto en un barreño de agua. En la versión de Cerisiers, cuando el marido exige que le traigan la lengua de su esposa como castigo, se le entrega la de un perro, engañándolo. Genoveva ha pasado a los relatos legendarios como la heroína injustamente acusada. El episodio fue retomado por diferentes escritores a través del tiempo. Es de suponer que la obra de teatro la Genoveva, de Francisco de Soria, citada en el capítulo XXV, trataba este asunto que fue popularizado en el teatro, sobre todo en el género de las espectaculares comedias de magia criticadas allí. A pesar del título de la obra, no es santa de la Iglesia católica, su canonización es solo popular.

443 La Cátedra de san Pedro es símbolo de la doctrina cristiana, de ahí el dicho.

444 De san Cristóbal de Licia circularon tradiciones apócrifas que lo representaban como un gigante que ayudaba a los transeúntes a sortear un río. Un día, se le aparece un niño (el Niño Jesús) que no puede cargar, por su gran peso; este le declara que lleva consigo todos los pecados del mundo. Popularmente se le llama san Cristobalón y, como se lamenta don Rodrigo, es recordado y representado por este episodio y no por su martirio

445 Golías, por el gigante Goliat de la Biblia, que fue derrotado por David con una honda (Samuel 17). El gigante Salmerón alude a Martín Salmerón y Ojeda, nacido en Chilapa (1770–1813), que medía más de dos metros. En 1796 recorre México exhibiendo su portentoso tamaño. Ahí pudo verlo la beata. Ese mismo año, José María Guerrero pinta un retrato de Salmerón para dar cuenta del prodigio.

446 El dístico latín era común en el bajo de las representaciones pictóricas del santo. El coronel toma los versos y la cita de la obra del eclesiástico Luigi Antonio Muratori (1672–1750), Della regolata divozione de’Cristiani (1747), traducido como La devoción arreglada del christiano (Madrid, Joachin Ibarra, 1763; en la tercera impresión de la obra, 1783, p. 277). La obra fue extraordinariamente difundida y alcanzó varias ediciones en español antes de fin de siglo.

447 Malilla: «juego de naipes en el que la carta superior o malilla es el nueve de cada palo» (DRAE).