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Capítulo XXXVIII El coronel cumple pronta y fielmente su encargo de albacea. Eufrosina y Quijotita continúan sus desbaratos. Pudenciana y su marido, con esta constante buena conducta, van progresando. El coronel cuenta la historia de una viuda

Luego que pasaron los nueve días del duelo de don Dionisio, mi tutor consultó con Eufrosina y Pomposita si querían que los inventarios fuesen extrajudiciales, ya porque entre dos solo interesadas y de su clase no debían esperarse diferencias, y ya para economizar el enorme gasto de las costas que importarían un dinero, pues siempre los primeros herederos del que muere son el juez, el asesor, el escribano y todos los arlequines de estos que, aparentando a los herederos el sentimiento de su desgracia, procuran alargar los días, comen en ellos medio lado, y luego el tasador de costas, interesado en el tanto por ciento del importe de las costas*, las hace subir inmensamente571. Algo resistieron la viuda e hija esa opinión, porque querían las muy necias entrar en relaciones con esas gentes y que viera el mundo que todo se hacía con lujo y ostentación; pero, por último, cedieron a las prudentes persuasiones del coronel, que inmediatamente pasó a ver a un abogado que conocía de juicio, e hizo y presentó un escrito al alcalde ordinario de primer voto, pidiéndole licencia para hacer los inventarios extrajudicialmente, que se notificase a Pomposita nombrara curador ad litem, porque solo tenía veinte y tres años larguitos de edad, y que hecho por ella este nombramiento, se sirviera discernirlo en forma, previa la fianza de la ley572. El juez proveyó como lo pide, y notificada Pomposita salió con la quijotada de nombrar por su curador al conde de…, y aunque mi tutor le manifestó que esa clase de sujetos por su rango se excusaban de hacer esos servicios, que cuando los aceptaban eran por cumplimiento, y nunca llenaban su deber, ella y la madre insistieron en su nombramiento diciendo que a una señorita de su representación no le correspondía nombrar a un cualesquiera, y que en el momento iban a ver al conde, como fueron de facto, y volvieron asegurando que estaba pronto a aceptar, por lo que asentadas las diligencias necesarias, quedó discernido el cargo de curador al señor conde573.

Inmediatamente se procedió a todo lo demás pedido en el escrito, y los inventarios a que nunca asistió el señor curador quedaron concluidos en cinco días; en seguida mi tutor los presentó con un escrito pidiendo que los ratificasen los peritos con juramento y que, si hecho saber a las partes, no contradecían, se aprobasen y elevasen a la esfera de inventarios jurídicos, obligando a las partes a estar y pasar por ellos en todo tiempo; así se hizo todo, previa la deferencia de la viuda y del curador de la Quijotita más quijote que ella, y quien de nada tenía menos cuidado que de la pupila y sus intereses. En este estado, se pidió el nombramiento de contador que recayó, de acuerdo de los interesados, en el licenciado Tercrañoasta*, que aceptó, y, recibidos los autos, formó la cuenta divisoria que presentó y fue aprobada de consentimiento de las partes de ella, deducido el quinto, de que se rebajaron los gastos de entierro y mandas forzosas, distribuido el resto en limosnas de misas, la cuarta parte, como debe ser, en la parroquia a que correspondió el testador, y las demás en San Cosme, San Fernando, San Diego y a algunos clérigos de buena conducta y necesitados que mi tutor buscó, todo* según intención de don Dionisio, y recogiendo recibos de todo574. Resultó, por último, que no habiendo de gananciales, en el poco tiempo que a su vuelta sobrevivió don Dionisio, más que dos mil cien pesos, toca a la viuda Eufrosina la gran cantidad de un mil cincuenta y a Pomposita por su total herencia, la de treinta y siete mil y cincuenta pesos.

p. 366No puede ponderarse la pesadumbre que recibió Eufrosina al verse tan pobre, cuando se imaginaba dueña absoluta de todo el caudal, y el orgullo que adquirió nuestra Quijotita que, mirándose dueña de todo, reconoció toda la superioridad que iba a tener sobre su madre.

Hasta aquí no habían ido tan mal las cosas del albaceazgo; pero como mi tutor tenía obligación de asegurar el interés de la menor, y no dejar el libre manejo de esos bienes a dos locas, propuso para el efecto los medios más prudentes, que no admitían, porque para ellas todo era bueno menos el sujetarse a que otro ordenamiento les manejase y distribuyese aquello, pues lo que querían era libertad para disponer a su arbitrio, y de esto resultó que se indispusiera mi tutor, hasta que la viuda le dijo que mientras pensaba lo que debía hacerse se suspendiese aquello, como se suspendió, sin que restara otra cosa de parte del albacea, que en mes y medio había hecho todo. ¡Ojalá y hubiera muchos albaceas como este! Pero apenas se halla uno en cada cien mil.

Entretanto, Eufrosina y su digna hija comenzaron a disipar su dolor con algunos paseos y días de campo entre sus amistades antiguas y más análogas a sus ideas, pues aunque mi tutor les iba a la mano, nada conseguía ni logró quitarles de la cabeza que pusieran coche. Aunque este les instaba sobre que se resolviera lo que debía hacerse con los bienes de la menor, porque quería terminar eso, no le contestaban más de que habían consultado y esperaban la respuesta.

La consulta la habían hecho de facto; pero a personas tan fatuas y tan calaveras como ellas, y el consejo que acordaron en una concurrencia tenida para ello fue que se determinara Pomposita a casarse, que no faltaría hombre de su gusto y de franqueza, y entonces podrían quitarse ya de la fiscalización e intervención de un albacea tan miserable y mentecato; y he aquí ya a nuestra Quijotita fija en casarse y en buscar para ello un marqués o conde, como tenía de antigua manía.

Al mismo tiempo que Eufrosina y Pomposa continuaban labrando el edificio que las había de envolver en su ruina, don Modesto y Pudenciana iban progresando a gran prisa, de manera que, haciendo su balance en aquellos* días, se encontraron con un capital de sesenta mil pesos, que no se echaba de ver por el grande arreglo que había en los gastos. La casa, que tenía las piezas necesarias sin ninguna de sobra, les ganaba veinte pesos; no había más criados que el portero, cocinera, costurera y una joven pobre de familia decente y religiosa con muy buenas costumbres que ayudaba a Pudenciana en el cuidado y educación de los niños.

p. 367En estas circunstancias se anunció en la Gaceta el remate de una casa en la calle del Reloj, y por consejo de mi tutor, que manifestó a sus hijos (como llamaba a ambos) las ventajas de tener uno su casa sin esperar al casero todos los meses, y con la libertad de ponerla según que le conviniera o fuera de su gusto, don Modesto se determinó a hacerle postura; pero con la condición que él y Pudenciana exigieron de sus padres de que se irían a vivir con ellos, a lo que condescendieron, en fuerza de instancias y ruegos, y también porque no podían sufrir su corazón el separarse algo de tan buenos hijos575.

Llegó el día del remate, al que se presentó don Modesto con papel de abono del conde de Ágreda y, rivalizando con moderación con otros dos postores, fincó en él el remate de la casa, en cantidad de treinta y dos mil pesos, dando al contado diez y ocho y reconociendo catorce de unas capellanías que reportaba la finca, con libertad de redimir cada año el capital que le fuera conveniente576.

Tan luego como recibieron la casa, le hicieron las composturas necesarias. Y se mudaron padres, hijos y nietos, que desde entonces formaron una familia, la más armoniosa y llena de placer, pues que a todo cooperaba la dulzura de aquellos genios y su muy buena educación, añadiéndose a esta felicidad la de que el coronel para tener una ocupación útil a la familia, se encargó de la educación de sus nietos los varones, que lo amaban tiernamente y observaban como inviolables preceptos los consejos que les daba.

Un día que don Rodrigo habló de lo inquieto que estaba por no acabar de asegurar los bienes de Pomposita, a causa de las entretengas de ella y de la madre, se promovió conversación entre todos sobre la suerte de aquellas señoras y del modo como podría evitarse el mal que por sí debían hacerse577. Cada uno propuso lo que creyó conveniente, y don Modesto expuso que creía útil que Pomposita casara con un hombre de juicio y madurez que supiera sujetarla, pues que ya en ese estado, la madre que por sí nada tenía casi, se vería estrechada a estar quieta.

Oído esto, mi tutor tomó la palabra y dijo:

—La cosa, señores, era muy buena; pero es menester no pensar en lo que no ha de poder verificarse. Esas señoras no se comunican con personas donde puedan proporcionarse un hombre de los tamaños y cualidades que necesitan para hacerlas entrar al orden, ni ellas son las que han de presentar una transformación milagrosa, porque ya están mal habituadas a causa de don Dionisio (que en paz descanse), no supo arreglar su casa, ni mi padre político (que Dios goce) había dado a sus hijas más educación que tenerlas absolutamente encerradas, rezando, sin tratar con nadie, sin salir más que a misa, a confesarse y comulgar, y sin proporcionarles conocimientos para saberse conducir en el mundo, y con estos principios y el otro extremo en que cayó la casa de don Dionisio, es imposible esperar ya nada bueno. Todo extremo es vicioso, y mucho más en la educación, que debe darse con mucha discreción para que no tenga con el tiempo funestos resultados.

»Algo viene al caso una historia que sé de personas conocidas, y que me parece útil contar, por si mi Matilde o mi Pudenciana enviudaren, que por mí no es muy difícil, porque ya estoy muy cerca del sepulcro.

No pudo proseguir porque todos nos enternecimos, y doña Matilde y Pudenciana, bañadas en lágrimas, corrieron a abrazarlo, sin quererlo dejar hasta que él las persuadió, las halagó y se las sentó una a cada lado, diciéndolas:

—Hijas mías, la muerte debe ser esperada con tranquilidad. Obremos como verdaderos cristianos y no la temamos, que acaso Dios la manda para dar descanso al hombre y premiarle las pocas buenas obras que haya hecho; pero dejemos eso por ahora y vamos a mi historia.

p. 368»En una ciudad, no muy distante de esta capital, hubo un padre de familias, que le habría estado mejor ser donado de mandadero de algún convento, pues que no supo educar a los hijos que tenía y crio siempre en un santo encierro y una virtuosísima ignorancia, de que resultó que, a la muerte de aquel necio, ninguno de su familia supiera manejar lo que dejó, y que al mismo tiempo que no se ocupaban más que de rezar, se acabara el capital. Dejemos la suerte de los otros hijos, y hablemos solo de la que hace el papel principal de la historia que he anunciado. Esta infeliz joven, después de algunas escaseces que padeció al lado de su madre, tuvo la chiripa de casar con un hombre de bien muy trabajador; pero de edad ya algo avanzada y de ideas rancias imprudentes, de manera que continuó nuestra joven la misma vida que cuando existía su padre. Así vivieron cosa de seis años, a cuyo tiempo murió el marido y quedó nuestra viuda con cuatro hijos; pero en la edad de veinte y dos años, con no malos bigotes, y con cosa de sesenta mil pesos. En estas circunstancias, se le presenta un militar del alma más negra que se puede imaginar y de una verbosidad muy propia para enredar a aquella honradísima bestia; le hace setenta mil ofrecimientos, le promete una protección decidida, y por último se encarga de todos los negocios de la casa, ocultando maliciosamente el que era casado; se hizo extender un poder amplísimo, que nuestra viuda firmó como quien firma en barbecho, y ya desde entonces quedó constituida una pupila de aquel malvado, que poco a poco fue ganando el corazón de aquella miserable, que en breve le hizo dueño de su honor y de cuanto poseía578. Ese perverso, para cubrir las exterioridades, hizo se formalizase la testamentaría y, quiso que no, como el curador de las menores no era como él, aseguraron las legítimas de esos pupilos, y nuestro militar fue tomando en pesos fuertes y floridos el haber de la viuda, con los que satisfacía sus vicios y muy particularmente el del juego, que es capaz de acabar con el caudal de Terreros y mil Bordas; y marchaba tan de prisa en su dilapidación, y de un modo tan público, que no faltó quien por caridad hablase a la viuda para que se resolviera a arrojar de sí y de su casa a aquel lagarto579. La viuda, que a pesar de su tontera no dejaba de conocer lo mal que sus cosas caminaban, que ya se veía con más hijos, que ya estaba desengañada de que aquel pérfido era casado y que ya estaba hostigada del trato altanero, grosero y cruel que le daba, se resolvió a librarse de él, le intimó la separación de su casa, y se encuentra con que aquel malvado a pocos días le presenta una cuenta en que hace parecer le debe cantidad considerable, demandándola ejecutivamente y jurándole había de procurar su ruina por cuantos medios alcanzara. Así fue que sucesivamente se le fueron presentando a la viuda varios acreedores con documentos otorgados por el tal militar con el carácter de su apoderado y obligando sus bienes. La viuda en tal congoja escoge, por dirección de la persona que la había dispertado, un abogado, hombre de bien, y se entablan los pleitos con todos aquellos supuestos acreedores, que eran otros tantos zánganos coludidos con el zángano principal para sacar aquel dinero a la viuda y arruinarla. Los pleitos siguieron con orden y, aunque los ganó la viuda hasta con costas, como los que figuraban de acreedores eran unos tahúres desnudos de bienes, ella lo perdió todo, y, como lo poco que le quedó no lo supo manejar por su suma tontera e ignorancia, a poco tiempo se vio reducida para todos sus gastos a solo los réditos de los capitales de sus hijos, quienes ya crecidos, por el ejemplo pésimo que habían mamado, se prostituyeron, trataron a la madre con desprecio, y tan mal, que se separó con sus desgraciados segundos hijos, se redujo al extremo de mendigar con estos el pan por las calles, y acabó su vida en la más espantosa miseria.

»He contado la historia de la viuda; y cómo de estas escenas, que el mundo nos presenta a cada paso, debemos sacar fruto, te encargo, Pudenciana, que no olvidando la viuda, y huyendo de su suerte, aproveches esa prudente franqueza de mi hijo Modesto, que quiere siempre estés impuesta de todos los negocios de tu casa, para que, si le sobrevives, no tengas la infeliz necesidad de ponerte en manos de un perverso que te arruine, sino que puedas manejarte sola y hacer la felicidad de tus hijos.

i de las costas] de ellas 1836, 1842. Se evita la redundancia.

ii En la cuarta edición se prefirió modificar el nombre del licenciado manteniendo parte de su sonoridad como Toño Carretas.

iii todo] todas. He preferido la lectura de la cuarta edición, que aglutina todos los antecedentes.

iv aquellos] quellos. Corregido desde la tercera edición.

571 Comer medio lado: expresión popular por ‘aprovecharse de alguien’.

572 Pomposa precisa de un representante legal, ad litem (literalmente, ‘para el juicio’).

573 Como en otros momentos, el pretendido realismo de la novela establece algunos vacíos en los nombres, aparentando mantener el anonimato de este conde a efectos de la escritura del narrador.

574 Parte de la herencia de don Dionisio va a parar a tres de los conventos de la ciudad, situados en la parte oeste de la ciudad, el de San Cosme en el extremo, los otros dos muy cercanos a la Alameda Central. En el Plano general se encuentran en el sexto cuartel (D, E y J respectivamente).

575 El anuncio de la vivienda aparece en la Gaceta del Gobierno de México, que comienza su andadura con ese nombre en 1810 y que tendrá sucesivos cambios de nombre a lo largo del primer tercio de siglo. Al final de los números, como es propio de este tipo de cabeceras periódicas, se incluían anuncios de empleos, ventas, publicaciones, etc. La calle del Reloj, hoy República de Argentina, se inicia en la plaza de la catedral, hacia el norte por el costado este (Plano general de García Conde, cuarto cuartel).

576 A diferencia del enigmático conde que fue representante de Pomposa, el valedor y garante de don Modesto (el abonador del papel) se presenta expresamente: el conde de Ágreda. El condado de la Casa de Ágreda era muy reciente para el México del fin de la época colonial: lo instituye la Regencia de España como recompensa por el servicio prestado por Diego de Ágreda y Martínez Cabezón, que había cedido parte de su fortuna para la resistencia frente a la invasión francesa. El condado no tuvo continuidad, ya que Diego de Ágreda debió exiliarse cuando arreciaron los aires del independentismo mexicano, hasta su reposición por Alfonso XIII ya en el siglo xx.

577 Entretengas: como bien advierte su nombre, son las artimañas de que se valen para ganar tiempo con intención de perjudicar a alguien, actuando de mala fe (Santamaría).

578 La protagonista ejemplar del relato de don Rodrigo firma en barbecho, coloquialmente, ‘hacerlo sin examinar lo que se firma’. El diccionario de Santamaría recoge, para esta expresión, el ejemplo de esta novela.

579 El despilfarro del burlador militar podría acabar, hiperbólicamente, con las fortunas de Pedro Romero de Terreros y José de la Borda (Joseph Gouaux de Laborde), ambos personajes altamente enriquecidos en el virreinato de Nueva España fundamentalmente por la explotación minera de los territorios en el siglo xviii. Los pesos fuertes a los que alude el coronel es la moneda que tiene más peso y título que los de su condición legal, que son también floridos porque se ganan sin esfuerzo. [Palazón Mayoral IV.12, notas 35 y 36.]