Capítulo XXXVI Continúa la desarreglada conducta de Eufrosina y la Quijotita; desatinada inversión que le dieron al último dinero que esperaban tener y acabó en una noche en el juego. Discurso del coronel contra ese vicio detestable*
Mientras que mi tutor, doña Matilde y yo lamentábamos la suerte infeliz que iba a correr Pomposita, la madre de ella no pensaba más que en el modo de vivir sin volver a ver para nada la cara de su cuñado ni a nadie de su familia, excepto yo, que como sabía hacer mi papel, por disposición de mi tutor, nunca tomé partido descubierto contra ella ni su hija, con objeto de comunicarles y estar al alcance de todo lo que ocurría en su casa, por si se les ofreciese cosa en que servirlas y porque, cuando podía percibir que la necesidad las estrechaba, avisaba a mi tutor según me tenía encargado, y por su orden las dejaba con disimulo en las almohadillas o canastas de costura algunos socorros que me daba para ese objeto, y con encargo especial de que nunca dijese nada a nadie.
Como desde los primeros días de la separación comenzaron a tener escasez, porque ciertamente nada tenían seguro, y los contertulios no concurrían porque la casa de un pobre apesta a diablo revolcado en caño de bodegón, doña Eufrosina, echando cálculos, se acordó de la carta de dote que le dejó don Dionisio por la cantidad que había cogido de sus nombramientos de huérfana, y me encargó de su cobro, lo que con la dirección y resortes del coronel, que tomó empeño bajo de secreto, se logró que el juez del concurso, de consentimiento de los acreedores, mandase librar la cantidad que me exhibía el depositario y yo llevé a doña Eufrosina.
p. 354No puede ponderarse el gusto con que doña Eufrosina y su hija tomaron el dinero del que empezaban a discurrir la más célebre distribución, en lo que les fui a la mano manifestándoles que nunca necesitaban de más juicio que esa vez, porque esa cantidad era la última que pudiera haber, y no quedaba ya esperanza alguna. Las aconsejé que buscasen con empeño una velería, chocolatería o bizcochería que traspasar, que se metiesen allí a cuidar de su capitalito, y que mientras se adiestraban en el giro yo les auxiliaría lo posible, principalmente para las compras de la calle. Hicieron buenos gestos cuando pensaban en esto de manejar el cebo, las panochitas, los cohetitos y demás menudencias que se expenden en las velerías553; mas por último, demostrándole yo que peor que todo eso era el morirse de hambre, mendigar o prostituirse, se determinaron a tomar mi consejo, y quedaron resueltas a buscar desde el día siguiente una casa que traspasar, y me encargaron la solicitase.
Me fui y conté a mi tutor la buena disposición* que tenían, de lo que doña Matilde se alegró mucho; pero él se sonrió, meneó la cabeza y dijo:
—La cosa es muy buena en las circunstancias de esas santas, mas dudo que lo hagan, porque allí no hay cabezas.
Le repuse que yo creía que lo harían porque ya la fortuna le había dado buenos golpes, yo les había demostrado que no tenían ya otra esperanza, y ellas, convencidas de todo, se habían resuelto a tomar ese nuevo modo de vivir para no exponerse a perecer otra vez, y el coronel contestó:
—Todo está muy bueno, quiera Dios que tenga efecto tan laudable proyecto.
Al otro día salí empeñado a buscar casa de comercio a propósito para que la traspasaran, y tuve la chiripa de encontrar con una bizcochería y chocolatería en la calle de la Merced, que tenía su vista al oriente*, una habitación interior de dos piezas y su cocinita con uso del patio, que ganaba ocho pesos cada mes, vendía el día que menos doce pesos; querían cien pesos de traspaso y de existencia tendrían trescientos. Creí no podía darse cosa más análoga y que allí asegurarían su subsistencia viviendo frugalmente; y muy contento con tales ideas me fui a avisarles a las cinco de la tarde; pero ¿cuál sería mi sorpresa y disgusto al ver que ya habían empleado mucha parte del dinero en cortes de túnicos, tápalos, medias, bretañas, canapés de moda, rinconeros, sillas, tocador, etcétera, etcétera. Les reclamé aquel despilfarro, y me contestaron que tenían necesidad de todo eso, porque, no habiéndose criado en la miseria, no podían privarse de cosas tan precisas, ni querían verse despreciadas de todos, pues que la gente pobre hiede a mula y zopilote muerto; y terminaron con decirme que no me apurara, porque aún les quedaban doscientos cincuenta pesos554. Híceles presente que habían cometido una gran locura, porque nada de aquello les urgía, y debieron primero asegurarse de una cosita* que les diera el pan de cada día, y de la que después podrían ir sacando proporcionalmente para ropa y algunos muebles indispensables. Oyeron todo con mucho disgusto, concluyendo con decir que el dinero que les quedaba ya no era bastante para tomar la casa que yo les proponía, y que por lo mismo se resolvían a buscar otra de menos precio.
p. 355Acabamos nuestra contestación, cuando empezaron a entrar algunas de sus antiguas amistades que, habiéndolas visto casualmente por la mañana en la compra de la ropa y demás cosas, calcularon, y muy bien, que era tiempo de volver a divertirse algunos días a costa de aquellas celeberrísimas tontas. Cada uno a su vez preguntaba el origen de aquella bolichada555, decían que se alegraban de tan buena suerte; daban sus consejos para mejor inversión que debía darse a aquel gran caudal que les quedaba, y remataron con que para celebrar tan buena ventura era necesaria una diversioncita aunque fuese casera y quedó esta concertada para la noche del domingo inmediato, encargándose cada uno de convidar a algunos conocidos, y doña Eufrosina de prevenirles una merienda y buscar músicos que no fueran chambones556.
A las oraciones me despedí y retiré de aquella casa de locos, lleno de tristeza por contemplar que Eufrosina y su hija iban a dar al trasto en pocos días con aquel dinero, que aunque poco, pudo darles que comer por algún tiempo si hubieran sido capaces de juicio. Luego que llegué a casa, conté a don Rodrigo y su esposa cuanto había pasado, se desazonaron bastante y el coronel dijo:
—Pero qué quieren ustedes que hagan dos personas que nunca han conocido la economía, que no han hecho más que gastar sin saber lo que gastaban, y que jamás hubo quien les dijera en el mejor tiempo el modo de manejarse para no cometer tantos desatinos como han cometido y que han ocasionado su ruina. Es preciso decir y repetir muchas veces para gobierno y aprovechamiento de las señoras mujeres y particularmente las casadas, que sin virtudes domésticas no podrán nunca ser felices, ni hacer dichosos a sus maridos e hijos, pues las virtudes domésticas no son más que la práctica de las acciones útiles a la familia que vive reunida en una casa. Estas virtudes son la economía, el amor paterno, el amor conyugal, el amor filial, el amor fraternal y el cumplimiento de los deberes de amo y criado. La economía es la buena administración de todo lo que concierne a la existencia de la familia o de la casa; y como la subsistencia tiene en ella el primer lugar, se ha contraído especialmente la palabra economía al empleo del dinero en los objetos de las primeras necesidades de la vida. La economía es una virtud, porque el que no hace ningún gasto inútil, se encuentra siempre con un sobrante que es lo que constituye la verdadera riqueza, y por este medio se proporciona, y a su familia, todo lo que es verdaderamente cómodo y útil, sin contar que por este medio se aseguran algunos recursos contra las pérdidas accidentales e imprevistas, de suerte que cuantos de él se rodean, viven en una dulce comodidad que es la base de la felicidad humana. Por el contrario, la persona que cae en los vicios de disipación y prodigalidad, viene a verse privado de lo necesario, cae en la pobreza, la miseria y el abatimiento, y sus amigos mismos temen verse obligados a restituirle lo que ha gastado con ellos o por ellos, le huyen como el deudor huye de su acreedor, y queda abonado* de todo el mundo. El amor paterno se explica en el cuidado continuo que tienen los padres de hacer contraer a sus hijos el hábito de todas las acciones útiles a ellas y a la sociedad. Los hijos con tales hábitos se proporcionan durante su vida unos goces honestos y auxilios que se hacen sentir a cada instante y que aseguran a su vejez los apoyos y consuelos oportunos contra las necesidades y las miserias de todo género que agobian esta edad. Pero por desgracia muchos padres se extravían en esta parte, no aman a sus hijos, sino que les acarician, los satisfacen todos sus caprichos y los echan a perder. Esta fue la conducta de mi desgraciado hermano don Dionisio, y este el origen de que esas pobres mujeres no tengan hoy cabeza para nada útil y solo piensen en despilfarros.
p. 356Habiendo callado mi tutor, le dijo doña Matilde:
—Todo es una verdad muy sensible para mí, porque veo que ya no tiene remedio la última ruina de mi hermana y sobrina, pues solo Dios, como se lo pido, puede hacerlas entrar en acuerdo y mantenerse honradamente y sin las congojas que consigo trae ese modo de vivir tan desarreglado.
El domingo inmediato estuve a las oraciones de la noche en casa de doña Eufrosina, en donde ya encontré una concurrencia que no esperaba, con una música regular y a las señoras de la casa con todos los atavíos del gran tono. A poco comenzó el baile que rompieron Pomposita y un oficial que estaba allí haciendo el primer papel, siendo acreedor también del primer lugar* en los presidios Islas Marianas557, por sus notorias* costumbres, pues pertenecía a una pacotilla de léperos de casaquita y fraquesito, que llaman el manojito, y vivía a expensas de los tontos que lo admitían en sus casas para sus diversiones, en las que por modo de broma y a si pega se embolsaban las cucharas y tenedores, cambiaban sus repelos de sombrero con los buenos que llevaban los hombres decentes, dejaban sus otates y se llevaban buenas cañas y paraguas, y a ese modo hacían otras travesuras de ingenio, con que se habilitaban para sus necesidades de burdel, etcétera, etcétera558. De esa partidita había en la diversión de las Langarutos unos cinco o seis, que todos a su vez bailaban, cantaban y brincaban, comían y bebían sin tino y sin tasa, antes de la merienda, en la merienda y después de la merienda. Esta fue muy carera*, pues ni* doña Eufrosina ni su hija querían* heder a pobres, sino quedar bien en su fiesta aunque el día siguiente fuera necesario empeñar algo para comer. Yo, aunque al principio me incomodé con todo aquel desbarato, convenciéndome de que no tenía remedio, me hice el ánimo de divertirme bailando mis contradanzas, que es lo que me agrada por lo que aprovecha el ejercicio.
Al concluir una de ellas fui a sentarme y observé entre la concurrencia una señora de ochenta años, otra de sesenta y otra de cuarenta, con una sobrina suya de veinte a veinte y dos. Cierto instinto hizo que me arrimase a esta última, la cual me dijo al oído:
—¿Qué le parece a usted de mi tía, que con su edad quiere tener cortejos y hacer la niñita?
—No tiene razón –le dije–, que eso en quien cae bien es en usted.
Poco después me puse junto a la tía, y me dijo esta:
—¿No ve usted esa vieja que cuando menos ha cumplido los sesenta y ha gastado hoy más de una hora en tocarse*?
—Pues pierde su tiempo –les respondí–, menester sería que tuviera el mérito que usted para pensar así.
p. 357Arrímome a la desventurada sesentona, doliéndome en el alma de su suerte, y me dice al oído:
—¿Hase visto cosa más risible? Vea usted ese carcamán con más de ochenta años, poniéndose cintitas encarnadas y haciendo la criaturita, y se sale con ello, porque se ha vuelto a la edad de los niños559.
«¡Ay, Dios mío!», dije para mí, «¿no veremos nunca más extravagancias que las del prójimo? Acaso es dicha», añadí luego, «que nos consolemos con las flaquezas ajenas». Como estaba de buen humor, dije*: «Bastante hemos subido, bajemos ahora y empecemos por la más vieja que está en el testero del estrado».
—Señora, se parece usted tanto a esta otra dama con quien acabo de hablar, que yo me había figurado que era su hermana, y creo que son ustedes de una misma edad con corta diferencia.
—Es cierto, caballero –me dijo–, que cuando se muera una de las dos, mala se la mando a la otra, porque presumo que no hay dos días de diferencia entre ambas.
Oída esta decrépita, me llego a la de sesenta, y le digo:
—Es menester, señora, que falle usted una apuesta que acabo de hacer, porque he apostado que usted y aquella señora (señalando la de los cuarenta años) tenían la misma edad.
—A fe mía –me respondió–, que creo que no hay medio año de diferencia.
Bien va; continuemos. Fui más abajo, y acercándome a la de los cuarenta:
—Hágame usted favor, señorita, de decirme si se chancea cuando llama sobrina aquella señorita que está allí. Tan niña es usted como ella, y aun tiene ella en la cara un no sé qué aviejado que no hay en la de usted; luego esas mejillas color de escarlata tan vivo, ese…
—Oiga usted –me respondió–, de veras que soy su tía; pero su madre tenía veinte y cinco años largos más que yo, porque no éramos de la misma edad, y he oído decir a mi hermana que había nacido su hija el mismo año que yo.
—Bien lo decía yo, señora, y no sin razón extrañaba tanto el parentesco.
Esta ocurrencia me hizo entender que las mujeres que se ven morir poco a poco perdiendo su hermosura, querrían retroceder hacia su juventud. ¡Ah!, ¿pues cómo no han de anhelar por engañar a los otros, cuando se afanan por engañarse a sí propias, y zafarse de la más triste de todas las ideas, que es, para ellas, la de afearse y enviejarse?
En estas reflexiones estaba yo distraído, cuando me llamaron la atención infinidad de palmoteos que daban los del manojito, gritando desde la puerta que entraba a la pieza donde habíamos merendado:
p. 358—Señores y señoritas, aquí hay otra diversión para los aficionados; Morales ha puesto el montecito con cincuenta pesos. En el momento se metieron a dicha pieza y los siguieron algunos concurrentes picados de la araña, y a poco doña Eufrosina fue también diciendo que iba a ver si sacaba los costos de la diversión560. Lo que debía temerse de que jugara una señora que no entendía mucho de eso, y que se iba a poner con los maestros de Birján561, como tahúres y fulleros de profesión, me hizo seguirla y aconsejarla no hiciera tal disparate, mas nada fue bastante a contenerla, y fue el resultado que aturdida con las primeras pérdidas se cegó y, poniendo paradas de consideración, antes de hora y media no le quedó ni medio, ni más recurso para pagar a los músicos que empeñar al día siguiente alguna ropa, porque hasta las alhajitas habían ganado o robado ya los pícaros del manojito, que todos hacían pala a su compañero el montero, cometiendo cuantas faltas y groserías les eran peculiares, negando a doña Eufrosina algunos pedidos que hacía para seguir jugando, y contestándole que solo prestaban sobre Pomposita562.
Esto desazonó enteramente a madre e hija, y los concurrentes que lo advertían se fueron saliendo, así como los señores del manojito, que a más de su mala ganancia, se llevaban ya algunas servilletas y pañuelos en la bolsa, según lo tenían de costumbre; y yo que vi en mi reloj que ya eran las once largas, afligido porque me había distraído tanto, y porque se habría incomodado justamente mi tutor, me despedí y fui con violencia a casa, donde solo me aguardaba el portero para abrir el zaguán, que cerrado a mi satisfacción me fui a acostar, y dormí hasta las nueve del siguiente día, por no estar acostumbrado a desvelarme.
i Se ha mantenido el título como en el original, aunque, en realidad, el juicio de don Rodrigo sobre el juego abre el capítulo siguiente.
ii disposición] disposión. Restituyo la grafía correcta como hicieran las ediciones posteriores.
iii La cuarta edición omite «su vista al oriente».
iv cosita] casita 1836, 1842.
v abonado] abominado 1836, 1842.
vi del primer lugar] al primer puesto 1842.
vii La cuarta edición añade una calificación previa para este soldado, calificando sus «notoriedades»: «la notoriedad de sus depravadas costumbres».
viii carera] buena 1842.
ix Añadido en la cuarta edición.
x querían] quería. En la tercera edición se corrige la concordancia, corrección que pasó a las ediciones posteriores.
xi tocarse] en el tocador 1836, 1842. Se aclara el término.
xii dije] dije para mi sayo 1842. «para mí mismo».
553 Los establecimientos de velas que propone el narrador a Eufrosina y Pomposita vendían además panochitas (dulces) y cohetes o fuegos de artificio.
554 Zopilote: ‘ave de rapiña’, «mexicanismo con que se designa el conocido catártido negro, de cabeza pelada y pico encorvado» (Santamaría); aquí utilizado con un valor enfático considerando que la alimentación propia del ave es la carne muerta o podrida.
555 Bolichada, también bolidrada o bolada: ‘golpe de audacia’, ‘lance’ (Santamaría), aquí como golpe de suerte.
556 Chambón, por aumentativo de chamba: «trabajo, sobre todo transitorio y de oportunidad; precario o de escaso rendimiento» (Santamaría), aquí, por tanto, poco versados o competentes.
557 El presidio de las Islas Marianas, archipiélago situado en el océano Pacífico occidental, que fue territorio español hasta 1898 (parte del reino de Filipinas), era reconocido por su «holgazanería proverbial» (Francisco Olive y García, Islas Marianas: ligeros apuntes acerca de las mismas, Manila, Imprenta y Litografía de M. Pérez, 1887, p. 70). Supone Palazón Mayoral que no se refiere a estas Islas Marianas oceánicas, sino que es una referencia regional, aludiendo al conjunto de islas Marías (María Cleofás, María Madre, María Magdalena y San Juanito), en las costas de Tepic (IV.10, nota 18).
558 La genealogía de este oficial y la descripción de su indumentaria, con los diminutivos intencionalmente ridiculizadores, lo presentan como otro pícaro indecente (lépero) que aprovechaba estos eventos para robar los utensilios si se daba la oportunidad (a si pega) e intercambiar sus sombreros usados y llenos de mugre (repelos) y sus bastones (otates) por otros de mejor condición. Todos los términos están recogidos como mexicanismos en el diccionario de Santamaría.
559 Carcamán: «viejo pesado, torpe en el andar, sin agilidad ni soltura ya en sus movimientos», como carcamal, ambos procedentes de cárcama.
560 Picado de araña: «se dice de aquel a quien le entra una obsesión, o lo tienta algo que lo saca de quicio» (Santamaría).
561 Así suele llamarse el juego, aunque equivocándose el nombre de Bilhan, que parece haber sido el inventor de los naipes, o su primer fabricante [1842]. Desde el Siglo de Oro son numerosas las alusiones a este Vilhan como inventor de la baraja. Así aparece en la novela Rinconete y Cortadillo de Cervantes.
562 Hacer la pala, servir de pala o dar uno su pala: en el juego, hacerse cómplice del banquero y, aparentando que se gana, aprovecharse de los demás, que acaban burlados (Santamaría).
