Capítulo XXXII Hallazgo de la ermitaña Quijotita, y peregrino desenlace de su santidad y la de su madre
Entre contenta y asustada subió al coche doña Eufrosina con su marido, creyendo hallar a su hija verdaderamente loca, según lo que le había contado el carbonero.
Luego que llegaron a la miserable choza de este, se apearon y entraron a buscarla.
No es menester ponderar cuál sería el sentimiento de ambos al verla con su saco verde, tirada en un petate, ardiendo en calentura y delirando. Los gritos, llanto y exclamaciones de su madre eran tales que los pobres indios se enternecieron y también comenzaron a llorar.
Finalmente, la abrigaron, la subieron al coche, dieron una buena gala a los indios, y poco a poco la condujeron a su casa.
Sin pérdida de tiempo vino el médico y se trató de curarla con el mayor esmero.
Por fortuna se comenzó a restablecer hasta que quedó fuera de riesgo, aunque demasiado triste y débil.
Doña Eufrosina, para que su hija no pensara otra vez en ser ermitaña, tiró a la calle los cilicios, cerdas, saco, disciplina, calavera y hasta la caja.
No solo esto hizo, sino que para quitarle toda ocasión de que volviese a prevaricar con la virtud (que de esta frase usaba), hizo un escrutinio de todos los libros que había en su casa, y habiendo recogido todos los piadosos y como quinientas novenas, se bajó al corral con ellos, llamó al lacayo, mandó hacer una hoguera y cuando estaba bien encendida, los echó todos diciendo526:
p. 331—Id al fuego pervertidores del talento de mi hija. No, no más virtud en mi casa, no más libros devotos*, no más encierro, no rezos. Desde este instante yo haré que vuelva a reinar en el corazón de mi hija la alegría y que se divierta como siempre.
Algo se escandalizó el lacayo con esta arenga; pero mucho más la beata, que la había estado observando desde la azotehuela527; pero ninguno de los dos se atrevió a embarazar la quemazón, porque conocían el genio intrépido y dominante de Eufrosina.
Esta cumplió fielmente su promesa, pues luego que Pomposita se fue mejorando, no cuidó de otra cosa sino de darle cuanto gusto quería*. Le hizo nuevos vestidos de toda moda, armó las antiguas tertulias, le permitió todo desahogo con los jovencitos que la cortejaban y la consintió cuanto quiso.
No había fiestecita donde no la llevara; jamás faltaba de los toros, y del Coliseo muy pocas noches; las amigas se multiplicaron sin número, y todas la lisonjeaban a porfía, con lo que acabaron de corromper su corazón y de llenar de vanidad su cabeza.
Ya se deja entender que el desorden entró de asiento en la casa de don Dionisio, quien, como tan acobardado por su mujer, no hacía más que gastar, contraer drogas y callar. En esto paró la desmedida virtud de doña Eufrosina y su buena hija; pero ¿qué otra cosa se debe esperar de una devoción falsa ni de una virtud aparente y mal entendida?
El coronel y doña Matilde se tostaban con las locuras de su hermana y sobrina528; pero no quisieron meterse en advertirla, conociendo su capricho y que cualquiera oposición sería un estímulo para que lo hiciera peor; y así convirtieron todo su cuidado a Pudenciana, quien no dejaba de sentir ni de reír las extravagancias de sus parientas.
El coronel* sabía aprovecharse hasta de los vicios de Eufrosina y Pomposa para dar a su hija lecciones de virtud; y esta las escuchaba con amor, las practicaba con cuidado y percibía con gusto su utilidad.
Tuvo varios pretendientes; de todos y de cuanto le decían daba cuenta a sus padres, y estos le dictaban cómo se debía manejar. Fácilmente discernía el coronel cuál era el carácter de cada uno, cuáles sus intenciones, cuál su conducta: hacía ver a su hija que todo era siniestro, malo, inconveniente para ella, y los despedía sin sentimiento suyo y con la mayor docilidad.
El primero de estos que la solicitó fue un mocito azucarado y sin destino. Este le escribió una carta muy expresiva, en la que la colmaba de alabanzas, y le aseguraba su eterno amor y rendimiento.
Ella puso el papel en manos de su padre, quien le dijo:
—Todas estas alabanzas que este te hace no pasan de unas lisonjas estudiadas para rendir tu corazón sencillo, y esta es una verdad que bien la puedes conocer sin mayor reflexión. Te dice que eres la más hermosa de cuantas hay, que eres una deidad, que eres un ángel, que tus mejillas son rosas, tus ojos soles, tu boca rubí, tus dientes perlas, tu cuello alabastro, tus cabellos hilos de oro, etcétera. Bien ves que todas estas expresiones son mentiras, pues eres una mujer humana como todas; que, aunque no eres fea, no tienes una hermosura peregrina, y cuando no pudieras o no quisieras confesar que es así, el espejo te haría conocerlo, por más que no lo confesaras.
p. 332»Por lo que hace al imponderable amor que dice te tiene, y que al instante que te vio te adoró con la mayor pasión, es otra mentira vieja de que usa esta clase de amantes. Es muy difícil por no decir imposible apasionarse de una mujer, por hermosa que sea, a la primera vista: ¿cómo creeremos esto cuando se le dice a una mujer no muy hermosa, y quizá aun fea, si es rica? Pues ello es que a todas se les dice.
»Por otra parte, los juramentos que te hace de que será tuyo hasta la muerte son tan seguros como los que hace el jugador, acabando de perder, de que no volverá a tomar los naipes en su mano. En estos juramentos casi siempre interviene o la ceguedad o la malicia del que jura. Cuando están realmente apasionados o ciegos por lo que aman, creen que jamás dejarán de amar a su objeto, y así se lo aseguran sin mentir pero engañados, pues apenas lo poseen, cuando su amor se entibia, y de la tibieza pasa al aborrecimiento cuando el amor no es puro. Por esto dice monsieur de la Rochefoucauld que el amor es lo mismo que el fuego, que no puede subsistir sin un movimiento continuo, y deja de vivir desde que deja de esperar o de temer529.
»Cuando los amantes no juran por ceguedad, sino por malicia, ya se conoce su criminalidad; pero la mujer prudente debe estar alerta para no fiarse de semejantes promesas en ambos casos, pues cualquier credulidad en ellas es funesta.
Sobre los rendimientos y humillaciones con que escriben los hombres es menester que las niñas estén muy sobre aviso*. Generalmente todos son humildes cuando pretendientes, y por casualidad no son tiranos luego que poseen. Entonces, satisfecha la pasión o el apetito, reconocen los defectos de la mujer: si son ligeros, o los toleran con prudencia cuando son capaces de esta virtud, o los aborrecen con la persona; y si son graves, excitan todo su odio y su venganza. Conque cuidado, hija mía: despide a este ocioso con verdad y sin descortesía, y no te fíes de papelitos tiernos, sino de acciones comedidas y de calificada hombría de bien.
Por medio del secreto de comunicar Pudenciana los suyos con sus amorosos y prudentes padres, logró que no se burlara de ella ningún seductor; que su honra estuviese en su lugar; que, aprendiendo a distinguir el mérito de los hombres por la práctica, supiera, por fin, conocer quién la amaba con sinceridad, o quién con embuste; y, por este seguro y no bien ponderado* medio, consiguió hacer su perpetua felicidad, como verá el lector si quiere leer un poco más.
i La cuarta edición omite «no más libros devotos».
ii cuanto gusto quería] gusto en todo 1842.
iii El coronel] Su padre 1842.
iv sobre aviso] prevenidas 1842.
v por este seguro y no bien ponderado] por este bien y considerado 1842.
526 Aquí son los libros de devoción los que se consideran culpables de la locura de Pomposita: una novena era el folleto o libro «en que se contienen las oraciones y preces de una novena» (DRAE), la práctica de oración ofrecida durante nueve días a un santo o a una virgen. Podía contener, frecuentemente el primer día o como prólogo, un texto de vida con el itinerario espiritual o catálogo de milagros del santo al que se ofrecía. El recuerdo del escrutinio de la librería de don Quijote es evidente (I.6) y así procede la escrutiñadora doña Eufrosina, como los vecinos del caballero manchego.
527 Azotehuela: «patio interior, techado o no, de una casa o de un departamento» (Diccionario de americanismos, mex.)
528 Tostar a uno: ‘perjudicarlo, agraviarlo’ (Santamaría).
529 La cita procede de la obra de máximas de Rochefoucauld (1665), probablemente de la traducción de Luis de Luque y Leiva, Reflexiones, sentencias y máximas morales de Mr. de la Rochefoucault, Cádiz, imprenta del Traductor, 1784 (102).
