Presentación
José Joaquín Fernández de Lizardi, conocido como el Pensador Mexicano porque tal era el nombre del primer periódico que fundó en 1812, coincidiendo con la libertad de imprenta proclamada por la Constitución de Cádiz, es uno de los autores fundacionales de la literatura mexicana. Lizardi publica sus primeros escritos cuando su país todavía es un virreinato dependiente de la monarquía española y los últimos cuando ya es una república independiente. Este carácter transicional, presente en su propia ascendencia (mexicana por parte de padre y española de madre), explica que, como apunta Carmen Ruiz Barrionuevo en la magnífica introducción que abre este sexto título de la Biblioteca del Quijote Transnacional (bQt), desconfiaran de él tanto los insurgentes como los realistas, aunque finalmente se alineara con los primeros. Y es que Lizardi fue un reformista, pero moderado y no revolucionario, y esa posición a medio camino entre dos polos, dos épocas, dos continentes, se deja sentir también en su legado literario —nada menos que el haber producido no solo la primera reescritura narrativa del Quijote en México sino, un par de años antes, la primera novela mexicana y aun hispanoamericana—.
Así lo corrobora el hecho de que, al pasar de articulista a novelista en la segunda década del siglo xix, el Pensador buscó inspiración precisamente en los modelos literarios de la metrópolis colonial de la que México estaba intentando emanciparse en esos mismos años: la novela picaresca para El Periquillo Sarniento (1816), el Quijote para La Quijotita y su prima (1818–1819). Lo que podría pasar por contradicción no es sino paradoja si tenemos en cuenta el afán reformista y didáctico, divulgativo y moralizante que domina tanto su periodismo como su obra novelística, a cuyo servicio el autor buscó siempre los cauces y medios más apropiados. Y qué duda cabe de que el prestigio y la fama del Quijote era el mejor de los reclamos para atraer al público, un señuelo comercial perfecto, aunque la presencia real del quijotismo en la novela no estuviera a la altura de las expectativas creadas por el título. Por eso Lizardi tiene que explicar las similitudes entre el delirio identitario del hidalgo manchego que lo hace creerse caballero andante y el de la joven mexicana que la hace verse como una beldad irresistible y aspirar a un matrimonio aristocrático, a través de uno de los colegiales que la bautizan como «Quijotita». Y, tal vez consciente de la insuficiencia de tal paralelismo, le da un nuevo e inesperado giro cuando la lectura de textos hagiográficos hace concebir a Pomposa la idea de imitar a sus protagonistas y convertirse en santa, para lo que se lanza a una salida fuera de la ciudad, aunque este quijotismo más literal y a lo divino le dura poco.
p. 2Lizardi se sirve del mito quijotesco —pues su modelo no es tanto la novela cervantina como el personaje arquetípico y el paradigma narrativo a que da lugar— de manera figurada (un quijotismo metafórico en vez de literal) y figural (con escaso desarrollo narrativo en forma de aventuras o de acompañante panzaico); o, en otras palabras, lo utiliza como tropo: el dispositivo quijotesco es símil más que narrativa, es decir, forma parte de una retórica autoral al servicio de un determinado propósito didáctico y satírico más que de una práctica imitativa desplegada de modo consistente. Ya hemos utilizado el término al presentar Don Quijote el Escolástico en esta colección y, en este sentido, es notoria la similitud con algunos Quijotes peninsulares del xviii y principios del xix, con los que la Quijotita comparte la misma visión negativa del quijotismo, en el que se encarnan los males que se pretenden censurar dentro de un debate fundamentalmente ideológico, el que se libraba en torno al proyecto ilustrado por defensores y detractores del mismo, tanto en su dimensión política como intelectual (filosófica, religiosa, científica). En esta guerra de ideas la figura quijotesca sirve como blanco satírico reversible, es decir, tanto del bando progresista (el citado Don Quijote el Escolástico de Pedro Centeno, 1788–1789) como del reaccionario (El Quijote del siglo xviii de Juan Francisco Siñeriz, 1836, de próxima aparición en bQt). Lizardi se sitúa claramente en el primero, aunque, desde una perspectiva actual, pudiera no parecerlo.
Me refiero a otra paradoja que da nueva expresión a ese carácter transicional del que venimos hablando. Que Fernández de Lizardi era lector de ilustrados franceses como Diderot, Rousseau y Voltaire, o de los españoles, especialmente Feijoo, es evidente en las ideas sobre educación, religión, sociedad, ciencia, etc. que vuelca en esta y otras obras. Es un heredero del enciclopedismo y racionalismo, del reformismo y utilitarismo del Siglo de las Luces. Pero, a diferencia de sus modelos franceses, el Pensador es profundamente religioso y, desde una perspectiva de género, patriarcal: es un reformista moderado, no un revolucionario, ya lo hemos dicho. Las mujeres deben recibir instrucción, sí, pero solo para ser buenas esposas y madres, pues su esfera de acción es la familia, no la sociedad o la vida pública; y siempre con la religión cristiana como guía. La novela proporciona ilustración narrativa a las ideas que sobre estos y otros temas enuncia quien actúa como portavoz de Lizardi, el coronel Rodrigo Linarte, cuyas continuas intervenciones contienen la doctrina del libro sobre educación femenina: tanto el ejemplo positivo de su hija Pudenciana como el negativo de su sobrina Pomposa ratifican tal doctrina, que es la auténtica columna vertebral del libro. Que tales ideas sean difíciles de digerir para un lector de hoy en día no debe cegarnos al carácter avanzado de las mismas en su contexto epocal. Dejar de entender esto supondría no hacer justicia al afán reformista que mueve el libro. Además, nos impediría ver su importancia como encrucijada del quijotismo transnacional, en cuanto que salto de género —del masculino al femenino— y de continente —del europeo al americano—.
p. 3En efecto, aunque la Quijotita hunde sus raíces en la tradición dieciochesca de quijotismo hispánico, presenta la novedad de su feminización, y ello la sitúa en la estela de una obra inglesa cuya traducción se había publicado en España pocos años antes, por lo que bien pudo haber llegado a América, como lo hicieron las novelas de Samuel Richardson vertidas al español por esos años y mencionadas en la obra de Lizardi. Me refiero a Don Quijote con faldas, la obra de Charlotte Lennox publicada en 1752, traducida desde su versión francesa por Bernardo María de Calzada en 1808, e incluida en nuestra bQt justo en el volumen precedente. Aun siendo el paradigma indudable del quijotismo femenino, es difícil encontrar huellas efectivas de Lennox en la obra de Lizardi, lo que sugiere que, si bien pudo ser un estímulo, no fue un modelo efectivo. Catherine M. Jaffe se ocupa de esta dimensión transnacional de manera muy iluminadora en el estudio cervantino de la novela, en el que también analiza las relaciones con otra reescritura quijotesca en clave femenina publicada en América, pero en los Estados Unidos. Las afinidades con Female Quixotism (Tabitha Tenney, 1801) no vienen dadas por el carácter tanto femenino como transatlántico y —más en concreto— (pos)colonial del quijotismo de sus heroínas. En ambos casos este tiene como escenario una antigua colonia convertida o a punto de convertirse en nación independiente y sirve para censurar, si bien de forma implícita más que explícita, ciertas ideas, prácticas o mentalidades asociadas a la potencia colonial y que se pretenden erradicar para hacer efectivo el proceso de emancipación política también en el plano social. Aunque no se enuncie, no es difícil detectar la conexión entre el delirio aristocrático y religioso de Pomposa con valores como el lujo, la ociosidad o la frivolidad, o con formas de devoción supersticiosas y fanáticas, provenientes de la metrópolis; igual que el delirio amoroso de Dorcas Sheldon, sus fuentes literarias y las figuras que intentan aprovecharse de él se vinculan al viejo continente. En ambos casos, los autores parecen compartir un mismo propósito: configurar, a través del ejemplo negativo de un sujeto quijotesco femenino, una nueva mujer para la nueva república, un nuevo modelo de feminidad para alumbrar una nueva comunidad.
Si esta lectura colonial no es explícita, el fin didáctico sí lo es, y hasta el agotamiento, el del lector que debe asistir a las copiosas y largas lecciones que imparte el coronel. Pero la feminización del quijotismo y su aclimatación a un nuevo continente son incentivos más que suficientes para arrostrar su lectura. No obstante, y siguiendo la pauta ya adoptada en el tercer título de esta bQt, El pastor extravagante, en cuya versión impresa redujimos la enorme extensión de la novela aliviándola de su carga doctrinal o digresiva, hacemos lo mismo en la Quijotita. Con más motivo, si cabe, pues existen dos buenas ediciones modernas mexicanas y nuestro propósito, por ello, no es dar a conocer una novela bien conocida, sino colocarla en el lugar que le corresponde dentro de la tradición cervantina. Podemos añadir, en nuestro descargo, que el texto puede leerse completo y meticulosamente anotado, gracias al exhaustivo trabajo de Francisco Cuevas Cervera, en la versión en línea; que un apéndice donde se enumeran y resumen todas las lecciones del coronel acompaña a la versión impresa; y que esta, abreviada por la autora del apéndice, Lucía Bausela Buccianti, pretende acercar la obra a un público para el que tales lecciones pueden resultar indigestas, y no solo por su ideología de género, también por el desmesurado peso con que lastran la novela. Y quien no nos crea solo tiene que asomarse al sitio web de esta colección para comprobarlo.
Pedro Javier Pardo
Director de la bQt
