Capítulo XXX En el que se refiere la peligrosa aventura en que se vio nuestra Quijotita por su fervorosa e imprudente virtud
Sin embargo de que a favor del desengaño, ya no trató doña Eufrosina de incomodarse* de su casa; no varió, ni su hija, el plan de su nueva vida, cosa que no dejó de extrañar el coronel, pero como su virtud no era sólida, bastardeó desde sus principios y llenó el extremo de la gazmoñería y ridiculez.
No había fiesta de iglesia donde no concurrieran madre e hija, y se estaban en el templo hasta que se concluía la función y levantaban el petatito como suelen decir470. Por las tardes, luego que reposaban la comida, se vestían y marchaban para la Iglesia donde estaba el circular, y no volvían hasta que depositaban, de suerte que no paraba en casa, la cual ya se deja entender cómo andaría, abandonada del todo al cuidado o descuido de los criados; ello es que don Dionisio no dejó de resentir el mal trato que recibía a causa de la vagamundería espiritual de su familia; pero no se atrevía a reconvenir, porque Eufrosina lo dominaba, y él no sabía atacarse los calzones.
Si el día se ocupaba tan santamente, la noche no se pasaba menos. Luego que eran las oraciones se encerraba Eufrosina con su hija y la tía María, que desde la noche de la disputa con el coronel se hizo piedra en la casa, y se ponían a rezar el rosario y una cáfila de novenas, cuya tarea duraba hasta después de las diez, y no podía durar menos porque a más de cuatro o cinco novenas que se solían rezar a un mismo tiempo, había otras devociones fijas que por ningún caso se omitían471.
Todos los días de la semana tenían sus ratos* particulares. El lunes se debía rezar a san Cayetano y a las ánimas benditas, martes, a señora santa Ana, a san Antonio de Padua, miércoles, a la preciosa Sangre, etcétera, etcétera.
p. 314Fuera de esto, había sus libritos que se rezaban por fechas, sin perjuicio de los diarios. Por ejemplo: día primero, se rezaba a la Divina Providencia; día siete a san Cayetano; día ocho a la Purísima; día doce a la santísima Virgen de Guadalupe día diez y seis a san Juan Nepomuceno; día diez y nueve a señor san José; día veinte y uno, a san Luis Gonzaga; día veinte y seis, a señora Santa Ana, y qué sé yo qué más.
No era malo que se rezara tanto, lo fatal era el modo con que se rezaba, y las inconsecuencias que se originaban por esta imprudente y mal entendida devoción; porque el modo era rezar con mil interrupciones, lo que manifestaba la ninguna atención con que rezaban*. Doña Eufrosina llevaba siempre el coro y era la que más interrumpía, pues durante un padre nuestro preguntaba tres o cuatro cosas, y determinaba otras tantas; porque, por ejemplo, decía:
—Padre nuestro, que estás en los cielos… Niña, ¿ya habrá venido tu padre?
—Quién sabe, mamá.
—Santificado sea el tu nombre… Es que si ha venido, que le den chocolate… Venga a nos el tu reino…, y avísale que sobre la cómoda está una carta que trajeron de casa de don Jacobo. Hágase tu voluntad…, espanta al gato, no vaya a quebrar un vaso, así en la tierra como en el cielo.
¿No era la devoción de Eufrosina extremadamente fervorosa?
Como había dado orden de que nadie las visitara mientras rezaba, tenía don Dionisio que cumplimentar a sus amigas, que a los principios, ignorantes de la nueva extravagancia de Eufrosina, continuaban de cuando en cuando sus visitas, hasta que mirando que se negaba, se retiraron poco a poco, tratándola de grosera e incivil.
Rabiaba don Dionisio con estas cosas; pero como era un marido afeminado, no tenía valor, según se ha dicho, para corregir a su mujer; y así se valió de quejarse con mi tutor, y suplicarle que persuadiera a su cuñada que no fuera tan virtuosa.
—La empresa es difícil –dijo el coronel–; pero haga usted que mañana concurran a la mesa nuestros amigos, y el licenciado que con su genio jocoso puede contribuir a los deseos de usted.
En efecto al día siguiente fuimos cerca de las doce, hora en que no habían vuelto las señoritas de la Iglesia, y ya las esperaban en su casa el cura, el señor Labín y el licenciado Narices.
Mientras volvían*, se trató de la extravagancia de madamas, y cada uno prometió a don Dionisio hacer por su parte lo posible para ver si podían reducirlas a estarse en casa más, y rezar menos.
Llegaron por fin las señoritas, y después de las salutaciones corrientes, se desnudaron el traje de la calle y se pusieron a platicar con sus visitas.
—¿Conque de dónde bueno, madamas? –preguntó el coronel472.
p. 315—De la Merced, hermano –contestó Eufrosina–. Estaba la iglesia hecha una gloria, como que hoy es el día de nuestra santa Madre473. Nosotras fuimos a comulgar, oímos ocho misas en un instante, venimos a desayunarnos, y nos volvimos a la función, que ha estado* famosa, especialmente el sermón que predicó el* presentado N.; ya se ve, como que es divino el frailecito474.
—Todo habrá estado según usted lo dice; lo que no puedo entender es cómo oyeron ocho misas en un instante, pues por ligeras* que se digan se necesita para oírlas algo más de tres horas.
—Pues nosotras las oímos en una, porque las oímos todas a un tiempo…
—Es decir, hermana, que no oyeron ninguna, y que si hubiera sido hoy día de precepto, no cumple con él probablemente y se quedan sin misa.
—¿Y por qué?
—Porque para oír misa como se debe, es necesaria la atención exterior e interior, esto es, la del espíritu y la del cuerpo475. A la primera faltan no solo los que van al templo a divertirse con los que entran o salen, a pintar a esta, a dibujar a la otra, a jugar con el abanico o el palito, ni a distraerse en conversaciones muy ajenas a aquel santo lugar, sino cuantos no están con la modestia debida, particularmente al tiempo del tremendo sacrificio, y ya usted verá que estando volviendo la cara a este y al otro lugar, y haciendo visajes con ocasión de querer oír a un tiempo muchas misas, no solo se falta a esta atención exterior, mas también es causa de que falten a ella los que se divierten con estas gentes visajera476.
»Asimismo faltan a la atención interior, pues queriendo meditar en tantas cosas cuantas significan las diversas acciones que muchos sacerdotes hacen sobre el altar, no meditan en ninguna. No me crea usted a mí; oiga cómo se explica el doctor don Joaquín Lorenzo Villanueva en su tratadito que escribió de La reverencia con que se debe asistir a misa, dice pues:
El que oye muchas misas a un tiempo, o atiende a las varias acciones de ellas o no. Si no atiende a esto, ¿en qué funda la mayor ganancia? Si atiende a esto, la misma variedad, como decíamos, le ha de distraer precisamente, porque cuando una misa está en el Credo, la otra está a la elevación de la hostia, la otra en la sumpción, la otra en la bendición477. ¿Quién tiene cabeza para pensar a un mismo tiempo con atención y devoción en tantas y tan varias cosas?…
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Aun esto se verá más claro, si atendemos a la disciplina antigua de la Iglesia, según la cual no era permitido que en un mismo templo se celebrasen a un tiempo muchas misas. En los seis primeros siglos de la cristiandad, y aun más adelante, sola una misa se podía celebrar diariamente en cada iglesia, o más bien en cada pueblo, aun cuando hubiese en él varios templos fuera de la catedral o parroquia. Notorio es el rito observado por los griegos de celebrar todos los presbíteros juntamente con el obispo. Ochenta presbíteros, según la norma de la reducción hecha por el emperador Heraclio, celebraban juntos un solo sacrificio en la iglesia mayor de Constantinopla478. Esto prueba que en los primeros siglos de la Iglesia, y después de la paz que el Señor le envió por medio de Constantino, no se decían a un tiempo muchas misas en un mismo templo479. Y si en algún caso de solemnidad o de gran concurso eran necesarias más misas, se celebraban una después de otra, como se lee en la segunda carta de san León a Dióscoro480.
Y aunque en esto ha variado la disciplina por justas causas que debemos todos venerar, el espíritu de la Iglesia siempre es y será el mismo, según el cual los antiguos padres tenían por desorden distraer con la celebración de muchas misas juntas en una misma iglesia al pueblo que en ella se congregaba. Sabían que las colectas de los fieles se celebran para unir las oraciones de todos, para formar de los gemidos de muchos un solo gemido, de muchas voces una sola voz, de muchas adoraciones una adoración sola que, con suave y poderosa eficacia, incline el pecho benigno de Dios a que nos haga mercedes…
Conforme a esta costumbre había en la Iglesia otra no menos antigua de no consentir en cada templo sino un solo altar, la cual observaron los latinos hasta el siglo vii, y aun hoy día conservan los abisinios, moscovitas y orientales481.
—Se cansa usted en vano, señor coronel –dijo el licenciado–, porque estas señoras rezanderas son las más tontas y las que menos entienden su religión. Reniego yo de todas estas beatas exteriores…
—Reniego yo de usted, demonio de hablador –contestó prontamente doña Eufrosina–; ¿siempre ha de ser usted en contra de nosotras? Para usted no halla medio una mujer. Si es alegre, si baila o se pasea, dice que es libertina, loca y disipada; si por el contrario es devota y recogida, luego la califica de beata, tonta y devota exterior. Conque ¿qué haremos las mujeres para agradar a este malvado Nariguetas y libertarnos de su lengua venenosa?
—Fácil es la respuesta –decía el licenciado–: lo que hay que hacer es ser alegres sin coquetería, francas sin locura, virtuosas sin hipocresía y devotas sin superstición; pero como yo no he conocido ni una mujer que tenga tantas recomendables circunstancias, sino todas ellas malas por un camino, peores por otro, y detestables por todos, encargaría* mi conciencia si hablara bien de las mujeres… ¿qué es hablar?, si pensara siquiera que había ni una sola buena, sí, ni una sola entre cuantas el sol calienta, antes tengo entendido, y en esta fe y creencia protesto vivir y morir, que vosotras sois la canalla peor de todo el mundo, y sois lo mismo hoy que seis mil años hace. Es decir, que siempre habéis sido malas, malísimas y peores de lo que parecisteis a Ovidio, a Séneca, a Catulo, a Horacio, a Virgilio, a Tibulo, a Propercio y a cuantos autores antiguos y modernos han mal empleado el tiempo y sus plumas en hacer vuestros parecidísimos retratos…
p. 317—Ya escampa, hermano –dijo Eufrosina–; ¿qué le parece a usted y cómo honra este deslenguado a las mujeres? Muy agraviado lo tienen sin duda. Ya se ve, ¿quién ha de apetecer a usted, demonio, tan viejo, tan feo y tan hablador? Bien que usted sabe cuándo y con qué mujeres se explica de ese modo. Solo acá y con nosotras, a fe que con Pachita la güera*, con la marquesita de…, con la hija del contador y con otras así, todo se vuelve usted mieles y zalamerías…, adulador, embustero.
—Es verdad que a esas señoras las trato con lo que llaman política –respondía el licenciado–; pero eso es porque las quiero menos que a usted.
—Conque ¿a quien quiere usted más, le dice más claridades?
—Sí, a quien estimo deveras, siempre trato de hablarle la verdad, y si puedo, trato* de sacarla de sus errores.
—¿Pues en qué errores me ve metida? Yo no me tengo por ilustrada ni por sabia; pero tampoco soy muy ignorante: sé muy bien dónde me aprieta el zapato; si ya no es que usted tiene por error el que yo y mi hija nos hayamos separado de las tertulias y bureos, el que frecuentemos los templos, el que confesemos, que recemos…, en fin, el que tratemos de mudar de vida y buscar a Dios.
—No, no, señora –decía el licenciado–, yo no puedo calificar por yerro la virtud. Todo eso que usted dice es muy bueno, cuando se hace como se debe hacer; pero cuando no: cuando un humor extravagante, y no la gracia divina, nos hace parecer virtuosos, entonces nuestra devoción es falsa, no merece otro nombre que el de gazmoñería, y por consiguiente nos hace incurrir en mil errores. Usted y otras beatas como usted creen que la virtud consiste en no quebrantar los mandamientos descaradamente, en rezar mucho, en ir a las iglesias donde hay música, y en ser insociables, fanáticas y simples. Persuadidas con estos bellísimos principios, quebrantan en uno todos los preceptos del Decálogo, se hacen unas hipócritas alucinadas, unas vagamundas de iglesias, sempiternas habladoras de virtud, odiosas a los suyos y despreciables a la misma sociedad en que viven482. No es esta una pintura exagerada de nuestras beatas, es un retrato fidelísimo de ellas. Yo no veo por ahí otra cosa que viejas y aun mozas aturdidas que hacen consistir la virtud en meras exterioridades, al tiempo mismo que ignoran cuál es su religión y el grado de obligación que les imponen sus suaves preceptos.
»Yo pudiera decirle a usted mucho sobre esto; pero sé que no me ha de oír con gusto; y así solo le digo que cumpla exactamente los diez preceptos del Decálogo y no hará poco; cumpla con las obligaciones de su estado; conforme su voluntad con la de Dios, y créame que será verdadera virtuosa, su devoción será legítima no contrahecha, y, aunque no rece una novena en su vida, se salvará lo mismo que san Pedro; mas si, por el contrario, usted no cuida de observar los preceptos de nuestra ley divina, si se desentiende de las obligaciones que le impone su estado, si solo quiere hacer su gusto por capricho, sin sujetarse al dictamen de un prudente director espiritual, incurrirá en mil errores pecaminosos, se obstinará en ellos, se hará una completa alucinada, faltará mil veces al amor de Dios y del prójimo, y de consiguiente, si la sorprende la muerte en este infeliz estado, se irá a los profundos infiernos, atestada de novenas, camándulas, escapularios, medallas, confesiones y comuniones483.
p. 318»No crea usted que estas son mis cosas, como usted dice; son cosas muy ciertas e infalibles. La falsa devoción, especialmente entre las mujeres, es muy común; sois extremosas, no hay remedio: si dais en malas, el mismo Barrabás no os iguala484, y si dais en parecer buenas… en parecerlo digo, entiéndame usted, si dais en esto, sois supersticiosas, exteriores, monas ridículas hasta no más485. ¡Fuego y qué sexo tan endiantrado es el vuestro que con dificultad se contiene en los medios, sino que casi siempre declina hacia los extremos! Ten cuidado, Dionisio, ten cuidado con tu mujer ahora que aparenta santidad. Ya sabes, ¿eh?, ya sabes que de estas que no comen miel, libre Dios nuestros panales486. El diablo son estas santurronas, falsas devotas y verdaderas hipócritas, cuenta con ellas.
—No fuera malo que usted la tuviera con su lengua, mordaz, faceto, malcriado…
Así se explicaba doña Eufrosina, llena de enojo contra el licenciado Narices; pero este, con mucha sorna, le decía:
—¿Qué tal? ¿Me engaño de mi juicio, señoritas? ¿Ve usted y qué pronto se le exalta la bilis y cómo se desahoga de la manera que puede contra mí? Pues a fe que ese enojo, maldita la prueba que hace de la virtud de usted. El mismo día que ha comulgado se irrita contra quien le da una lección moral, lo mismo que si le hiciera un agravio. ¡Comuniones! ¡Ah!, rezos, novenas, trisagios, jubileos, visitas de cinco altares, oración mental, etcétera, etcétera, pero la soberbia en su lugar, el rencor con el prójimo, lo mismo, y todo lo demás idem compuesto de is487. Esto se llama, señora, traer el rosario al cuello y el diablo en la capilla488.
—¡Qué buen predicador va usted saliendo! Yo creía que solo mi cuñado tenía esa gracia.
—No, mi señora, yo también la tengo cuando quiero. Sé predicar; pero lo peor es que para usted predico en desierto. Tú Dionisio, hijo, que me escuchas con tu acostumbrada calma, penétrate de mis razones: no te dejes alucinar de tu santa mujer; ponte los calzones; haz que* cumpla con sus obligaciones, que atienda, que cuide de su casa y de sus criados, que no sea mitotera ni vagamunda a lo divino; y si no se reduce por bien, palo con ella, que buenos lomos tiene489…
—¡Miren qué maldito Nariguetas! –decía Eufrosina, montada en rabia–, groserón, malcriado, indecente. Todas las cosas de usted se le parecen. ¡Mire qué consejos tan endiablados le da a Dionisio! Ya se guardará de tomarlos. Sí, ¡pobre de él si el diablo lo tentara a impedirme mi gusto, ni tocarme un pelo, que buenas uñas tengo para defenderme en ese caso!
Apenas dejó de reñir doña Eufrosina, cuando tomó la palabra la tía doña María y dijo:
—No hay qué hacer; los tiempos están perdidos; ya no solamente faltan los buenos cristianos de marras, sino que se enfurecen contra los que quieren serlo. Si digo yo que este señor licenciado, con perdón de ustedes, o es hereje, o le faltan dos deditos. Abrenuncio490: ¡Dios me libre de estos sabiondos del infierno; salvo sea el lugar!… –Diciendo esto, se persignaba muy seguido.
p. 319Cosquillas le hacían al licenciado con estas cosas, y más se reía cuando para coronar la fiesta, dijo Pomposita:
—Mamá, tía, cállense la boca, no hay que incomodarse demasiado con este buen señor que Dios perdone, así como debemos perdonarlo. Jamás han faltado en el mundo perseguidores sangrientos de la virtud. ¡Qué baldones, qué injurias y denuestos no sufrieron por ella los Franciscos de Asís, los de Borja, los Juanes de Dios, los Estanislaos Koskas491!... Pero ¡qué más!, al Maestro de la virtud, a la misma Santidad, a Jesucristo ¿no trataron de hechicero y sublevador de la república sometida al imperio del césar romano?, ¿y por estas execrables calumnias, no lo hicieron morir en una cruz? ¿Pues qué hay que admirarnos de que este caballero nos insulte por esta misma causa? Lo que debemos hacer es seguir impávidas con paso firme el camino comenzado, sin escuchar los silbos de las serpientes ni los cantos de las sirenas de este mundo. Armémonos, mamá y tía mía; armémonos de fortaleza en el Señor y digámosle siempre con el santo profeta rey que nos libre del hombre inicuo y engañoso, ab homine iniquo et doloso erue me*, acordándonos con el profano Horacio de que el que quiere llegar a la meta o término de la carrera, tiene que sufrir y vencer mil obstáculos492.
»Esto es, señores, lo que me parece conveniente decir a ustedes en descargo de mi conciencia, pues no porque presuma enseñar a ninguno, no, Dios me libre de semejante presunción, está mi humildad muy lejos de esta arrogancia, soy barro frágil*, soy polvo deleznable, soy la tierra que todos pisan; pero como humana me lastiman las injurias hechas a mi mamá; sin embargo, yo por mi parte las perdono.
El discurso pedante e hipócrita de Pomposa hubiera seguido si diera lugar el licenciado con su risa burlona, que fue tanta, que no pudiendo refrenarla, se levantó de la mesa y se fue a tirar a un canapé apretándose la barriga, lo que aumentó la cólera de nuestras beatas.
Pomposita y su madre se retiraron enojadas, y la tía doña María también se levantó de la mesa rezongando unas cuantas blasfemias contra el risueño licenciado, y se marchó sin decir ahí quedan las llaves493. Don Dionisio se manifestó avergonzado por el poco fruto que sacó de su preparativo; doña Matilde y Pudenciana se afligían al contemplar el grado de delirio de sus deudas; el padre don Jaime decía que eran humoradas pasajeras; el coronel todo lo escuchaba con prudencia, pero Narices, después que se cansó de reír, dijo a don Dionisio:
—No pienses, amigo, que hemos logrado poco; ellas van como perro con cohete en la cola, ardiendo contra mí; pero van espantadas de que les he sacado a plaza su hipocresía, y lo peor es que no es otra cosa. No te fíes de tu mujer ahora y menos de tu hija. Sábete que cuando yo era colegial tuve unos amorcillos puramente platónicos con una muchacha inocente y a la que su madre tenía en gran concepto de virtuosa; pero no obstante, se iba a almorzar conmigo a la Alameda con una prima suya cada vez que yo quería; ¿y cuál piensas que era el pretexto con que salían de casa? No otro sino el de que iban a confesarse y a comulgar. De manera que si yo he sido más tunante o ellas más locas, sucede una avería bajo unos pretextos muy engañosos. Conque no te descuides.
p. 320El coronel apoyaba con la cabeza el consejo del licenciado, y doña Matilde, cansada de esta crítica contra su hermana, trató de que nos recogiéramos a pasar* la siesta, lo que hicimos cada uno según su gusto.
Tres horas habrían pasado cuando estando tomando chocolate en la sala, entró una criada diciendo:
—Señores, el paje dice que han matado los caballos a la niña.
Fácil es concebir el efecto que causaría en todos semejante noticia. Sorprendímonos, bajamos al patio, entramos a la caballeriza y encontramos a Pomposita privada, en brazos del lacayo, con unas tijeras en una mano y un manojo de cerdas en la otra; el caballo*, azorado todavía y sin un pelo en la crin ni en la cola, nos hubiera sido un objeto de risa, si lo permitiera la triste situación de Pomposa, a quien subieron las señoras a la recámara y, habiendo llamado al médico a toda prisa, le proporcionaron todos* los remedios oportunos.
Entretanto que Eufrosina, la tía vieja, doña Matilde y Pudenciana, con lágrimas, gritos y apretones de manos, aplicaban a la enferma las medicinas que el médico ordenó, el cuitado don Dionisio se desgreñaba y pateaba en la caballeriza al ver a su caballo tan mal parado, ignorando la causa de semejante fechoría; el lacayo, aturdido con las amenazas del amo, no sabía qué decir, pues en realidad el pobre no vio entrar a la niña, y solo acudió a favorecerla al ruido de las coces del caballo y del fuerte grito de Pomposa.
Sin embargo de todo esto, no se aquietaba don Dionisio: lo hizo encerrar en un cuarto, con intención de matarlo a palos si averiguaba que había estado en él la culpa.
Así que calmó un poco su primera cólera, subió a ver a su hija, a la que halló enteramente buena, pues más fue el susto que el daño que recibió. Entonces la preguntó que quién había tusado a su caballo, porque si había sido el lacayo, le iba a dar tanto palo que de su casa iría al hospital y de este a la sepultura494. «Mas que me ahorquen –decía–, mas que me ahorquen, esta infamia no la perdonaré en mi vida».
Pomposita agitada por su conciencia escrupulosa le dijo que el muchacho no tenía la culpa, que ella había trasquilado al caballo porque no le alcanzaban las cerdas que le había llevado su tía doña María para hacer su cilicio; pero que si había hecho mucho mal en esto, suplicaba el perdón humildemente.
Cuando don Dionisio se impuso a fondo de que su hija había sido la autora de semejante daño, poco le faltó para afianzarla y darla una tunda como la merecía, pero se contuvo por el respeto de su cuñado y los demás señores.
—¡Vean ustedes! –decía–, ¡haberme perdido esta maldita muchacha un caballo tan lindo y generoso que me costó trescientos pesos! ¡Voto a…!
p. 321—No te aflijas tanto –decía el licenciado disimulando la risa–, para todo hay remedio en esta vida.
—Pero para esto no; ¿qué remedio puede haber para que le nazcan las crines y la cola a mi caballo, cuando este diablo lo tusó enteramente, y está tan feo que ya no queda para otra cosa sino para echarlo a la carga? ¿No te hubiera matado, condenada, que bien lo merecías?
—Vamos, hombre, no te apures –continuaba el licenciado–. Dime, ¿no hay quién haga cabelleras y casquetes para los calvos y tiñosos?; pues ¿por qué no habrá quien haga crines y colas para los caballos tusados? Se harán, se harán, y yo me encargo de ello. Buscaremos un caballo de igual pelo, lo compraremos, se tusará y con sus crines y cola se suplirán las que le faltan al retinto.
Algo se serenó don Dionisio con este consejo, a cuya serenidad procuraron todos concurrir del mejor modo que pudieron. Pomposita, así que vio a su padre tan enojado, tomó el partido de fingirse más adolorida del estómago para indultarse del castigo que aún esperaba; se le repitieron los remedios, y a poco rato de su nueva convalecencia, se despidieron todos y se retiraron a sus casas.
¿Quién no se persuadirá a que Pomposa, escarmentada con este lance en que pudo haber peligrado su vida, se dejaría de sus ridículos fervores? Pues no fue así, su vocación no estaba pegada con oblea495; era muy tenaz en sus proyectos y así emprendió otro que le salió más caro que el antecedente, como se verá en el Capítulo que sigue.
i incomodarse] mudarse 1836, 1842.
ii ratos] rezos 1836, 1842.
iii rezaban] lo hacían 1842. Probablemente se sustituye para evitar la redundancia léxica.
iv volvían] volvía. La concordancia aparece corregida en la cuarta edición.
v estado] estado muy 1836, 1842.
vi La tercera y la cuarta edición añaden aquí «P.» (padre).
vii ligeras] ligeros. La concordancia aparece corregida en la cuarta edición.
viii encargaría] cargaría 1836.
ix güera] huera. De la misma forma que en el capítulo XV, he sustituido la grafía del original, con h- inicial, por güera (‘rubia’), para evitar la confusión con huera (‘podrida, corrompida’, Santamaría), si bien esta última forma era también usada como variante de la primera.
x trato] procuro 1836. Probablemente se sustituye para evitar la repetición léxica. Así aparece después en todas las ediciones del siglo xix.
xi haz que] hasta que 1831. Las ediciones posteriores corrigieron lo que parece una errata del original: la pausa después de «ponte los calzones» y la siguiente enumeración hacen pensar que esa es la lectura correcta.
xii En la cuarta edición la cita bíblica aparece con la variación ab homine iniquo et doloso libera me.
xiii barro frágil] harto frágil 1842. Las imágenes posteriores que construyen la isotopía demuestran que esta fue una lectura incorrecta.
xiv Eliminado en la tercera y cuarta edición.
xv caballo] cabello 1842. Errata quizás motivada por la aproximación a «pelo» y «crin» siguientes.
xvi Eliminado desde la tercera edición.
470 Hasta levantar el petate: «salir el último de una fiesta, o de cualquier reunión» (Santamaría).
471 Cáfila: coloquialmente, ‘multitud’ (DRAE), sobre todo aplicado a personas o cosas en constante movimiento, aquí, rezar novenas ‘sin orden ni concierto’.
472 De dónde bueno: fórmula de salutación.
473 El convento de la Merced fue uno de los más lujosos e importantes de todo México. Su fundación se inicia con el siglo xvii, y funcionó hasta 1861 cuando fue demolido con las Leyes de Reforma. Se situaba en el quinto cuartel (en la linde este del tercero), en la calle del mismo nombre; aparece en el Plano general con la letra E. Entendiendo que la iglesia veneraba a la Virgen de la Merced, y no se refiere a algunas de las otras fiestas de la Virgen, la escena relatada sucede un 24 de septiembre.
474 En algunos otros momentos de la novela también se acude a una inicial preservando la identidad del nombre. «N.» puede estar simplemente por nomen (‘nombre’), como se hace frecuentemente en los textos para indicar que no se sabe o no se dice un nombre, y que la letra lo sustituye.
475 Como se dijo respecto de la explicación del escándalo como vicio que atentaba la virtud, esta exposición está tomada casi directamente de los libros de instrucción moral y los catecismos del momento.
476 Pintar a esta: entiendo que los verbos pintar y dibujar aquí están figuradamente por ‘criticar, enjuiciar’. Palito: ‘bastón’ [Palazón Mayoral IV.4, nota 15].
477 Sumpción, sunción: ‘recibir o tomar la comunión en la misa el sacerdote’. He mantenido la grafía del cultismo tal como aparece en la primera edición de 1832.
478 Flavio Heraclio Augusto (c. 575–641) fue emperador de Bizancio desde el año 610 hasta su muerte.
479 Constantino I o Constantino el Grande fue el emperador romano entre el año 306 y 337. Ha pasado a la historia de la Iglesia como el artífice de la concesión de libertad de culto al cristianismo a partir del Edicto de Milán (313).
480 León I el Grande, papa de la Iglesia católica entre los años 440 a 461, probablemente el papado de mayor relevancia de la Antigüedad cristiana. Dióscoro I fue patriarca de Alejandría entre el 444 y 454. Ambas autoridades enfrentaron sus posturas dogmáticas en el Concilio de Calcedonia (451), a partir del que fue depuesto el patriarca alejandrino. San León es autor de un amplio epistolario; la carta aquí aludida en el texto de Villanueva es lugar común de los catecismos y obras religiosas del tiempo cuando se trata sobre la obligatoriedad de asistir a misa en domingo. En las ediciones más antiguas aparece como carta número LXXXI, en las ediciones del xviii suele alternar con los números IX y XI. Efectivamente, la segunda parte de esta correspondencia reza: De iteratione sacrificii, quod repetere oportet eaden festivitatis die, cum et basilica agustior est qum ut totum simul populum capere queat, et ingens fidelium multitudo convenit.
481 Como declara el propio coronel, la cita procede del libro De la reverencia con que se debe asistir a la misa, y de las faltas que en esto se cometen, de Joaquín Lorenzo Villanueva (Madrid, Imprenta Real, 1791). El pasaje corresponde a las páginas 78–80 del original, con ligeras modificaciones en algún momento y la supresión de pasajes que ya eran señalados en la edición original con puntos suspensivos. Los dos últimos datos que incluye la cita (la institucionalización de un solo altar en cada templo y su conservación entre los diferentes pueblos aludidos) proceden de las obras de Giulio Lorenzo Selvaggio (Antiquitatum christianarum institutiones, 1772–1776) y Alessio Aurelio Pelliccia (De christianae ecclesiae primae, mediae et novissimae aetatis politia, 1745), fuentes declaradas en la obra de Villanueva.
482 Vagamundas: ‘vagabundas’. El Diccionario de mejicanismos de Ramos y Duarte recoge esta variante como propia de Durango. Actualmente aparece marcada como vulgar en el DRAE.
483 Camándula: «rosario de uno o tres dieces».
484 Según los evangelios, Barrabás fue el preso indultado de la pena de crucifixión por Poncio Pilatos ante la aclamación popular, en lugar de Cristo. Ha pasado a la tradición como encarnación de la maldad.
485 Monas: «cualquier figura que aparenta tener el sexo femenino, sobre todo las de la baraja» (Santamaría).
486 De esos que no comen miel, libre Dios nuestros panales: «dicho popular que significa que hay que tener cuidado con los hipócritas que utilizan la timidez y la bondad como disfraz» (Refranero mexicano).
487 Trisagio: «himno en honor de la Santísima Trinidad, en el cual se repite tres veces la palabra santo» (DRAE). Idem compuesto de is: fórmula común en las gramáticas latinas, aquí con valor enfático, por ‘otra vez lo mismo’.
488 Traer el rosario al cuello y el diablo en la capilla: «Aplícase al hombre que da muestras de virtud en lo exterior, teniendo muchos vicios ocultos» (Caro y Cejudo, Refranes y modos de hablar castellanos, cito por la edición de Madrid, Imprenta Real 1792, p. 110).
489 Mitotera: ‘alborotadora’ (Diccionario de americanismos); «bullanguera, amiga de diversiones» (Santamaría); derivado de la palabra de origen náhuatl que designaba un baile o danza azteca, mitote.
490 Renunciar completamente, utilizado también como interjección de rechazo. En las dos primeras ediciones aparece con la forma antigua con asimilación de la -b-, arrenunciar.
491 No parece existir entre estos cuatro santos de la Iglesia católica una especial relación con la persecución religiosa a la que alude Pomposita. Para la configuración del personaje, aunque no sean estos modelos evidentes que puedan rastrearse en los pasos siguientes, este rosario de santos sustituye a los caballeros andantes cuyas aventuras reproduce don Quijote. En este sentido, es interesante que Palazón Mayoral recuerde en su edición que san Francisco de Asís y san Juan de Dios fueron acusados de locos en su tiempo (IV.4, nota 34).
492 La cita en latín procede de los Salmos (43.1); la del poeta latino Horacio que recuerda Pomposa es probablemente Nil sine magno, vita labore dedit mortalibus («nada se ha dado al hombre en este mundo sin gran trabajo»), recurrente en los diccionarios de máximas y sentencias del momento.
493 Ahí te quedan las llaves: «expresión usada para dar a entender que alguien deja el manejo de un negocio sin dar razón de su estado» (DRAE).
494 Tusar: «cortar las crines de las caballerías según un modelo determinado» (Diccionario de americanismos), y en general, ‘rapar’ o ‘cortar el pelo’. Su uso, extendido en prácticamente toda Hispanoamérica, se considera obsolescente hoy día, y asociado a contextos populares y coloquiales.
495 Oblea: hoja delgada hecha con harina, sal y agua y utilizada para sellar sobres y cartas.
