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Capítulo XXXIX Violento y desastrado casamiento de Pomposa; ruina de su casa; prisión de su marido; desengaño de quién era este, prostitución de madre e hija. Muerte del coronel

Como don Rodrigo instaba con urgencia a Eufrosina y Pomposita para que dieran su opinión sobre el modo de asegurar los bienes de la segunda, y como la primera ya tenía pedido y gastado la mayor parte de su haber, ellas se volvieron a determinar que se casara Pomposita con el primero que se presentara, aunque no fuera título; pero como esto lo contaban a todo el mundo, porque no conocían lo que es prudencia ni discreción, sus muy dignos contertulios apoyaron tan juicioso pensamiento y se convinieron, entre sí y con reserva, buscar un hombre de tales tamaños que no se parara en pintas y que tuviera para divertirse y gastar toda la franqueza que ellos apetecían para devorar aquel capital, y no tardaron mucho en lograr todo lo que deseaban.

A pocos días llegó a casa de Eufrosina el consabido oficial del manojito, diciendo a esta y su hija que en la persona que le acompañaba tenía el honor de presentarles al señor don Raimundo Dedórvora, marqués de Peña Hermosa, que acabada de llegar de España con comisión reservada del rey, y que sabedor del raro mérito de Pomposita y su inimitable habilidad en el piano, canto, etcétera, había tenido empeño en venir a ponerse a sus órdenes580. Aquí fue lo de todos los ofrecimientos de etiqueta, a poco se despidió el señor marqués, porque según dijo tenía precisión de estar aquella hora con su excelencia el virrey, haciendo en medio de la sala setenta piruetas, y dirigiendo a nuestra Quijotita una mirada centelleante, que ella correspondió con otra muy dulce y expresiva581.

p. 370Tan pronto como quedaron solas, Eufrosina dijo a Pomposa que el señor marqués era muy apreciable, pues sobre ser título tenía las buenas circunstancias de ser español, de buena edad, pues que no pasaría de treinta años, de recomendable figura y de muy finos modales, y contestando la hija muy conforme en todo, Eufrosina prosiguió diciendo que un hombre como aquel era lo que deseaba para yerno, a que respondió Pomposita:

—¿Qué sabemos, mamá, lo que Dios dispone? Él ha venido por casualidad a buen tiempo, él puede que no sea casado, él me ha mirado con interés y yo luego le he tomado afición.

Al día siguiente a las doce, ya estaba de visita el señor marqués, que fue muy bien recibido, y como la madre por… prudencia y sus ocupaciones dejó a la hija sola con su señoría, ambos tuvieron la conversación siguiente:

—Señor marqués, ¿qué le parece a usted el reino de México y su capital?

—Señorita, lo poco que he visto es muy bueno.

—¿Vino usted solo o con su familia?

—Solo, porque no tengo más familia que mi mamá, muy al borde del sepulcro, y un hermano que quedó encargado de los negocios de casa.

—Conque usted es soltero.

—Se deja entender.

—¿El marquesado de usted en qué provincia está vinculado?

—Parte de las haciendas están en Extremadura, otras en Andalucía y porción de casas en la misma corte de Madrid, de las que tengo una muy hermosa de mi ordinaria habitación, a una cuadra distante del real palacio, y otra de campo, en el gran paseo que llaman el Prado.

—Y usted habrá dejado por allá pendientes amorcillos.

—No señorita, no he sabido lo que es amor hasta en esta ciudad.

—¡Hola!, ¿y de cuándo acá está usted enamorado?

—De ayer acá.

—¿Y de quién señor marqués? ¿Qué mujer feliz ha podido mover tan pronto ese corazón que nunca ha amado?

—Señorita… usted, sí, usted es la que ha avasallado mi pecho, inspirándome una pasión tan violenta que no podré ya vivir si usted no me hace dichoso.

—Pero, señor, usted tendrá que irse a España.

—Y tan pronto como dentro de un mes.

—Pues entonces, ¿cómo...?

p. 371—Muy bien, vida mía, todo es que usted se resuelva a irse conmigo y en compañía de su mamá, a quien nunca dejaría yo, a la corte, donde en medio de la abundancia disfrutarán ambas las satisfacciones y placeres que no ofrece México.

—Tenga usted la bondad de permitir llame a mi mamá.

—Con mucho gusto señorita, y usted no me suplique, sino mándeme con imperio.

Salió Pomposita y volvió luego con su madre que, haciéndose repetir el coloquio, manifestó indecible contento, y entrando a tratar del casamiento, quedó acordado en el acto mismo en estos términos: que como el señor marqués por sus empleos en la corte necesitaba licencia del rey, para no sufrir esa demora y no exponerse, se casarían por vanas lo más reservado posible, y ocultando su título, para que no llamase la atención; y que como su comisión terminaba pronto, y según las órdenes de su majestad, debía regresar luego a la corte, realizarían pronto lo que perteneciese a Pomposita, y se marcharían antes de un mes para España582. Todo quedó aprobado por aquellas locas y tontas, que también convinieron en no decir nada a mi tutor porque no viera al virrey y embarazara el casamiento, a pretexto de la falta de la real licencia, para no dejar, como ellas decían, el manejo de la testamentaría.

Tan pronto como quedó esto acordado, salió nuestro don Raimundo, después de mil requiebros y abrazos prodigados a madre e hija, e inmediatamente con testigos falsos bien combinados, que nunca faltan para esos casos, practicó todas las diligencias, y a los seis días de haberse conocido estaban casados la Quijotita y su marqués.

En el mismo día, Eufrosina mandó llamar al coronel y, previo un recibimiento seco y de protección, le dijo que su hija estaba casada con aquel caballero que le presentaba, y que por lo mismo procediese a entregarle los bienes. Don Rodrigo sin alterarse contestó que el caballero se presentase al juez de la testamentaría con certificación del casamiento, y pidiendo la entrega de los bienes, que tan pronto como se le mandase haría efectiva. En el acto se hizo el escrito, se presentó, se proveyó, y en los dos días siguientes quedó hecha la entrega de todo, y mi tutor suficientemente documentado de quedar ya libre de toda responsabilidad por la pureza de sus manejos y exactitud y claridad de sus cuentas, que no merecieron ningún reparo.

En el momento se buscó traspasador para el cajón y casa, diciendo el marqués que para quince días que estarían ya en México, en cualquiera posada estaban bien, a lo que nada repugnaron aquellas bestias, que solo pensaban en irse a España y tener la dicha de conocer y besar la mano al rey, ser damas de la reina y otras multitud de sandeces con que estaban aturdidas. Se traspasó cajón y casa, y el señor marqués dijo que iba a reducir el dinero a letras pagaderas en la corte, con cuyo pretexto no* lo introdujo a una casucha que habían tomado dizque provisionalmente entretanto se marchaban.

p. 372Toda esta bulla debía llamar la atención y fijarla muy particularmente en don Raimundo, hasta que el comandante de la ronda de capa, que tenía orden del virrey para prender a un gachupín que habían encargado de Madrid y cuya filiación tenía más de año, dio en conocer a nuestro señor marqués, y advirtiendo en él toda la filiación, a los veinte días del casamiento, en la noche, después de las doce, a cuya hora llegaba él diciendo que venía de dejar al virrey, me lo atraparon al tocar su casa y lo llevaron a la real Cárcel de Corte, dando parte inmediatamente al virrey que, haciéndole comparecer a su presencia, al siguiente día después de llamar y examinar a Eufrosina y Pomposita, se descubrió que el señor don Raimundo Dedórvora, marqués de Peña Hermosa, era un impostor muy pícaro, que era un famoso fullero y contrabandista en Cádiz, de cuya cárcel se había fugado porque estaba próximo a decapitarse por muchos delitos, y entre ellos por tres homicidios y dos robos en que había sido cómplice su mujer legítima, que estaba presa; que su verdadero nombre era Timoteo Pantoja, y que el dinero del traspaso del cajón y casa de Pomposa lo habían perdido en el juego entre él y otros amigos suyos, a quienes se buscaron y no pudieron parecer, y solo sí el oficial del manojito que lo llevó a la casa, quien se llamó a engañado, y el reo para salvarlo así lo confesó583. Se formó un proceso sobre los nuevos delitos de Pantoja y se mandó a Cádiz, donde después fue ajusticiado lo mismo que su mujer. De estos señores gachupines nos vienen en docenas: unos se descubren y pagan, y otros pasan por fatiga y hacen entre nosotros grandes papeles.

Se deja conocer cómo quedarían Eufrosina y la infeliz Pomposita: con tal pesadumbre y tan avergonzadas que se hicieron el ánimo de no volver a ver para nada al coronel ni a nadie de su familia; y como el tal señor marqués las dejó tan sin blanca como sin recursos, la tonta y bribona madre fácilmente se sometió a vivir a expensas del honor y conciencia de su hija que, despechada y sin esperanza alguna de casarse por lo público que había sido el chasco, se constituyó en una ramera que al principio vendía con alguna ventaja sus delincuentes favores; pero después con la edad que aumentaba y la enfermedad consiguiente a ese ejercicio, se fue poniendo en un estado tan despreciable que tuvo por necesario concurrir a los lupanares, descendiendo a proporción hasta que fue a los más miserables y asquerosos, dando de pilón lo mismo que Eufrosina en embriagarse y en toda clase de prostitución, en cuyo estado ya se nos ocultaron absolutamente, y ni mi tutor, ni nadie de su familia, ni yo hicimos ya más que encomendarlas a Dios.

El coronel, desde las incomodidades que tuvo con Eufrosina y su hija Pomposa, comenzó a enfermarse del estómago, que no le dejaba tranquilo arriba de uno o dos días para volver a molestarlo; el último suceso desgraciadísimo de aquellas mujeres y su posterior conducta, que llegó a saber y sintió muchísimo, le fue poniendo peor, a pesar de que ya no volvió a mentar ni sus nombres, y todos teníamos ya cuidado de no recordarle nada. Así pasó dos años, aceptando por instancias y ruegos de su familia algunas medicinas, pues decía que su verdadera e invencible enfermedad era los setenta* años que llevaba a cuestas.

p. 373Apenas entró el mes de marzo de [1]821, cuando el cambio de estación hizo en don Rodrigo la mayor impresión, y aunque él, por no afligir a su amable familia, sacaba fuerza de flaqueza, la naturaleza ya no le ayudó, y el día dos ya no se pudo levantar; en el estómago nada le paraba, el pecho y las flemas le fatigaban demasiado. Cada uno de la familia propuso un médico: de todos se escogieron los tres mejores, y entre estos señaló mi tutor al que le inclinó más, pues en toda su vida no había padecido enfermedad de cama, sino cosas ligeras que con remedios caseros se quitaba, nunca había tenido necesidad de médico que se encargara de su naturaleza.

Toda la familia entró en el mayor cuidado y aflicción, y mucho más el día seis que, estando todos rodeados de su cama, dijo que convencido de que el hombre no debe esperar a los últimos momentos de su vida para disponer de sus cosas, tenía hecho ya su testamento, que quedaba en la gaveta de su mesa; que en él declaraba, como era justo, que cuando casó no tenía más que el rancho en precio muy bajo, y que todo el aumento que tenía por la mejora de la casa, por la reunión de tierras que había comprado y agua que le había metido era todo gananciales durante su matrimonio, lo mismo que cantidad de onzas que tenía en unos secretos del estante de sus libros; que la mitad de todos los gananciales eran de doña Matilde, que del quinto, separados los derechos del entierro y mandas forzosas, se hiciese una partición entre sus criados y sirvientes del rancho, a proporción de sus familias y necesidades, muy particularmente a su honradísimo viejo y antiguo mayordomo Pascual, en justa remuneración de su fidelidad y buenos servicios; que ya dejaba ordenado, y nuevamente encargaba a sus albaceas, que lo eran mancomunados doña Matilde y don Modesto, que su entierro fuera en el camposanto de Santa María, sin pompa ninguna, y sobre lo que estrechaba la conciencia a ellos y su universal heredera Pudencianita; que no dejaba mandado se dijesen misas, porque, persuadido de que más le aprovecharían en vida, siempre había procurado buscar eclesiásticos pobres que las dijeran por su intención y la de su familia, y que a la piedad y amor de esta dejaba los sufragios que quisieran hacer por su alma584.

Esta manifestación nos hizo a todos derramar abundantes lágrimas y cada uno, sin articular palabra, se llegó a abrazarlo. Todos nos distribuimos las horas del día y de la noche para asistirlo, y como hasta los chiquitos de Pudenciana rogaron con lágrimas les diesen parte en el cuidado de su amado papá grande, como siempre le decían, se les señaló una hora por la mañana y otra en la tarde, las que desempeñaban con tal amor, empeño y caridad, que a todos nos enternecían, y aun al enfermo que, rasados de agua sus ojos, los acariciaba, besaba y llenaba de bendiciones. La distribución de horas fue inútil, porque aunque el que estaba de turno se estaba allí, todos iban con frecuencia a ver qué se le ofrecía y estarse largo tiempo, y particularmente las muy ejemplares Matilde y Pudenciana, que a porfía se esmeraban en cumplir con su deber y que, no siendo bastantes nuestras persuasiones para que fueran a acostarse, no se conseguía hasta que el coronel se los mandaba, y entonces apenas salían a la pieza inmediata y se recostaban a dormitar en un colchón que tenían allí con el objeto de no alejarse de su querido enfermo.

p. 374Era un asombro ver llegar a visitar al enfermo y su familia multitud de personas distinguidas por su religiosidad, singularizándose el coronel don J. Y. O., que entonces era alcalde primero que, a pesar de sus ocupaciones, iba con frecuencia, y todos ofrecían sus servicios585. De varios conventos y casas particulares le llevaron porción de santos que mandó se le pusieran en una mesa frente de su cama; pero más le llevaron el día doce, y como también le mandó* a san Vicente Ferrer una parienta que tenía religiosa en la Concepción586, cuando metí la imagen, como me quedé allí un rato, me dijo como sonriéndose:

—Querido Joaquín, esto está malo.

Yo sobresaltado le pregunté por qué y él con mucha calma respondió:

—Porque ya sabes hijo mío que día de Todos Santos es víspera de muertos.

Ese día, por disposición del facultativo, se sacramentó con la mayor devoción.

Al siguiente, que era en el que cabalmente cumplía los setenta años de edad, amaneció muy entero, y en la mañana nos hizo concebir las mejores esperanzas; pero dadas las doce se fue poniendo más malo, de manera que entramos en el mayor cuidado, y tanto que don Modesto mandó cerrar el cajón y que se fueran a casa los cajeros. Todos acudimos, y mientras venía el médico que ya se había mandado llamar, preveníamos para aliviarlo los remedios que allí estaban de la receta de la mañana; pero nuestro enfermo decía:

—Ningunos remedios hay contra la senectud, queridas prendas de mi alma; cuando la naturaleza aniquilada apuró todas sus fuerzas, el arte viene a ser inútil; ella lo puede todo sin él, y él nada puede sin ella. El hielo de la vejez ocupa ya muchas partes de mi débil cuerpo, y es fuerza que se comunique hasta el corazón dentro de poco.

Bien conoció esta verdad don Modesto, y por lo mismo envió a llamar al doctor R., que era íntimo de la casa, para que viniese, como vino al momento, a tributar a su amigo el postrer obsequio. La amable esposa Matilde y la tierna hija Pudenciana mezclaban sus lágrimas, suministrando al enfermo cuantos remedios pedía su deplorable estado con tanta solicitud y desvelo que el moribundo viejo exclamó:

—¡Oh, y qué contento muero!, al verme rodeado de tantos verdaderos amigos, en los brazos de la mejor y más ejemplar de las esposas y de los más amantes hijos. A todos los bendigo de corazón en nombre de Dios. Y me voy con el consuelo de que por la virtud de mis hijos no hago falta a mi adorada Matilde; eh, A Dios amados míos, resignaos siempre en la voluntad de la Providencia divina y esperad la muerte con tranquilidad, que ella os unirá a mí en la gloria que espero de la Divina Misericordia.

p. 375Así hablaba el virtuoso anciano en el momento de pasar a la eternidad. Hasta su postrer instante habló a todos los que rodeaban su lecho con la mayor presencia de ánimo; y aunque su voz iba debilitándose por grado, no le faltó enteramente hasta el último suspiro, que exhaló en punto de las tres de la tarde, día martes.

Entonces se manifestó en un grito horrible el dolor agudo que el silencio había sofocado en el fondo de los corazones. Todos llorábamos con profusión, negándonos a todo consuelo. Pero, cuando don Modesto y yo algo desahogamos, por su orden se dispuso el entierro, según lo dejó prevenido el difunto, y se hizo el día siguiente, sin faltar a su voluntad; mas para pagar el debido tributo al amor y a la virtud, se le levantó sobre el sepulcro una tumba, sobre la cual en una losa se grabó el siguiente

EPITAFIO

En la inerte ceniza que reserva
el breve hueco de esta losa helada,
de un volcán de piedad acrisolada
el pábulo dichoso se conserva.

Aunque su llama por la furia acerba
de la parca parece sofocada,
allá en el firmamento colocada,
está burlando su intención proterva.

Muevan, espectador, tu triste llanto,
un sol de caridad enardecida,
un héroe de virtud acreditada:

Un varón justo, religioso y santo,
un modelo ejemplar de buena vida,
un todo de piedad que ya hoy es nada587.

i La tercera edición, y de ahí en adelante, eliminan este «no», comprendiendo que el marqués lleva el dinero recibido a esta casa provisional. No estoy seguro de la errata del original; es posible también entender lo contrario: el marqués, con el pretexto de que iba a cambiar el dinero por letras, lo oculta, sin introducirlo dentro de su casa.

ii setenta] sesenta 1842.

iii mandó] mandaron. Corrijo la concordancia de número de acuerdo a la tercera y cuarta edición.

580 Teniendo en cuenta el valor semántico de los nombres en la novela, es probable que este marqués fingido haya formado su nombre anagramáticamente, con ese esdrújulo rimbombante, a partir de «devorador».

581 Entre 1813 y 1816 Félix María Calleja del Rey ostentaba el cargo de virrey de la Nueva España. Será el penúltimo de los sesenta y un gobernadores de esta demarcación. En tiempos de la publicación de la novela, esta institución había ya desaparecido, obviamente.

582 El falso marqués apura la celebración del matrimonio para ocultar su identidad, solicitando dispensa de vanas, como se dijo, la dispensa u omisión de la remisión de moniciones que debían presentar ante la autoridad eclesiástica. Desde el Concilio de Trento esta dispensa se deja a juicio de las autoridades con jurisdicción episcopal. Las condiciones en que debe realizarse un enlace en fechas cercanas a la publicación de la novela pueden leerse en el capítulo dedicado a los matrimonios de Bienes de la Iglesia, de Lázaro de la Garza y Ballesteros (Morelia, 1847).

583 La Real Cárcel de Corte a que es conducido el marqués hasta su traslado a Cádiz estaba situada en el Palacio virreinal. En El Periquillo Sarniento, el narrador cuenta su estancia en esta prisión (II.6).

584 El coronel pide ser enterrado en el camposanto de la parroquia de Santa María, al norte de la Alameda Central. Hasta principios del siglo xix era común que los entierros se realizaran en el interior de las iglesias y sus atrios. Palazón Mayoral advierte la similitud de tono entre las disposiciones de don Rodrigo y el Testamento y despedida de El pensador mexicano (Imprenta de la testamentaría de Ontiveros, 1827) del propio Fernández de Lizardi firmado un par de meses antes de su muerte (IV.13, nota 26).

585 El cabildo de la Ciudad de México contaba con dos alcaldes (primero y segundo), un número variable de regidores y un procurador de justicia. Estos alcaldes eran elegidos para cada año natural en la primera concurrencia del cabildo. Según consta en las actas de este, las siglas no parecen corresponder con ningún alcalde de los años en que se sitúa la novela, pero pudieran ser estas iniciales un tributo al coronel José Ignacio Ormachea, alcalde primero en 1821, que protagonizó la entrega de llaves de la ciudad con el advenimiento de la Independencia.

586 El Convento de la Concepción, desde donde le llega al coronel la estampa del dominico san Vicente Ferrer, era desde la segunda mitad del xviii el convento de religiosas más relevante de la ciudad (Plano general de García Conde, cuartel primero, E).

587 Este soneto apareció publicado como epitafio de un largo poema panegírico dedicado a Manuel Rubín de Celis en el Correo de Murcia (n.º 126–127, 12 y 16 de noviembre de 1793, el epitafio en la p. 172); se traslada al final de la Quijotita con dos variaciones mínimas (tierno/triste llanto y piedad/piedades).