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Capítulo XXXIV En que se continúa la juiciosa conducta de Pudenciana y los despilfarros de Pomposita

Pudenciana y Pomposa vivían muy contentas en sus casas; aquella amada y obsequiada de su marido, y esta cortejada y querida de sus muchos adoradores y pretendientes.

Pudenciana, instruida por su padre, y lo que es más, enseñada por el buen ejemplo de su madre, se consagró enteramente a darle gusto a su esposo en cuanto dependía de ella, y este, necesariamente, la amaba cada día con más ternura.

No se notaba nunca en sus semblantes la menor displicencia, porque los dos se amaban con verdad, y excusaban con prudencia toda porfía, toda disputa que pudiera turbar la tranquilidad de sus espíritus.

Pudenciana sabía muy bien manejarse como mujer amada, reconociendo al mismo tiempo la superioridad de su marido y la dependencia necesaria que le constituía su inferior; y así jamás le preguntaba a dónde iba ni de dónde venía, tampoco investigaba sus secretos ni le tomaba cuenta del dinero que adquiría con sus arbitrios; mucho menos se oponía a su grito* para nada, ni disipaba en lujo ni en modas el sudor de su rostro. Se contentaba con la decencia a que estaba acostumbrada en su casa, y cuando don Modesto quería hacerla una gala, solía ella decirle que no la necesitaba, que tenía suficiente ropa, que no estaban seguros ninguno de los dos de enfermarse y en este caso mejor sería hallar en el baúl cien pesos que una mantilla de punto o cosa semejante.

Con este modo amarraba más y más a su marido, quien como hombre de bien nunca abusó de la docilidad ni prudencia de su esposa. Sabía que era su superior, no su tirano; que lo debía obedecer; pero no temblar en su presencia, pues era carne de su carne, una misma con él, y no su esclava.

p. 340Como los dos conocían cuáles eran sus derechos y sus obligaciones, y tenían el talento y la disposición necesaria para no abusar de aquellos y cumplir con estas, se pasaban una vida harto feliz.

No cooperaban poco los padres de Pudenciana, que no eran de los suegros comunes. Siempre le inspiraban a su hija los nobles y cristianos sentimientos que debían; ella los observaba con su acostumbrada docilidad, y de este modo hacía la felicidad de su esposo, la suya y la de su familia.

Don Modesto no era rico ni pobre; su comercio le daba lo necesario para mantenerse con una decente medianía, la que jamás faltó en su casa con el auxilio de una tan buena esposa, que no solo sabía ahorrarse de modas y de dijes superfluos, sino que, sin tocar la raya de la miseria, economizaba todo lo posible, lo que encontraba don Modesto cuando la urgencia lo pedía.

Dentro del tiempo regular, tuvieron un niño que dio a luz Pudenciana con el parto más feliz. Desde entonces se consagraron los padres a su cuidado y los abuelos estaban encantados con el nietecito, que era las delicias de toda aquella honrada familia.

Entretanto, Pomposita se pasaba una vida bien alegre, consentida por sus padres, mimada por las amigas y lisonjeada constantemente por una chusma de aduladores corrompidos.

Ella se complacía con los rendimientos que le hacían, creyéndolos sinceros, y fiada en su hermosura y en sus gracias, solo trataba de acrecentar el número de esclavos, que así llamaba a sus amantes. Su misma soberbia y vanidad la preservó por mucho tiempo de ser el juguete del amor.

Como no amaba a ninguno, y solo trataba de burlarse de los hombres, creyendo que no había quien la mereciese, no se hacía cargo del mérito particular de nadie; y así no estimaba a ninguno, aunque estafaba al que podía, pues no rehusaba admitir los obsequios que la solían hacer de cuando en cuando. ¡Pobres de los tontos que se sacrifican por conquistar con dones el corazón de una loca presumida! Ellos pagan de contado su necedad; pero también pagan ellas su locura, y a más precio.

Pomposa, a quien todos conocían por la Quijotita, apoyada con el consentimiento de su madre, no pensaba en otra cosa que en pasear, estrenar y perder el tiempo y el dinero.

El bueno de don Dionisio no sabía negarse a nada de lo que querían su mujer y su hija. Como hombre débil y acobardado, condescendía con todas las extravagancias de su familia y se sacrificaba por complacerla en sus más ridículos antojos.

Él tenía sus aflicciones interiores, que no manifestaba por no disgustar a las señoras, y estas, pensando que sobraba para todo, no hacían sino pedir, gastar y divertirse; pero ¡cuánto más nos engañan las felicidades de la vida si no vinieran siempre seguidas de la pena y de la desgracia! La tristeza llega tras la alegría, y el infortunio pisa la cauda del placer y del contento535. Esto nos ha enseñado la verdad misma, y lo vemos todos los días por la experiencia.

p. 341Si los hombres y las mujeres se aprovecharan de los consejos que leen en los libros, o de los que les dan las gentes timoratas y su propia experiencia, no se vieran tantas familias desventuradas en el mundo; pero, por desgracia, a la hora del placer nadie se acuerda, por más que se lo digan, de que llegará muy en breve el rato de la pena y la congoja. Tal vez un gusto labra nuestra aflicción perpetua.

La familia de don Dionisio se dio tanta prisa en disipar, que no fueron bastantes sus bienes a cubrir por más tiempo aquel grande desorden. Su caudal había consistido en una tienda mestiza y una hacienda en jurisdicción de Cuernavaca536; pero con la despilfarrada conducta de aquellas gentes, vino a deudarse como en doce años los réditos de veinte y ocho mil pesos que reconocía la hacienda, y la tienda ya solo se conservaba en fuerza de contraer todos los días nuevos créditos, y como ni estos, ni otras cantidades que en lo particular había pedido don Dionisio para satisfacer los caprichos de su mujer e hija, podía pagar, y lo agitaban ya por todas partes*, al tiempo que estas no cesaban de sacrificarlo, temiendo descubrirse hasta con ellas por no caer en desprecio, tomó la resolución de abandonarlo todo, y para ello hizo realizar quinientos pesos de efectos con pérdida considerable, y cambió treinta y seis onzas de oro, todo con el mayor secreto; y con el mismo, una madrugada hizo ensillar su caballo, y sin más que su manga, sable, pistolas y sus treinta y seis onzas, salió a las cuatro de su casa, sin decir al criado más sino que volviese a cerrar el zaguán.

A las nueve de la mañana que se levantó Eufrosina, preguntó por el amo, y aunque diciéndole el mozo la hora y modo como salió, lo extrañó demasiado. Como que nunca se había dado igual caso, no sospechó lo sucedido, y fue a levantar a su hija con quien a las once se fue a misa, de allí a una visita, y volvieron a las dos de la tarde. Después de haber descansado, y avisadas de estar ya la mesa puesta, preguntó Eufrosina si había vuelto don Dionisio, y como supo que no, entró en algún cuidado lo mismo que Pomposita; sin embargo, como no sabían aún el horroroso abismo de desdichas en que estaban sumergidas, comieron con desahogo, durmieron su siesta y a las cinco se fueron de paseo. Mas como a su vuelta preguntaran por el señor Langaruto, y se les contestara que aún no parecía, ya no pudieron esperar más, y para comunicarle el caso mandaron el coche a mi tutor, suplicándole pasase inmediatamente, y como el paje, sin embargo del encargo que le hicieron de que nada dijera, con palabras a medias dio a entender lo que había, mi tutor me dijo lo acompañase, y entrando al coche, en un momento estuvimos en la otra casa, donde encontramos a todos en la mayor confusión, pero mucho más a doña Eufrosina que, en medio de su desarregladísimo manejo, amaba a su marido, aunque no con aquel amor puro y prudente que se deben tener los consortes. Luego que ella vio a don Rodrigo, con la mayor agitación le contó lo que pasaba, diciéndole la hora y modo cómo se salió, por lo que este, teniendo en cuenta las costumbres de don Dionisio, y las muchas ocasiones que hay en los juegos y en los bailes, de que los hombres se desafíen, infirió que algún duelo lo habría llevado a tal hora solo y con armas; así lo dijo a su concuña, añadiéndole que en tales casos los hombres solían dejar cartas para que sus familias y amigos se instruyeran, y que por lo mismo era bueno registrar su despacho, para que si algo alusivo se hallaba con esas noticias, proceder a buscarlo con algún acierto. Aprobó doña Eufrosina, e inmediatamente nos dirigimos al despacho, en donde esta suplicó al coronel buscase, porque ella no tenía aliento, y con las piernas temblorosas, no pudiendo mantenerse en pie, se sentó en un sofá, mientras yo alumbraba a mi tutor; él buscaba y Pomposita seguía con sus ojos llorosos las manos del coronel, hasta que encontró un octavo de papel en que con mal formados caracteres, aunque de mano de don Dionisio, decía:

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A Dios para siempre familia idolatrada; en mi escribanía dejo escrita la resolución que he tomado y los motivos que me impulsaron a ella, a Dios, a Dios.

Langaruto

No tuvo ánimo mi tutor para leerlo en alta voz, sino que tomándome la vela, fue a presentarlo a Eufrosina. Como Pomposita corrió a ver qué era, ambas se impusieron a un tiempo, y dando un terrible y doloroso grito cayeron desmayadas. Llamamos inmediatamente a los criados, se encargó a la ama de llaves que cuidara a sus amas, y nosotros fuimos a la escribanía, que tenía la llave pegada, y se abrió, a presencia de la beata doña María, que había hecho don Rodrigo quedase allí por precaución, y muy encima de todos los papeles estaban dos cartas, con el sobre la una: «A mi esposa Eufrosina e hija Pomposita» y la otra, «Al señor coronel don Rodrigo Linarte». Mi tutor guardó la primera, rompiendo la suya, que decía así:

Mi estimadísimo hermano y el mejor de mis amigos:

Una carta que dejo a Eufrosina, encargándola la enseñe a usted, le instruirá de mi determinación y las causas poderosas que me la hacen tomar. Yo que, por una debilidad vergonzosa, no tuve la firmeza necesaria para hacerme respetar y obedecer de mi familia, he* ocasionado mi ruina y la suya. ¡Ah!, y si yo hubiese seguido el ejemplo de usted y sus lecciones, no me vería hoy perdido. No digo más porque sé a quién dirijo la palabra, y solo ruego a usted por la sangre preciosa de Jesucristo y por los dolores de su santísima Madre, a quien tanta devoción ha tenido, cuide de mi familia. Ya Eufrosina no tiene marido, ni Pomposita tiene padre; usted sí, usted animado siempre de una caridad cristiana, cuidará de ellas y me las socorrerá cuando le sea posible. Si la Providencia Divina me volviere algún día con mejor suerte al seno de mi familia, yo manifestaré un perpetuo agradecimiento; mas si así no fuere, ese Dios grande remunerador compensará a usted largamente sus buenas acciones. Cuando usted y mi amable hermana dirijan sus preces al Eterno, no olviden a este infeliz que o va a vivir en miserias a un país desconocido, o cuanto antes a descender al sepulcro537.

Dionisio Langaruto

Puede considerarse cuál quedaríamos al escuchar esta carta: yo no encontraba qué decir; la beata lloraba amargamente apretándose los dedos y clamando a toda la corte celestial; y mi tutor, después de un rato de silencio, y diciendo «Es preciso que ella la rompa, para ella es el sobre», se dirigió para la recámara donde estaban madre e hija, siguiéndolo yo y no la beata, que hicimos quedara allí para que no fuera a aumentar la aflicción de aquellas señoras. Las encontramos ya en sí y anegadas en llanto. Procuró mi tutor serenarlas, diciéndolas que todo mortal sabe, a no poder dudarlo, que ha ofendido a su Criador, que es merecedor por lo mismo de sufrir en castigo los contratiempos de esta vida miserable, y que muchas veces nos parecían estos más crueles de lo que son en sí; que acaso no podía dificultarse que volviese a ver pronto a don Dionisio, de quien había encontrado en la escribanía dos cartas, una para él, en que se remitía a la otra que era para doña Eufrosina, la misma que, aunque hubiera querido guardar por algún tiempo para dársela otra ocasión menos angustiada, el deseo de ver si ella alumbraba para hacer algunas pesquisas de los designios y paradero de su autor, le estrechaban a ponerla como la ponía en sus manos para que la rompiera y leyera. Doña Eufrosina no quiso tomarla, diciendo no tenía valor para abrirla, y suplicando a don Rodrigo se la leyese. Todos nos quedamos como estatuas, y mi tutor, rompiendo la cubierta con mano trémula, leyó de la manera que sigue:

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Mi muy amada esposa Eufrosina, mi idolatrada hija Pomposa:

Yo he amado a ustedes con demasiada imprudencia y satisfecho sus caprichos en tal manera que ha llegado el caso, no sólo de agotar mis propios haberes, sino de contraer cuantiosas deudas, que me es imposible pagar. La hacienda está valuada en cuarenta y cinco mil pesos; reconoce veinte y ocho mil, y debiendo doce años de réditos, que ascienden a diez y seis mil ochocientos, solo parecen míos allí doscientos pesos; mas como tengo tomados tres años adelantados de arrendamiento, nada es mío ya, y sí soy deudor del arrendatario. La tienda gira quince mil pesos, debe al comercio veinte y dos mil, y yo debo en lo particular de cinco a seis mil pesos, por todo lo que se ve, que debo una cantidad considerable que no tengo de dónde sacar, y que, urgiendo como me urgen ya bastante los acreedores, que están cansados de mis repetidos plazos con que he podido entretenerlos, van ciertamente a embargarme cuanto tengo, pues que ni con muebles de casa, coche, etcétera, puedo cubrir mis responsabilidades. No queda a ustedes cosa libre más que algunas alhajas que la consideración de los acreedores quieran dejarles. Tú Eufrosina, sí tienes derecho a quedarte con el hilo de perlas y aretes de lo mismo que trajiste tuyos cuando nos casamos y a que te paguen de preferencia los cuatrocientos pesos de los nombramientos de huérfana que cobré tuyos en la Archicofradía del Rosario, y cantidad que hoy debes al consejo que con tiempo me dio nuestro hermano don Rodrigo de otorgarte la carta de dote que queda adjunta538. Hijas mías, yo no puedo sufrir el dolor y vergüenza que esto me causa, ni podré soportar el desprecio del público: al ver mi suerte se reirá con razón de mi necedad que la ha causado; ni puedo ya ser útil a ustedes en tales circunstancias. Yo las dejo encomendadas a la Providencia divina y encargadas a nuestro honrado hermano y único amigo don Rodrigo, a quien encargo den a leer esta para que disponga lo que convenga. El las mirará y auxiliará como padre siempre que ustedes no lo desmerezcan; yo se lo pido en la carta que queda con esta, y que se le mandará al momento; él cumplirá, lo conozco, no lo dudo un momento. Sujétense ustedes a sus consejos en todo, y lograrán ser menos desgraciadas. Yo me voy sin dirección alguna, puesto en mano de Dios, y no volveré a veros jamás si no pudiere algún día aliviar las necesidades a que quedan reducidas; mi ánimo es acabar mis días en algún país desconocido y muy remoto, con otro nombre que no sea el mío. Ya la hora de mi marcha se llega… el momento se precipita… la amargura y el dolor no me dejan aliento… a Dios esposa mía adorada… a Dios amadísima hija mía, a Dios, a Dios… ya no volveréis a ver a este infeliz cuya conducta desarreglada ha sumido para siempre a él y su familia, indiscreta también, en el abismo de la miseria… a Dios, a Dios…

El desgraciado Dionisio

Tan luego como se acabó de leer la carta, volvieron a sus desmayos madre e hija, y duró tanto el de la primera que fue necesario llamar médico, y que yo fuese en el coche a traer a doña Matilde, la que impuesta del caso todo se afligió mucho, pero sin desmayarse, porque, acostumbrada ya, como su marido, a recibir esos golpes con resignación, no hizo más que dirigir a Dios su corazón, rogándole tuviese piedad de sus hermanos y sobrina. A los esfuerzos del facultativo volvió Eufrosina; pero ni ella ni su hija dejaban de llorar, nada casi cenaron, y después de las cuatro de la mañana fue cuando se quedaron dormidas. Así continuaron hasta las siete que despertó la madre llorando tan fuertemente que despertó a Pomposita, inmediatamente acudió mi tutor y doña Matilde que, prodigándoles caricias, les decían que era necesario no afligirse tanto, porque el crítico estado de las cosas pedía mucha serenidad para meditar lo que se determinaba respecto de intereses, que ya, por la persona de don Dionisio, el coronel había en la madrugada ido a la posta y despachado varios correos con señas de su persona, caballo y vestuario, para que lo buscasen con toda diligencia, y cuando encontrado, no pudieran reducirlo a que se volviera, se valiesen de una autoridad para que con pretexto honesto lo detuviesen dando aviso en el momento539. Sacaron a las dos de la recámara, y llevadas al comedor, se les hizo tomar chocolate, se les dieron algunas ligeras esperanzas que las aquietaron hasta la hora de almorzar, y luego que pasó un rato después del almuerzo, tomó don Rodrigo de la mano a doña Eufrosina y, echándola el otro brazo encima de los hombros con todo cariño, se la llevó a la sala y, haciéndola sentar, la dijo con el mayor agrado:

p. 344—Hermana mía, a la hora de esta andan por los caminos como quince hombres expertos en solicitud de mi hermano don Dionisio, por lo que no debemos desesperar de que vuelva; mas aunque esto sea como digo, él ha manifestado a usted en su carta el terrible estado de sus intereses y que los acreedores están muy cerca de echarse sobre ellos, cuyo golpe acelerarán tan pronto como se evapore esta última ocurrencia, y este golpe, si le coge a usted en esta casa, les ha de ser muy sensible. Mi hermano, al dar su último paso, me ha hecho el favor de creerme digno de encargarme de la suerte de ustedes, y yo, agradeciéndoselo mucho, quiero tener el placer de acreditar que he querido siempre serle útil; y en tal virtud, hermana mía, vamos ahora mismo a que se lleven a casa las camas, ropa y aquellas cosas de ustedes que no puedan pertenecer a los acreedores, y dejemos esta habitación, supuesto que cuanto en ella hay es ajeno, y que ya con buena conciencia nada puede cogerse de lo que en sí contiene. Vamos, hermanita, usted tiene luces bastantes para conocer estas cosas, y no necesito decirla mucho. Vamos, no llore usted, pues en esto no hay más que mudarse usted a su otra casa, como que así ha debido contar* siempre la en que yo he vivido, como yo he contado esta por mía desde que usted la habita.

—¡Ay hermano! –contestó Eufrosina–, y cuánto me parte usted el corazón con lo que me está diciendo, yo lo conozco, veo que ello es fuerza, pues que no hay remedio aunque vuelva Langaruto; pero no tengo espíritu para resolverme tan de pronto, yo ruego a usted que me deje desahogar, que yo le prometo por lo que más estimo que no pasarán cuatro días sin que nos unamos.

A este tiempo entró doña Matilde con Pomposa, e impuestas de lo que se trataba, instaron ambas a doña Eufrosina para que fuera todo luego luego; pero ni lo que estas le hicieron presentes, ni otras reflexiones muy juiciosas y oportunas que le hizo mi tutor, la hicieron variar de resolución y solo ofreció de nuevo que cumpliría su primera oferta. A poco rato nos despedimos, repitiendo el coronel a las señoras Langarutos que le avisaran de cualquiera novedad o cosa que se les ofrecieran, y de si había alguna noticia de don Dionisio, prometiendo hacer lo mismo por su parte.

En la tarde y otros dos días siguientes, a mañana y noche estuvimos yendo a visitarlas, consolarlas e instarlas porque se fueran a casa de mi tutor; mas doña Eufrosina no salía de lo dicho, y la mañana del día cuarto, que por haber amanecido indispuesto el coronel no fuimos, se metieron a las ocho de la mañana un juez, un escribano, algunos acreedores y otro a quien habían nombrado depositario. Tomaron a doña Eufrosina y a algunos criados declaración jurada del día y modo cómo se había marchado don Dionisio, y en seguida fueron entregando todo por inventario al depositario, diciendo en seguida a doña Eufrosina que en el momento debía salir de la casa con su niña, llevándose sus camas, ropa de uso, cofres de ella y unas imágenes, que por favor le concedieron, manifestándole que lo hacían los acreedores por generosos, y no por que ella lo merecía, pues que había causado en parte la dilapidación de los bienes.

La infeliz Eufrosina, en situación tan triste, tuvo que implorar el favor de Matilde y el coronel, que la admitieron en su casa como habían prometido con bastante amor y caridad. Se entiende que ni a ellas ni a Pomposita les faltaba qué comer ni estimación; pero sí los chiqueos y contemplaciones a que estaban acostumbradas. La falta del coche atormentaba a doña Eufrosina más que la de su marido, y Pomposita extrañaba las tertulias y visitas de sus adoradores aun más que sus antiguas comodidades.

p. 345Apenas pasaron tres meses en que fue disminuyendo el llanto y la tristeza, cuando las dos, diz que para disipar la melancolía, comenzaron a recorrer las casas de las amigas y trataron de establecer una tertulia para entretenerse por las noches.

No le pareció bien al coronel semejante designio, y desde luego se opuso con firmeza. Doña Eufrosina, poco acostumbrada con su marido a semejantes oposiciones, se incomodó altamente, y desde ese día se turbó la paz que debía haber sido perdurable.

Esta acabó de romperse a causa de algunos señoritos que, perpetuos centinelas de Pomposa, todos los días, todas las noches y a todas horas rondaban la casa, acechando un descuido para entrar, seduciendo a los criados y haciendo las acostumbradas diligencias para hablarle dos palabras a la niña.

Luego que el coronel fue advertido por su esposa de los desórdenes que había en el particular, llamó a solas a su sobrina y la reprendió seriamente por sus locuras. El resultado fue que Pomposa entró llorando al cuarto de su madre, se quejó con ella del duro tratamiento de su tío, ponderando y mintiendo como le pareció, con lo que consiguió que Eufrosina se irritara con su cuñado, a quien le dijo:

—¿Qué piensa usted, hermano, que mi hija es huérfana de padre y madre para que así me la maltrate? Si lo hace usted por el rincón y por el bocadillo que nos da, por cierto de ello, para nada necesito pan con cordonazo, y con mudarnos noramala está todo compuesto, que a bien que cuando Dios amanece, amanece para todos540.

—Así es, mamá –prosiguió Pomposa–, usted no desconfíe que Dios tiene más que dar que nosotros que pedir; su Providencia vela sobre la conservación de sus criaturas y no abandona ni a los pajarillos, ¿cómo nos ha de abandonar a nosotras que somos mejores que los pájaros, según nos dice donde dice: Multis passeribus meliores* estis vos541?

—Vea usted señora, decía el coronel, aquí era buen lugar para hacerle ver la mala educación que le ha dado a esta niña, y cuánto ella ha sabido imitar los ejemplos que ha visto, haciéndose una ignorante, presumida y malcriada…

—Poco a poco, señor don Rodrigo, poco a poco –decía Eufrosina–, sírvase usted de no maltratar a mi hija y mucho menos en mi presencia; pero ya usted y yo no hemos de hacer migas: lo mejor será herrar o quitar el banco542. Vístete, niña.

Ninguna persuasión del coronel ni de Matilde bastaron a contener aquel genio intrépido y resuelto. En aquella misma hora se salieron las dos sin despedida, y a la tarde enviaron por sus camas y pocos trastes.

El coronel tenía resolución; y así, aunque previó las consecuencias de la separación de su cuñada, no se opuso. Dejó sacar los muebles, y solo se ocupó en tranquilizar a su mujer y a su hija, que estaban muy apesadumbradas por el lance.

p. 346Doña Eufrosina no se fue a hospedar a parte alguna, sino a visitar a casa de Carlota, donde habló del coronel y su familia mil primores. En esta conversación salió a plaza la economía del gasto, el mal genio del cuñado, lo chismoso de Matilde, las monerías de Pudenciana, lo ridículo de su marido, las groserías de los criados y cuanto podía conducir a que Carlota, formando mal concepto de aquellas casas, se pusiera de parte de Eufrosina. ¡Qué buena recompensa dio esta a unos deudos que siempre la habían estimado y que la estaban actualmente favoreciéndola! ¿Pero son otros los agradecimientos que dan las gentes, por lo ordinario, de los beneficios que reciben? Comen, beben, pasean, se divierten, y cuando salen de las casas, se hacen lenguas para descreditar a los dueños, en prueba de su noble gratitud. No en balde se resisten muchos para admitir huéspedes, que les aumenten gastos, que se informen de sus interioridades y que después salgan a pregonar por todas partes sus defectos y los de su familia.

Carlota, que como se ha dicho, era una dama muy juiciosa y amaba de preferencia a Matilde, procuró cortar tan odiosa conversación, preguntando a Eufrosina cuál era su última resolución, y esta pregunta la hizo con harto miedo, pues temía que aquellas buenas señoras quisieran encajársele en su casa; pero Eufrosina calmó su temor, diciéndole que le comprase o le enviase a vender un hilo de perlas muy bueno que llevaba, mientras ella iba a buscar casa, porque a la tarde se había de mudar aunque se viniera el cielo abajo. Carlota ofreció hacer la diligencia con todo empeño, y Eufrosina marchó para la calle.

Cada una de las dos concluyó felizmente su negocio. Carlota vendió bien el hilo, y Eufrosina encontró, aunque no casa sola como quería, pero sí una buena vivienda principal en una casa de poca vecindad, pues abajo solo tenía dos cuartos y arriba dos viviendas de las que una estaba ocupada.

Con un cargador mandaron por comida a una fonda, e inmediatamente que comieron, envió Eufrosina por sus trastes, los puso en su casa, fue a una almoneda, compró otros varios muebles y se habilitó de la primera criada que encontró543. Luego que estuvo todo corriente, volvió a casa de Carlota, que le dio trescientos cincuenta pesos que habían dado por el hilo, y despidiéndose Eufrosina le dio las gracias por su empeño. Carlota, que no creía su dicha de verse libre de semejantes huéspedes, se despidió también con el mayor cariño, dándoles mil abrazos apretados.

No tuvo Eufrosina la atención de dar parte a su cuñado de casa nueva; pero por Welster y Carlota supimos su método de vida, y algunas aventuras de Pomposa, dignas de que se lean en el Capítulo que sigue, para ver el fruto de una mala educación y peor dirección de una madre sin juicio ni talento.

i grito] gusto 1842. Ciertamente «grito» parece una lectura discutible, aunque se ha mantenido tal como aparece en la primera edición.

ii La cuarta edición añade aquí, como aclaración, «los acreedores».

iii Añadido en la cuarta edición; sigo en este caso esta edición, ya que la omisión parece una obvia errata para la comprensión de la frase.

iv contar] considerar 1842. Como en otras ocasiones, parece que se sustituye para evitar la redundancia léxica.

v meliores] melioris. He restituido la cita según su formulación correcta, como ya hicieran la tercera y cuarta edición.

535 Cauda: ‘falda o cola’.

536 Ciudad mexicana, hoy perteneciente al estado de Morelos, antiguamente al de México.

537 Prez: hoy desusado, ‘fama’. Debe entenderse aquí como la historia de vida con la que se presentan ante Dios en la muerte.

538 La Cofradía del Rosario, asociación de la Iglesia católica, fue fundada a finales del siglo xvi por fray Tomás de san Juan en Santo Domingo de México [Palazón Mayoral IV.8, nota 16].

539 Las postas eran conjuntos de caballerías situadas a una distancia regular a través de las cuales se enviaba y distribuía el correo.

540 La expresión popular dar pan con cordonazo se utiliza para afear la conducta de quien hace un favor, recriminándolo en el mismo momento. Aquí se utiliza es su formulación más literal: Eufrosina no consiente los favores de alimentación de don Dionisio (el pan) mientras al tiempo «les da un golpe con el cordón». Cuando Dios amanece, amanece para todos es refrán popular recogido ya en el Diccionario de autoridades, utilizado para destacar la gratuidad de los bienes de la vida y la necesidad de compartir los que uno ha recibido.

541 Mateo 10.31: «mejores sois vosotros que muchos pájaros».

542 Herrar o quitar el banco: refrán popular para indicar que se encuentra ante una decisión entre las dos opciones: bien persistir en la situación viviendo en la casa de don Dionisio o renunciar a ella. Visto que Eufrosina ya ha decidido, la edición de 1842 omite la primera parte del refrán.

543 Las almonedas eran establecimientos comunes en los que se vendían muebles usados.