Índice

Introducción José Joaquín Fernández de Lizardi, periodista y narrador en el México de la Independencia

Carmen Ruiz Barrionuevo

1. Trayectoria de un ilustrado en un convulso momento histórico

La fama de José Joaquín Fernández de Lizardi, como autor de El Periquillo Sarniento, ha postergado su dimensión como periodista e intelectual en una época especialmente conflictiva en la que pervive el pensamiento ilustrado y se produce la Independencia de México. Lizardi nació en la ciudad de México el 15 de noviembre de 17761. Su padre, Manuel Hernández Lizardi o Fernández Lizalde, era de ascendencia mexicana, su madre, Bárbara Gutiérrez, española de México, era hija de Agustín Gutiérrez Dávila, librero de Puebla. Su padre fue bachiller en Artes por la Real y Pontificia Universidad de México en 1753, estudios que realizó con muchas dificultades porque, debido a su pobreza, tuvo que pedir la exención de cuotas y no obtuvo el grado de bachiller en Medicina hasta 1780, cuando recibió el nombramiento de físico en el Real Colegio de Tepotzotlán, donde se trasladó con su familia. El futuro escritor tenía ya cuatro años (Rangel 41–50).

Fue en Tepotzotlán donde Lizardi estudió las primeras letras, después fue enviado a México para estudiar latín y en 1793 ingresó en el Colegio de San Ildefonso, famosa institución que había sido fundada por los jesuitas hacia 1580 y gozaba de gran prestigio. Él mismo recuerda:

[…] cursé retórica en esta misma Universidad nacional, bajo la enseñanza del señor Doctor D. Francisco Zambrano; estudié filosofía en el colegio de San Ildefonso, siendo mi maestro el Dr. D. Manuel Sancristóval y Garay [...]. No me gradué ni de Bachiller porque al tiempo de los grados se enfermó mi padre que era médico del colegio de Tepotzotlán, fui a asistirlo, y destripé el curso2.

p. 5El maestro Manuel Sancristóval, que aparece en El Periquillo Sarniento con el nombre de Manuel Sánchez, dice de él que tiene talento y que ha aprovechado sus estudios de lógica, metafísica y física (Spell, Bridging 102). Parece que recibió el grado de Bachiller en Artes en San Ildefonso y que luego estudió Teología, pero su nombre no consta como graduado en los registros de la institución, tal vez porque hubo de abandonar los estudios a la muerte de su padre en 1798. Por esta misma razón hubo de asegurarse un trabajo y obtuvo el puesto de juez interino en Taxco.

En Taxco en 1810 tuvo lugar un curioso episodio investigado por el lizardista Jefferson R. Spell («Taxco» 3–25). En el momento de la sublevación de los insurgentes, que perseguían la independencia de España, con el liderazgo de Miguel Hidalgo, en septiembre de ese año, recayó en Lizardi la responsabilidad del mando de la ciudad, llegando incluso a relacionarse directamente con el Virrey, a quien comunicó el peligro en que se hallaban. El 11 de noviembre le envía una detallada descripción de la situación proclamando su fidelidad a Fernando VII, así como refiriendo los planes que se ejecutarían si entraban los insurgentes. El Virrey Francisco Xavier Venegas le autoriza a él y a la Junta para poner en práctica las acciones necesarias con el fin de defender la ciudad. Pero los insurgentes fueron recibidos como amigos, se les entregó la pólvora con un supuesto fin de que se marcharan cuanto antes y así salvar la ciudad. A la entrada de los realistas en Taxco se apresa a Lizardi y se le despoja de sus bienes. En enero de 1811 se pone en marcha junto con otros prisioneros hacia la ciudad de México donde intentará defenderse ante el Virrey. Este episodio ha sido ampliado y documentado en 2010 con la publicación de una declaración del propio Lizardi y un certificado acerca de su conducta que prueban que «tuvo una participación deliberada, activa y favorable a la causa insurgente» (Guzmán Gutiérrez 204).

Después de su liberación vivirá en la capital precariamente del periodismo y dará comienzo a su labor de escritor volcada hacia la preocupación social, política y satírica. En 1805 había contraído matrimonio con Dolores Orendain y, aunque en 1808 había aparecido la primera de sus obras literarias, un poema, la «Polaca», en honor de Fernando VII, fue en 1812, después de la libertad de imprenta que promulga la Constitución de Cádiz, cuando aparece su primer periódico, El Pensador Mexicano, pseudónimo que utilizará desde entonces. El periódico seguirá saliendo con normalidad hasta el 3 de diciembre, momento en que una petición expresa del escritor al Virrey Venegas acerca del enjuiciamiento de los clérigos revolucionarios por parte de los comandantes militares, le lleva a sufrir su segunda prisión. Pero la llegada en marzo de 1813 del Virrey Calleja, después de varias gestiones del Pensador, que se encontraba en la ruina, le otorga la libertad en junio. Durante su prisión había continuado saliendo El Pensador Mexicano, en el que persistía con sus ideas reformistas que no le proporcionan las simpatías de los realistas, aunque a partir de enero de 1813 se aprecia un cierto cambio de tono con el objeto de atraerse el favor del nuevo Virrey. Se constata que, si los realistas conservadores lo acusaban de encender las llamas de la rebelión, los insurgentes desconfiaban de él por su adulación sospechosa al poder establecido y su profundo rechazo de la violencia. En 1814 se inicia el tercer tomo de El Pensador Mexicano, en uno de cuyos números pide la abolición de la Inquisición impuesta por la política absolutista de Fernando VII. Al año siguiente aparecen nuevos periódicos, Las Sombras de Heráclito y Demócrito, en mayo la Alacena de las Frioleras y en 1816 su suplemento, los Cajoncitos de la Alacena.

p. 6A la vez que se va extendiendo el ideario liberal independentista, y la censura ejerce una mayor presión, Lizardi se va encontrando con mayores dificultades para publicar periódicos, por lo que se decide a poner en práctica sus cualidades de narrador y escribir una novela. Así aparece El Periquillo Sarniento (1816). Los tres primeros tomos de la novela, que habían ido saliendo por entregas, no encuentran dificultad alguna, aunque el cuarto y último fue prohibido por el censor y sólo se pudo publicar después de su muerte, en 1831. Sucesivamente van surgiendo otras obras suyas, la edición de sus Fábulas (1817), las Noches tristes (1818) y La Quijotita y su prima en 1818 y 1819. Por estas fechas trabaja también en Don Catrín de la Fachenda, que el censor aprueba en 1820.

Hacia 1819 despliega Fernández de Lizardi su máxima capacidad como articulista y sus escritos nos van revelando la evolución de la nueva ideología. En 1820, establecida la Constitución de 1812 en México, puede dedicarse únicamente al periodismo. En el mismo año saca a la luz El Conductor Eléctrico, en el que se manifiesta combativo defensor de la Constitución. Después del Plan de Iguala, en febrero de 1821, en el folleto de Chamorro y Dominiquín del siguiente mes, el Pensador expresa la opinión de que la mejor solución a los problemas presentes es la separación de México de España, aunque no apoya los procedimientos violentos de los insurgentes. El folleto fue prohibido y su autor apresado. Desde la cárcel escribe su Defensa en la que, entre otras cosas, explica que los jefes revolucionarios defienden la independencia de modo absoluto y él se limita a desearla decretada por las Cortes, para que se consiga legítimamente y se ahorre sangre de españoles y mexicanos. Más tarde, unido a Agustín de Iturbide, comandante del nuevo ejército independentista, se incorpora a las fuerzas insurgentes, logrando huir y refugiándose en Tepotzotlán, donde se hace cargo de la prensa separatista. Es posible que llegara a la ciudad de México con la entrada triunfal de Agustín de Iturbide. Poco después se dará cuenta de que su admirado Iturbide se oponía a las reformas necesarias al no querer lesionar intereses de la Iglesia; un índice de este cambio nos lo ofrece el folleto Cincuenta preguntas del Pensador a quien quiera responderlas (18 de noviembre de 1821), en el que proclama la igualdad, los derechos constitucionales y la prosecución de las reformas. Con estos y otros escritos va empeorando su situación personal hasta que, en febrero de 1822, con la publicación del folleto Defensa de los francmasones, es excomulgado (Spell, Bridging 128 y ss.). Lizardi se quejará larga y amargamente tres meses después, en su folleto Carta Tercera al papista, fechada el 19 de mayo de 1822 en México, pero se le sigue atacando y se le prohíbe su periodismo, su único medio de vida.

p. 7A la caída de Iturbide en 1823 surgen las luchas entre centralistas conservadores, partidarios de una república central, y federalistas liberales, partidarios de una república federal; Lizardi, federalista, vuelve a ser encarcelado. Nos dice: «El mes de junio estuve preso por un papel inocente que puse titulado: Si dura más el Congreso, nos quedamos sin camisa, en el que fingí un sueño y que había visto un congreso de ladrones cuchareros que discutían sobre el modo de robarnos» (Spell, Bridging 133). Aunque consigue salir de la cárcel no disminuyen sus dificultades. Ante el apartamiento y la prohibición absolutas que, para relacionarse en sociedad, llevaba consigo la excomunión, pues se ve acosado por el clero y los gobernantes, Lizardi decide publicar él mismo sus folletos. Al fin, el 29 de diciembre de 1823 obtiene el levantamiento de la excomunión. En Conversaciones del Payo y el Sacristán (1824−1825), que constituye el más importante periódico publicado por su autor en esa época, reconoce: «El Pensador muy débil y enfermo, y con cuarenta y seis años en el lomo no puede vivir mucho».

En estos últimos años la junta que se formó para premiar a quienes habían prestado algún servicio a la independencia, le asignó un salario de capitán retirado y se le nombró editor de La Gaceta del Gobierno. Afectado ya por la evolución de su tuberculosis, Fernández de Lizardi prepara la segunda edición de El Periquillo Sarniento, de la que sólo verá publicado el primer tomo; escribe una obra dramática, la segunda parte de El negro sensible, y una veintena de folletos; en 1826 saca a la luz su último periódico: el Correo Semanario de México. El 27 de abril de 1827 redacta el Testamento y Despedida del Pensador Mexicano, en el que afirma que no ha dudado nunca en cuestiones de dogma pero que rehúsa creer en la inefabilidad papal, del mismo modo que rechaza todo tipo de superstición religiosa, doliéndose de que deja a su patria independiente de España, pero no de Roma («Dejo a mi patria independiente de España y de toda testa coronada, menos de Roma»). Al mismo tiempo elabora su epitafio: «Aquí yacen las cenizas del Pensador Mexicano, quien hizo lo que pudo por su patria». El 21 de junio de 1827 muere José Joaquín Fernández de Lizardi, quien fue sepultado en el cementerio de la iglesia de San Lázaro, pero hoy sus restos han desaparecido.

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2. El periodismo como profesión y medio de expresión ideológica

El Pensador se enfrenta con su mentalidad ilustrada a lo que denomina José Carlos Chiaramonte las «tres barreras tradicionales para las nuevas formas de pensar: los dogmas de la Iglesia Católica, la filosofía escolástica a ellos ligada y la fidelidad política a las monarquías ibéricas» (141). Ante el derrumbamiento del pensamiento precedente, hay que entender su trayectoria en el contexto de la Independencia mexicana. Son años de fuerte implantación ilustrada, Hidalgo y los liberales mexicanos se habían formado en variadas lecturas de autores franceses como Rousseau, Diderot o Voltaire. Pero, con todo, como también sucede en algunos ilustrados españoles, en él se concilian el pensamiento propio de la Ilustración y el catolicismo en un sentido amplio, lo que le lleva a rechazar fanatismos y supersticiones, aunque mantiene su fe religiosa. El ideal de la Independencia se va filtrando de manera paulatina en las publicaciones periódicas, a la vez que el conocimiento de las ideas de la Ilustración; la difusión de la lectura, el interés y la curiosidad por las descripciones de países desconocidos o de costumbres inéditas, encuentran en el periodismo un marco propicio. Ese nuevo público, minoritario, pero entre el que se distingue un lector inquieto, deseoso de discutir las nuevas ideas, disfruta de la letra periódica impresa que aparece desde La Habana a Bogotá, Lima o México. La libertad de imprenta facilitará también, en algunos momentos, el oficio de periodista y el medio de la hoja periódica como importante instrumento para la difusión y defensa de las ideas3.

Dentro de este contexto hay que tener en cuenta que Fernández de Lizardi fue antes que nada un periodista, un divulgador convencido y comprometido que se vio obligado a defender sus puntos de vista mediante otros medios de expresión, a utilizar sus dotes narrativas en la novela, al no disponer de sus instrumentos naturales: la hoja periódica y el folleto. El autor mexicano se vale del periódico, pues la labor del periodista en la Ilustración se encuentra condicionada por la publicación y la subsistencia, «por la transformación del producto de la escritura en un bien de cambio. El Pensador es consciente de que necesita al público lector desde el punto de vista pecuniario (Insúa, «Periodista» 163−164).

p. 9Es significativo que el 9 de octubre de 1812, días después de conocida la noticia de la promulgación de la Constitución de Cádiz que establecía la libertad de imprenta, salga a la calle el primer número de El Pensador Mexicano y que, entre 1812 y el año de su muerte, 1827, Lizardi publicara nueve periódicos (Oviedo, Prosa periodística I: 153−309). Lizardi hace, desde el comienzo, de esta labor su oficio y su medio de vida. Los tres tomos de El Pensador Mexicano constan de 45 números en total y abarcan aspectos referentes a la agricultura, el comercio, la industria, la educación, la Constitución, los abusos del gobierno, el despotismo, la libertad de imprenta, entre otros temas. Esta fe en la libertad se afirma y consolida en su rechazo absoluto a la Inquisición (Vogeley, «Inquisition» 126)4. Se observa, sin embargo, un cambio de tono a partir de los últimos números del primer volumen, a consecuencia de la prisión que padeció durante siete meses, razón por la cual el autor se explaya en propuestas de reformas sociales y cívicas sin plantear ideas que arriesgaran su seguridad.

La Alacena de Frioleras, el nuevo periódico, aparece en mayo de 1815 y constará de 28 números. A él se unen los suplementos, Cajoncitos de la Alacena (1815−1816) y los dos números de Las Sombras de Heráclito y Demócrito (1815). Como la Inquisición había sido reinstaurada no quiso correr riesgos, los temas son satíricos y costumbristas: los toros, la amistad, la ciudad de México, los hospitales, el juego, la educación del pueblo, en diálogos muchas veces llenos de gracia y humor. Pero su crítica no deja de ser menos importante. Con todas estas publicaciones se cierra su primera época de periodista que culmina en su dedicación a la novela. En 1816 aparece El Periquillo Sarniento.

La segunda época periodística, que se desarrolla a partir de 1820, deja lugar a un producto más seguro, más congruente y menos temeroso, pero siempre siguiendo las mismas pautas de exigencia de integridad ideológica para el nuevo régimen. A partir de ahora verán la luz seis periódicos y cerca de dos centenares de folletos, lo que da una idea de su intensa dedicación. En 1820 publica El Conductor Eléctrico, en el que dentro de un espíritu combativo emprende, en sus 24 números, la defensa de la Constitución; también a partir del número 15 vuelve a fustigar con innumerables razones lo innecesario y anticonstitucional de la Inquisición. Ya en la época anárquica en la que se vive después de lograda la independencia aparece El Amigo de la Paz y de la Patria, «Periódico Político dedicado al muy ilustre Ciudadano Agustín Primero Emperador de México» (1822), que, en sus dos números, expone sus buenos deseos acerca del gobierno de Iturbide, recién constituido. En 1823 el solitario número de El Payaso de los Periódicos presenta el propósito de enseñar deleitando los derechos y deberes ejercidos en libertad e igualdad. A fines de este mismo año sale El Hermano del Perico que Cantaba la Victoria, «Periódico Político Moral», en 6 números, diálogo entre el Pensador y un perico que encarna el espíritu de Pitágoras; a través de ellos se enfrentan las ventajas que entraña el federalismo liberal ante el centralismo conservador.

p. 10Los años que siguen son los de la excomunión de Lizardi, años de acoso y dificultades en los que el Pensador se defiende a duras penas ante la prohibición de vender sus folletos. Durante los años 1824 y 1825 su obra periódica más importante es Conversaciones del Payo y del Sacristán en la que trata el tema del fanatismo y despotismo del clero. Jacobo Chencinsky (Obras III: 21) la considera la culminación de su periodismo, por la fluidez del estilo, su ironía y su audacia. En los sucesivos diálogos, los temas eclesiásticos se entremezclan con los políticos y militares sugiriendo diferentes reformas que culminan en un ambicioso proyecto de Constitución. Y, finalmente, su última salida periodística es el Correo Semanario de México, en el que en sus 24 números de 1826 a 1827 interviene muy poco directamente, y se limita a transcribir otras publicaciones, otros libros, otros autores, cartas, comunicados, entre los cuales lo más interesante es la difusión de las biografías de los Pontífices con el fin de instruir al pueblo acerca de su indigna conducta. Se basó para ello en la obra Retrato político de los papas desde San Pedro hasta Pío VII (1823) de Juan Antonio Llorente, un español liberal y afrancesado, canónigo de la catedral de Toledo.

La otra vertiente del periodismo de Fernández de Lizardi es la publicación de folletos (Spell, Bridging 247−264). Se conocen unos 250, aunque se sabe que escribió muchos más, y le sirven a Lizardi como medio para difundir los mismos temas que en sus periódicos, con la ventaja de que no tenía que estar sujeto al apremio de la suscripción. Su fin divulgador era más amplio por esta misma razón y por su pequeñez, pues consistían en un número reducido de hojas impresas, de cuatro a dieciocho, que, al resultar menos costosas, podía ser adquirido por una mayor cantidad de personas (Oviedo, Prosa periodística II: 726−781). Asimismo, podía eludir con más facilidad la censura (Palazón, Obras X: x). El folleto entraba así de lleno en la actividad periodística de Lizardi convirtiéndose en una parte central de su objetivo, por propia convicción divulgadora, pero también por una importante razón económica, ya que el autor arriesgaba menos su peculio con este tipo de publicación que a su vez podía ser más fácilmente adquirida. Y este factor era de enorme importancia en un escritor que, como Lizardi, se ganaba la vida con la pluma. En los folletos su estilo es llano y cercano al lenguaje del pueblo al que quería persuadir con verdad y sin artificio (Urbina 78). Su labor era de moralista y educador y el periodismo le servían para sus fines; entendía el periodismo como un valor social, de defensa del ciudadano frente al abuso de los gobiernos. O como dice Mariela Insúa, su obra posee una función que la unifica, ya sea en el periodismo o en la literatura, «la de promover la educación del pueblo, [pues] la formación de las clases bajas era el único medio efectivo de evitar la decadencia moral y los abusos de poder. Asimismo, a través de una enseñanza esmerada se conseguiría formar a modélicos ciudadanos para el Estado naciente» («Maestro ejemplar» 63). Por ello, su misión era la de difundir ideas de libertad, pero también servir al lector como medio de instrucción.

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2.1. Una erudición al servicio de la pedagogía y el didacticismo social

Aunque la ideología de Lizardi está marcada por el siglo xviii y son claros sus nexos con los ilustrados europeos, franceses y españoles, no deja de tener un arraigo en las creencias de su época. Como lo define Agustín Yáñez, es «progresista y providencialista, corifeo de la razón y de la ciencia, rebelde, sentimental, cristiano» (xi-xii). Es decir, que conservando sus convicciones cristianas se incluye en esa Ilustración americana que comienza a mediados del siglo xviii y llega hasta 1830, recibiendo las ideas de reformismo, filantropía, racionalismo, utilitarismo, liberalismo y un optimismo vital basado en la fe en el hombre. Fernández de Lizardi vive en una época en la que se está produciendo el declive del escolasticismo y la rápida penetración de la nueva ideología del enciclopedismo francés con toda su apoyatura racionalista e iconoclasta. Por eso recibe el impulso didáctico-moral de los autores españoles y franceses del siglo xviii que fueron aprovechados en sus múltiples perspectivas educadoras y pedagógicas; sin embargo, sus lecturas están todavía próximas al siglo precedente, admira a Cervantes y a Quevedo, y le gusta citar a los clásicos griegos y latinos, a la vez que recibe influencias de autores como Feijoo, Iriarte, Samaniego o Torres Villarroel. La cita erudita cumple siempre un importante papel y se remonta en la digresión hasta convertirse en el centro mismo de su discurso, alentada por la necesidad interna de servicio a los demás. Por ello, sus lecturas aparecen desplegadas en todos sus escritos porque, en él, el individualismo del mexicano se resuelve en una labor que pretende extenderse a lo colectivo. Además, su liberalismo y su nacionalismo lo impulsan a asumir un concepto laico de los asuntos políticos, así como a rechazar ciertas ideas europeas si van en contra del propio país. Ello no obsta para que se confiese católico y considere que la religión debe presidir la educación y la vida entera del hombre.

Observando la simple relación de los títulos que cita, comprobamos que era un autor con una cultura actualizada en el México de su tiempo y que tuvo acceso a los libros que por entonces circulaban. Buena parte de ellos aparecen anunciados en el Diario de México como novedades de interés tal y como relaciona Ruth Wold (180–194; 227–285). Son obras que abarcan todos los aspectos del saber de su tiempo porque en los momentos previos a su iniciación en la vida literaria ya había acumulado una serie de lecturas que en aquella época estaban vigentes y circulaban entre la élite intelectual e ilustrada de la Nueva España. Debemos tener esto en muy cuenta para valorar la capacidad del escritor mexicano y contemplar en su justa medida a un intelectual de amplia formación dentro de su tiempo, con abundantes lecturas. Porque «el escritor mexicano fue un intelectual y no puede ser entendido sino como miembro del grupo social criollo; además, no sólo fue periodista sino un escritor constante, reflexivo y conocedor de la situación sociohistórica en su época» (Ortiz Sánchez 278). Y estas lecturas están siempre buscadas y utilizadas en función de su propósito didáctico, tanto en El Periquillo como en el resto de su producción (Hernández García), pues la cultura cumplía en él la misma función que Jean Sarrailh señala para los ilustrados españoles, era «una fuente de felicidad» (167) que desarrollaba el bienestar del ser humano y de la colectividad en que se vive. Este propósito de enseñar, de cumplir un fin en la sociedad, es su eje motor, no sólo en su obra literaria, sino en la práctica de la vida. Sabemos que el 23 de julio de 1820 Fernández de Lizardi fundó la Sociedad Pública de Lectura, cuyo objeto era facilitar la cultura y la ilustración al pueblo, y en la cual se implantó un reglamento de lectura y préstamo cuyo lema era: «Ser útiles a nuestros semejantes, prefiriendo el bien público al privado» (Perales Ojeda 36).

p. 12Entre las lecturas relevantes, en el campo de la educación, es posible que leyera directamente a Rousseau, aunque sus escritos estaban prohibidos, pero sin duda aprovechó sus enseñanzas a través de J. Ballexserd, Dissertation sur l'education physique des enfants (1762) y de Jean Baptiste Blanchard, jesuita adaptador del ginebrino, cuya Escuela de costumbres (1775) cita en abundancia. Siguiendo estas enseñanzas, para Lizardi, el hombre no nace bueno, por llegar al mundo con el pecado original, pero lo corrompe más la sociedad; tiene pasiones, aunque el instinto natural lo acerca al bien. En este punto la educación juega un papel importantísimo pues puede inclinar al joven a las buenas o las malas prácticas. También está en él viva la lectura de Feijoo, cuya influencia en su pensamiento, y muy especial el Teatro crítico, al decir de Spell, fue decisiva, hasta el punto de denominarlo «The Mexican Feijoo» (339–348) porque su lectura y modelo fueron constantes. Los objetivos de ambos son los de refutar errores e ilustrar a la humanidad, pues el mexicano cree, como el español, que los hombres están muy inclinados a aceptar la falsedad y el error. Especialmente en el tema de la educación, los dos tienen mucho en común: la denuncia del escolasticismo y la defensa de las enseñanzas adquiridas por el propio conocimiento experimental; el rechazo de supersticiones pseudorreligiosas; la denuncia de los médicos charlatanes, uno de cuyos ejemplos ilustrativos recoge de Feijoo. Es decir, que había leído con enorme interés sus obras y muchas de las reformas que propone en los campos de estado, iglesia o educación, están inspiradas en él.

Su afán didáctico lo lleva a volcar la erudición adquirida, a exhibir los títulos que ha leído, o que considera provechosos de cualquier saber, tal y como señaló Spell (Bridging 149–150). Constantemente, al escribir, debía tener a la vista obras de consulta que le proporcionaban referencias útiles a las que echar mano para apoyar cualquier aserto o para ilustrar con prestigiosas citas sus ideas. Varios títulos cumplían este objetivo, obras por otra parte muy conocidas por los intelectuales de la época, del siglo precedente y en algunos casos incluso del siglo xvii: así las Declamaciones contra la charlatanería de los eruditos de Johan Burkhard Mencke, aparecido en Leipzig en 1715 y vertido al español en Madrid en 1787 y que Lizardi cita como Juan Buchardo Mecknio; El gran diccionario histórico o Miscelánea de la historia sagrada y profana de Luis Moreri publicado en Lyon en 1674, y en español casi un siglo después, en cuyos varios volúmenes el Pensador pudo encontrar información muy útil de todo tipo, referente a la geografía, la historia, la cultura, la mitología y otros saberes; las Reflexiones sobre el buen gusto en las ciencias y en las artes de Ludovico Antonio Muratori, cuya traducción fue publicada en Madrid en 1782; El fruto de mis lecturas de Nicolás Jamin, aparecido originariamente en francés, y en español en Madrid, en 1795, donde se recogen en sus diferentes apartados las máximas o sentencias de los escritores griegos y latinos que pueden aplicarse en los diversos momentos de la vida y en las situaciones diarias. Y también el Diccionario histórico abreviado que contiene la historia de los patriarcas, príncipes hebreos... cuya traducción española apareció en 1753–1754.

p. 13Pero no sólo es esto, Lizardi quiere que sus obras sean también útiles para la vida cotidiana y por eso introduce numerosas referencias a la religión, la educación, la moral, la teología, la filosofía, el derecho y la medicina. Así, por ejemplo, demuestra conocer bien la Biblia, el Antiguo y el Nuevo Testamento, aunque lógicamente sus citas más frecuentes son las de los preceptos morales de los Proverbios y del Eclesiastés. Y al mismo tiempo cita con alguna reiteración cuatro catecismos o compendios religiosos: del Abate Fleury, el Catecismo histórico; de José Pintón, Compendio histórico de la religión; el Catecismo de Ripalda; y el Catecismo o Instrucción cristiana de Pedro Murillo Velarde.

Lizardi rechaza la enseñanza escolástica y apoya las ciencias experimentales, para cuyo conocimiento recomienda: La física experimental de Para y Nollet, las Recreaciones filosóficas de Teodoro de Almeida, el Diccionario de física y el Tratado de física de Brisson, y las obras de Pluche y de Buffon. En lo que atañe al Derecho, se refiere a las Siete Partidas y el Fuero Juzgo, así como a las Leyes de Indias. El libro que usa básicamente en este campo es la Librería de escribanos de José Febrero; también cita la Práctica criminal de José Marcos Gutiérrez y la obra de Félix Colón, Juzgados militares de España y sus Indias. Sus conocimientos de medicina, por último, eran amplios: la Medicina doméstica de William Buchan, la Farmacopea de Palacios, la obra de Fuller y la Pharmacopoeia Matritense, así como la Botánica de Linneo y la Química de Lavoisier. En ambas disciplinas, el Derecho y la Medicina, demuestra conocer los libros básicos de la época y estar bien enterado de las disposiciones legales, así como de los remedios curativos más difundidos, lo que le permite ironizar y divertir tanto en su periodismo como en sus novelas5.

3. Lizardi y la literatura: el narrador

3.1. El Periquillo Sarniento

Es comúnmente aceptado que El Periquillo Sarniento da comienzo a la tradición narrativa mexicana, y también que constituye la primera novela hispanoamericana. Lo vio con claridad el novelista de la Revolución mexicana Mariano Azuela, al decir que «en sus diálogos apuntan bien claros los gérmenes de la novela, como fiel representación de la vida de un pueblo» (577). Los títulos que lo preceden, aunque varios y de diversa índole, no cumplen las características de intencionalidad en el retrato de esa clase media contemporánea, ni obtienen a través del lenguaje el arraigo popular de la obra de Lizardi, por eso resulta claro que dentro de la acotación genérica de la novela, si aceptamos los límites normalmente establecidos, la novela de Lizardi mantiene su primacía6.

p. 14A comienzos del siglo xix en México, como sucede también en España, la novela atraviesa un difícil momento. Agotada ya la veta de los grandes prosistas del Siglo de Oro, se consideran las formas narrativas como contrarias a las buenas costumbres sociales y a la moral pública. A ello contribuye la difusión de las ideas dieciochescas, pero también la significativa decadencia del género. El maestro del joven Periquillo, en el capítulo iii del primer tomo de la novela, aconseja para su educación una serie de lecturas como: «El hombre feliz, Los niños célebres, Las recreaciones del hombre sensible u otras obritas semejantes; pero que nunca convenía que yo leyera [nos dice por boca de Perico] Soledades de la vida, las Novelas de Zayas, Guerras civiles de Granada, La historia de Carlo Magno y los doce pares, ni otras boberas de estas». Y, sin embargo, cuando a Lizardi se le plantea la necesidad de sustituir sus publicaciones periodísticas, se decide por la novela, porque, a pesar de todo, le resultaba enormemente atractiva y útil como vehículo de comunicación; pero la obra que proyecta es una novela moralizadora, cuyos personajes serán tipos más que individuos. Como el mismo autor dice en la «Apología de El Periquillo Sarniento»:

Sé que una de las reglas es que la moralidad y la sátira vayan envueltas en la acción y no muy explicadas en la prosa; y yo falto a esta regla con frecuencia, porque estoy persuadido de que los lectores para quienes escribo necesitan ordinariamente que se les den moralidades mascadas, y aun remolidas, para que les tomen el sabor y las puedan pasar, si no saltan sobre ellas con más ligereza que un venado sobre las hierbas del campo7.

Al objetivo didáctico, siempre patente en sus escritos, se unía la circunstancia económica; las novelas se vendían bien y, si no podía contar con el periodismo como medio de vida, ya que resultaba arriesgado en el agitado medio político, la novela en sus sucesivas entregas, podría sustituirlo con ventaja. No podemos olvidar que dependía única y exclusivamente del trabajo de su pluma. Siguiendo las mismas pautas «retomó su rol de censor moral en sus tres novelas, picarescas formalmente, aunque cargadas de costumbrismo. Pero ya no fijaba su mirada en los excesos del poder» (Gutiérrez Negrón 151). El cambio también fue condicionado por el distinto soporte que utilizaba. Si se planteó la necesidad de escribir una novela moralizante, el modelo que surgía ante él, con todo su prestigio, era el de la picaresca, en el que la moralización se aunaba sin estridencias con la ficción que proporcionaba el entretenimiento; o también porque podría existir una cierta afinidad entre el periodismo y la picaresca, cuyos cimientos se trazaban con la observación de la realidad o, como expresa Jean Franco, en la misma intencionalidad del autor estaba el escribir, una «miscelánea divertida, crítica y moral» cuyos antecedentes se encontraban en la prensa de principios del siglo xix, ya que «El escritor del periódico ya no es un vasallo que se dirige a su señor, sino un ciudadano que ofrece su opinión y la y la somete al juicio de sus semejantes» (3−4). La conexión con el periodismo propiciaba la claridad de comunicación y, por su medio, la introducción de una reglamentación racional de la vida que ordenaba toda la sociedad. Tampoco podemos olvidar que la picaresca presentaba un modelo fácilmente adaptable: el predominio de la primera persona narrativa, la disposición de los episodios, la subordinación del resto de los personajes al protagonista, y la facilidad de una crítica que se dispone desde un Periquillo ya convertido en el final de sus días, lo que acentúa la posibilidad de mejorar a la sociedad y a los seres humanos8.

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3.2. Lizardi y la respuesta social. La publicación de El Periquillo

Lizardi fue siempre respetuoso con las leyes, todo lo más se permitía una suave ironía que hacía entrever su opinión, aunque, claro está, gravitó sobre él la presión inquisitorial. Y sin embargo fue valiente al abordar problemas fundamentales de su época. Es conocido que su crítica de la esclavitud provocó que el cuarto tomo de su Periquillo no fuera publicado en vida. Este cuarto tomo fue aprobado por el censor ordinario, pero el alcalde del crimen lo pasó a su superior, quien ordenó que se archivara y se prohibiese la impresión. La razón residía en que el autor manifestaba su opinión abierta en contra de la esclavitud de los negros, trazando la incompatibilidad de este comercio con las creencias cristianas:

Lo que me admira y me escandaliza es ver estos comercios tolerados y estos malos tratamientos consentidos en aquellas naciones donde reina la religión de la paz, y en aquellas en que se recomienda el amor del semejante como el propio del individuo. […] Si ustedes saben cómo se concierta todo esto, os agradeceré me los enseñéis, por si algún día se antojare ser cristiano y comprar negros como si fueran caballos. (Obras IX: 216−217).

Aunque la constitución de 1812 prohibió la esclavitud, no llegó a hacerse realidad por las presiones de los hacendados del azúcar en Cuba. El capítulo que provoca la suspensión de la publicación de la novela se titulaba: «Refiere Periquillo su buena conducta en Manila, el duelo entre un inglés y un negro y una discusioncilla no despreciable» y debió parecer demasiado atrevido en sus opiniones, por lo que la Inquisición hubo de intervenir para retener un libro que manifestaba opiniones en contra de un comercio, el de los esclavos, permitido por el rey (Bueno 128−132).

De este modo la novela quedó trunca, aunque sabemos que el autor no se doblegó, creía en sus ideas y había hecho de su pluma el medio de ganar el sustento suyo y de su familia, por lo que trató por otros medios de dar por terminada su historia. En 1938 Ernest R. Moore encontró un ejemplar del tomo III de la primera edición de El Periquillo Sarniento en el que halló, además del texto impreso, un apéndice manuscrito con el siguiente título: El Periquillo Sarniento, tomo IV, extractado por el Pensador Mexicano, año de 1817. En el comienzo, el autor explicaba que había usado de este procedimiento para dar término a su novela sin ir contra las «órdenes superiores». Y bajo el epígrafe «La aventura más fatal de Periquillo Sarniento» expresa con ironía que «la aventura más fatal que acaeció a Periquillo fue haberse encogido en su cuarto tomo» y añade:

He aquí la aventura más fatal, no sólo para Periquillo, sino para mí, para el impresor, para los suscriptores, y para el público. A todos nos interesaba la conclusión de la obra sacándola de aquellas distantísimas regiones. A Periquillo para acabar de contar sus desgracias, y volver por su crédito cuando refiero su conversión y mudanza de conducta: a mí para quitarme de encima tantos curiosos que todos los días me preguntan por su salud antes que por la mía: al impresor para que se le pagara su dinero: a los señores subscritores (sic) para que se les completaran sus ejemplares: y al público para no quedarse con la obra trunca y la duda cabal del fin del triste Perico (Moore 4).

Gracias a este importante descubrimiento sabemos que Lizardi contrató una serie de copistas que difundieron el final de la novela y la historia de El Periquillo Sarniento pudo ser conocida resumida para sus suscriptores antes del fallecimiento de su autor. La novela quedó trunca en vida de Lizardi y posteriormente se publicaron la tercera y la cuarta edición (Ruiz Barrionuevo, «Problemas textuales» 147−162).

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3.3. En la tradición social de la picaresca

Desde casi el mismo momento de su aparición se ha convenido en señalar a la picaresca española como origen primero de El Periquillo Sarniento. Alfonso Reyes resumió bien la idea al decir que «la Novela Picaresca es responsable de nuestro Periquillo Sarniento; que de aquellos Guzmanes vienen estos Periquillos» (169−170), y a continuación destacaba cómo para Mateo Alemán el arte es lo primero, en tanto que para Lizardi lo es la necesidad de educar. Es indiscutible que en ambos existe un interés moralizador, pero de distinta naturaleza: en El Periquillo este propósito es casi único y central, en cambio en el Guzmán el personaje del pícaro toma las riendas para agigantarse en una narración en la que ese mismo interés moralizante existe, pero de una manera derivada. Es sabido que la relación entre las dos obras ha trascendido lo anecdótico para convertirse, en la pluma de muchos críticos, en una cuestión primordial que puede menoscabar la originalidad del mexicano.

Diversos análisis han abordado los varios matices de la inserción de la obra en el género picaresco. Así, García de Paredes, analizando con detenimiento el tema, destaca que Periquillo nace de cuna honrada y muere dentro del relato, con lo que se nos ofrece una ficción cerrada. Pero «no hay nada en la blandura y cobardía de Periquillo que nos indique que estamos ante un auténtico pícaro» (43). Existe, desde luego, el autobiografismo y el servicio de sucesivos amos, que no parecen elementos que por sí solos puedan calificar de picaresca a una novela. En cambio, se ha reprochado al autor la introducción de digresiones didáctico-moralizadoras, que serían la razón máxima que permitiría catalogarla como novela picaresca, pues ellas lo conectan con el Guzmán de Alfarache para cumplir el objetivo buscado: el de la moralización. La diferencia es evidente: «Alemán utilizó esta estructura con fines didácticos y religiosos, Lizardi en cambio, la aprovechó con propósitos de reforma filosóficos y sociales» (García de Paredes 46).

Otras conexiones con títulos de la picaresca española pueden tenerse en cuenta. Amancio Bolaño e Isla lo aproxima al Estebanillo González, pero indica que ninguna de ellas es novela picaresca: «[…] hay picardías en las dos, pero sin el tétrico fondo de la picaresca, hay consejos morales en las dos, pero educativos y costumbristas, de moral de escuela o pedagógica, de carácter social, mas no de predicador de púlpito, de fraile tonante en su moralización; hay sátira suave, pero no la pulverizante del mundo» (29). El mismo título de Lizardi nos hace pensar en El Periquillo de las Gallineras (1688) de Francisco Santos, pero no existen más coincidencias que el uso de idéntico nombre. Aunque esta tradición picaresca procede indudablemente de las obras españolas del género, también hay que contar con otras obras americanas en las que se aprovechan motivos y elementos picarescos. Es el caso de El sueño de sueños, fechado a principios del siglo xix, de José Mariano Acosta Enríquez (Leal 57), obra en la que aparece por primera vez el personaje del lépero, o pícaro mexicano; o también a considerar, dentro de la evolución de lo picaresco, la existencia de elementos y actitudes picarescas en verso y prosa en obras tan difundidas como los versos de Mateo Rosas de Oquendo, El carnero (escrita en el siglo xvii, 1859) del neogranadino Juan Rodríguez Freile, los Infortunios de Alonso Ramírez (1680) del mexicano Carlos de Sigüenza y Góngora, y en determinados recursos narrativos del inclasificable Lazarillo de ciegos caminantes (1773).

p. 17En realidad, Lizardi aprovechó un molde picaresco que recibió de los antecedentes españoles e hispanoamericanos pero que actualizó a su conveniencia e hizo apto para nuevas posibilidades, con lo que la misma estructura utilizada pasa a ocupar un lugar secundario respecto al objetivo primordial: el efecto moralizador y didáctico9. Por esta razón no parece arriesgado destacar, como hace Salvador Bueno, que la novela, dentro de ese esquema, responde a «una necesidad básica de los americanos: plantear el balance de la colonización española, enfrentar sus dolencias, equivocaciones y quiebras, sopesar todo el cuerpo social de sus países para, de esa manera, afirmar la necesidad de la independencia» (127). Lizardi se encontraba en el cruce de dos tiempos y, al describir los males del presente, recurría a los métodos de la picaresca, pero también avizoraba el costumbrismo que con su continuación realista traería el nuevo siglo. Tal propósito pudo no ser consciente, pero es indudable que en ello reside su carácter fundacional de una narrativa.

Para el propósito que Lizardi pretendía era necesario que el lector contemporáneo mexicano pudiera reconocer y reconocerse en la suerte de Periquillo, incrementando así la verosimilitud literaria. Buscaba, por todos los medios, aproximarse a las gentes de su época a las que proporcionaba un mensaje educacional e implícitamente un estímulo denunciador. Por eso reproduce con fidelidad la ciudad de México, las calles, edificios, personas, acontecimientos, todo aparece constantemente indicado, incluso, como en el caso del Colegio de San Ildefonso o la vida infantil de Perico, corresponden a lugares y acontecimientos parcialmente vividos por el autor y que han sido minuciosamente descritos por Spell («Social Background» 447–470), pues sirven de fondo a la novela. Noël Salomon ha sido de los primeros críticos en apuntar la necesidad de interpretar El Periquillo desde el punto de vista de la sociedad colonial y señalar que debe ser estudiado como un «relato novelesco y vivo del proceso por el cual un individuo de la clase media mexicana puede caer en el pantano social de los vagabundos y léperos» (170), con lo que se evidencia más su intencionada proyección social.

p. 18Pero en este análisis de la sociedad que lo rodeaba, el episodio más curioso, culminación y resumen de su crítica social, es el del mundo utópico de la isla de Saucheofú (capítulos vi, vii y viii del tomo iv), acerca del cual insistió Knowlton en 1963 señalando al mismo tiempo su fuente (339−343)10. Por su parte, Sáinz de Medrano describe el episodio utópico (77−83) que Lizardi emprende con la consideración de los ejes fundamentales que regían el mundo colonial contando con la ventaja de presentar una doble perspectiva: la de un mexicano como Periquillo y la de un ciudadano oriental, utilizando el contraste de perspectivas entre naturales y extranjeros, que contaba con precedentes varios en diálogos y obras de ficción en el siglo precedente. Así se pone de relieve que el tema de la nobleza heredada resulta insólito en la isla de Saucheofú, pues es algo que sólo se adquiere con esfuerzo y servicio personal; que el trabajo dentro de la comunidad es indispensable para todo hombre en el mundo que rige el tután, por lo que resulta lógico que Perico se sorprenda ante la pregunta que aquél le formula acerca de su dedicación laboral. Periquillo introduce en su respuesta un mundo en el que prima el prejuicio acerca de la vileza de los oficios y del trabajo manual, para sobrevalorar profesiones inútiles a los ojos del tután, como la de teólogo o abogado, o parcialmente útiles y costosas para el Estado, como las de las armas. Además, a través del fracaso de Perico en el reconocimiento de las hierbas medicinales, se descubre la ignorancia de la profesión médica y la mala preparación que se recibía en las universidades. Por ello, el desenlace de la escena parece muy identificado con el sentir del Pensador: «Limahotón, pon a este extranjero a que aprenda a cardar seda, a teñirla, a hilarla y a bordar con ella» (Obras IX: 246). Lo que vale tanto como aconsejar a sus conciudadanos el trabajo manual, por encima de prejuicios de sangre y de herencia adquiridas.

El carácter utópico de esta sociedad de Saucheofú propicia el planteamiento de una organización social ideal que se ha visto conectada con la «Constitución política de una república imaginaria» (Joset 363) que aparece publicada en Conversaciones del Payo y el Sacristán en el año de 1825 (n.º 16, t. II), sociedad en la que los ciudadanos se distinguen por los tocados, que remiten a sus correspondientes oficios y estado social, en la que la ley es accesible y clara para todos, sin intermediarios, y en la que los castigos cobran una importancia singular por su carácter disuasorio y ejemplar. Tanto en este episodio, como en el texto de la Constitución, encuentra Jacques Joset una gran parte de los rasgos definitorios del género utópico, aunque no totalmente respetados en su origen, con el claro propósito de reformar a la sociedad. Se ponderan valores como el trabajo manual y se condena la nobleza ociosa, pero el resultado «no es propiamente una “invención”, un otro mundo, sino un “contramundo” regido por algunas ideas sociales de la ilustración» (358), en las que desde luego subyace una crítica del sistema social español. Y por supuesto la pena de muerte es necesaria como también las amputaciones de miembros y las marcas al rojo vivo, pues tales hombres serán el anuncio público de que en toda colectividad debe primar el bien de la república. Ambos textos son claros ejemplos de cuánto le preocupaba el tema, aunque tengan que ser leídos también a la luz de la ironía. Al final, la utopía se desvanece y Periquillo, apegado a su anterior vida, se fingirá conde, obtendrá favores, se verá obsequiado y respetado, y se valdrá de Limahotón para poder regresar a su tierra, lo que significará la vuelta al mundo real en el que tales perfecciones no son posibles. Estas opiniones e ironías de Lizardi, después de analizar su Constitución, han llevado a James C. McKegney a considerarlo reaccionario (61−67). No muy distante es la opinión de Jean Franco, para la que los capítulos utópicos demuestran que Lizardi no era ningún revolucionario pues, aparte de creer en un sistema de castas, «la utopía tenía que servir de modelo para el control social dada la necesidad de mantener la disciplina entre las clases bajas» (30−33).

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3.4. La Quijotita y su prima

La Quijotita y su prima, que Lizardi subtitula «Historia muy cierta con apariencias de novela», data de 1818, cuando se vendió el primer tomo por pliegos y suscripciones en la librería de Mariano Ontiveros y en los cajones de Portal de Mercaderes. Al año siguiente, 1819, se anunció el tomo segundo. La segunda edición, que ya fue completa, no pudo ver la luz hasta después de su muerte, en 1832 en casa del impresor Altamirano.

Parecía lógico que, siendo una de las mayores preocupaciones del Pensador Mexicano el tema de la educación de los niños y jóvenes, aspecto que ya había tratado en El Periquillo, se decidiera a realizar una novela similar acerca de la mujer con el objeto de orientar a los padres y censurar los errores de su educación. Lizardi cree en «la capacidad mental de la mujer; no obstante marca límites muy precisos a la instrucción femenina […] La preparación intelectual del sexo femenino debe concretarse a los asuntos de su incumbencia», entendiendo por esto que las mujeres no deben estudiar, sino que han nacido para ser madres de familia (Ruiz Castañeda xi–xii). Por tal razón, La Quijotita y su prima resulta una novela más condicionada que El Periquillo, con una insistencia doctrinal y orientativa respecto a la educación de las jóvenes para el hogar (Insúa, Mujer casada), y en el seno de la familia, lugar donde sólo es posible el aprendizaje sobre las indispensables bases cristianas. El autor busca aconsejar a los padres para obtener un mejoramiento de la sociedad, porque en definitiva toda niña será en el futuro madre y educará a su vez a sus hijos. Este papel doméstico es el que se defiende a través de la novela y para cumplir ese objetivo se les debe imponer una educación adecuada, sin paridad de estudios con el varón; tampoco se les proporcionarán obras de imaginación, sino páginas que contengan virtudes ejemplares. Él mismo explica en la Respuesta, que hace las veces de prólogo en la novela, que la conducta de una de estas mujeres (Pomposita o Quijotita) «presenta todo el fruto de una educación vulgar y maleada, y la otra el de una crianza moral purgada de las más comunes preocupaciones», y añade: «En el contraste de estas dos educaciones se hallará la moralidad y la sátira, y en el paradero de ambas señoritas el fruto de la lectura, que será o deberá ser el tema del mal, el escarmiento y el apetito del buen obrar» (Quijotita XXVII)11.

p. 20Si la novela puede incluirse también dentro de la picaresca es solo por sus fines morales y didácticos y la conducta de la Quijotita, quien «es una hermana gemela de Periquillo» y se diferencia de este por la índole de su prima Pudenciana, que representa el ideal femenino de Lizardi, si bien es verdad que la Quijotita «sufre varias alternativas de fortuna y busca la manera de vivir como princesa sin caer en la dura ley del trabajo», explotando a sus admiradores con ardides picarescos, aunque sea víctima de ellos, dado el necesario condicionamiento moral de la obra (Ruiz Castañeda xvi y xvii). Lo que más destaca, por tanto, es cómo la novela se compone en función de una doctrina de bases cristianas, a las que está supeditada. Todo está organizado dentro de un esquema polarizado, muy simple y bien definido, de tal modo que las conductas buenas y prudentes recibirán su premio y las malas o frívolas el correspondiente castigo.

La Quijotita y su prima se abre con la presentación de las dos familias, la formada por el coronel don Rodrigo Linarte y doña Matilde Contreras; y la de don Dionisio Langaruto y doña Eufrosina Contreras; ambas hermanas tendrán dos hijas que responderán a modelos opuestos, la primera dará a luz a Pudenciana y la segunda a Pomposita. Lizardi pone en boca de Rodrigo Linarte toda la erudición y la apoyatura moral y doctrinal acerca del desarrollo vital de las niñas desde su infancia a su casamiento. El contraste entre las dos niñas se iniciará pronto en su infancia, Pudenciana siguiendo los consejos de su padre, Pomposita imitando la vida frívola y despreocupada de su madre.

El autor, a través de Linarte, entrelaza una sucesión de temas que se inician en los primeros años y concluyen con la muerte de Pomposita. El primer asunto que expone es el de la entrega de los hijos a las nodrizas o chichiguas, un aspecto discutido en la época y que siempre le preocupó. Lizardi toma algunas ideas de un asiduo colaborador del Diario de México, Juan Wenceslao Sánchez de la Barquera, que comentó en el periódico las costumbres de la época (Ruiz Castañeda xv–xvi). A continuación, expone la primera educación de las niñas en lo que atañe a la lectura y la doctrina cristiana, que según Linarte debe aprenderse en la familia y no en las amigas que abusan de la memoria sin adaptar los contenidos a su mentalidad. El resultado de la educación de ambas niñas será muy distinto: Pomposita será atrevida y desafiante, malcriada, en cambio Pudenciana será educada en la creencia de que la naturaleza «no concedió a las mujeres la misma fortaleza que a los hombres, para que estas, separadas de los trabajos peculiares a aquellos, se destinasen únicamente a ser la delicia del mundo» (Quijotita 27), aunque concluye que la mujer es igual en el espíritu. Incluso en la defensa de las mujeres cita don Rodrigo a Sor Juana Inés de la Cruz y reproduce las famosas redondillas «Hombres necios, que acusáis» (Quijotita 70). También se desgranan algunos consejos acerca de la educación y corrección de los hijos, del lujo en el vestir y las modas obscenas y abominables, para lo que cita al Abate Blanchard y su Escuela de costumbres (1775); el Tratado de educación de las hijas (1687) de François Fénelon; La familia regulada (1783) de Antonio Arbiol; Eufemia o La mujer verdaderamente instruida (1793) del alemán Joachim Heinrich Campe; y el Essai sur le caractère, les moeurs el l’esprit des femmes dans les différents siècles (1762) de Antoine Léonard Thomas. Incluso se llega a citar el Emilio (1762) de Rousseau, autor prohibido en la época: «Mr. Rousseau en su Emilio, en donde entre tan gran número de errores muy perniciosos se hallan verdades útiles» (Quijotita 89). Estas citas prueban la lectura de los autores ilustrados junto con otros tratados que explican cómo la mujer debe conducirse con Dios, con su esposo, con sus hijos y con sus criados. El tema de la enseñanza cobra gran relieve, el padre enseña a la hija en casa a leer, a escribir y a contar, esto último de gran importancia puesto que la mayor parte de las mujeres de la época solo sabían leer. Lizardi incide en el valor de la escritura y la necesidad de saber de cuentas: «Le es tan útil y necesario a una mujer el saber contar como a un hombre» (Quijotita 57).

p. 21El capítulo xii da paso al tomo segundo. Han pasado cinco años, por lo que Lizardi dará entrada a otras reflexiones, como la referente a la vocación religiosa en las jóvenes. Cita a José Boneta en su libro Gritos del infierno para despertar al mundo (1718), en el que se desaconsejaba la presión de los padres. En cambio, el coronel ofrece instrucciones a su hija acerca del matrimonio, incluyendo una cita de la Eufemia de Campe junto a consejos llenos de amor y prudencia basados en Eclesiastés. Es ya en este segundo tomo cuando siete colegiales le ponen a Pomposa el sobrenombre de Quijotita: «Don Quijote era un loco y doña Pomposa es otra loca» (Quijotita 166−167). Fundada en su belleza, Pomposa protesta de los sermones del tío Linarte, y también rechaza el sobrenombre de Quijotita. Sin embargo, frente a la actitud de Pudenciana, los gestos de Pomposita cobran a veces más vida y atractivo, amparados en un lenguaje bien fundado en lo cotidiano. El mismo apodo de Quijotita, aunque revela la presencia de Cervantes, a quien Lizardi admiraba, a la vez conecta con el sentir de una época en la que, como indica Ruiz Castañeda, quijotería y quijotismo se asociaban con la locura, lo extravagante y lo ridículo (xvi). Catherine Jaffe ha analizado este quijotismo del siglo xviii que conectaba ambos lados del Atlántico12. También la conexión con la narrativa española precedente la ha visto Alba-Koch al analizar uno de los personajes secundarios más llamativos de la novela, el de la «la vieja beata y su conexión celestinesca» (123).

El coronel sigue instruyendo a su hija y le trasmite enseñanzas útiles, siempre con el apoyo del Evangelio. También la previene de las milagrerías y las credulidades de los virtuosos fanáticos que creen en apariciones y exvotos. Sin embargo, Pomposita, asustada por una aparición, decide ser ermitaña y cae en el delirio religioso, así como su madre. La propuesta de Linarte es que las mujeres deben ser devotas sin superstición. Fruto de la mala educación, Pomposita aspira a casarse con un hombre rico y de título, en cambio su prima Pudenciana elige a Modesto, un hombre honrado con el que será feliz. También Pomposa, con su vida de lujo y despreocupación, lleva a la familia a la quiebra y a la muerte de su padre. Sus fantasías y gastos, incluso con la herencia recibida, desembocarán en la boda con un falso marqués que termina por dilapidar su fortuna. No les quedará otra salida que la prostitución. En los capítulos finales fallece el coronel Linarte rodeado de los suyos y el último capítulo da cuenta del final de Pomposita después de cuatro años de ausencia. Aparece enferma de sífilis en casa de una india y antes de morir resume su historia y la de su madre con todas las penalidades.

Siguiendo el ejemplo de la época y en especial el modelo cervantino, Lizardi introduce historias intercaladas que, a la vez que refuerzan el aspecto doctrinal, vienen a contribuir al interés y entretenimiento del lector. Es el caso de la historia de Pascual, el sirviente indígena que llega a la casa de Linarte para pedir ayuda para el matrimonio de su hijo. De esta manera se introducen otros personajes y se da ocasión para hablar de la educación de los pobres y de los indios, del interés de las escuelas en los pueblos, de los buenos maestros, así como se crítica el exceso de los gastos de las bodas. Otra historia entrelazada con los protagonistas es la de Jacobo Welster y Carlota, cuyo amor encuentra el obstáculo de la diferencia religiosa, a la vez que trata del poder de los padres para ingresar a las jóvenes en los conventos contra su voluntad. Linarte interviene en su favor y, después de una serie de acontecimientos, se produce el final feliz. También relacionada con temas de casamiento forzado en la familia, se incluye la historia de Irene a la que, amando a Jacinto, querían casar en contra de su voluntad, con el rico don Cosme. Otra curiosa historia intercalada, llena de humor, es la de la muerte y exequias de Pamela, la perrita cuyo homenaje aparece en el capítulo xxv con una serie de octavas y sonetos ingeniosos. Se dice expresamente que son obra del doctor José María Guridi y Alcocer (1763−1828), clérigo liberal que participó en las Cortes de Cádiz y luego fue redactor de la Constitución Mexicana de 1824. A continuación, aparecerá la Oración fúnebre, en la que se habla del amor que Pomposa tenía por Pamela y se exaltan las virtudes de la perrita.

p. 22En conclusión, esta novela sigue dando muestras de la capacidad narrativa de Lizardi y cumple su objetivo de mostrar cómo una joven, Pomposita, se pierde influida por las modas del siglo ilustrado, cuyos peligros no comprende. En el otro lado está el coronel Linarte y su hija Pudenciana, que plantean la doctrina desde la perspectiva cristiana teniendo siempre en cuenta que la educación debe estar de acuerdo con la naturaleza.

3.5. Otras obras narrativas: Noches tristes y día alegre y Don Catrín de la Fachenda

Noches tristes y día alegre (1818) es, hasta por el título, una imitación de las Noches lúgubres de José Cadalso, imitación que el propio autor confiesa en su comienzo. Los juicios que se han emitido sobre ella han sido en exceso negativos y las comparaciones con la obra del autor español han contribuido a rebajarla (Cabañas 425−441). Lizardi toma los elementos exteriores de la obra de Cadalso, asunto, personajes, énfasis y artificio, para articular su propia nota moralizadora, y destacar el final dichoso del hombre que confía en la justicia divina. El escritor mexicano no admite los tedios románticos y se adhiere a la resignación de la fe cristiana: su protagonista Teófilo, nombre de significación intencionada (‘amigo de Dios’ en griego), pasará por varias pruebas durante cuatro noches hasta desembocar en ese «Día alegre» que el autor añade en la segunda edición con el fin de «provocar la piedad de los hombres en favor de sus semejantes desgraciados» (Obras IX: 424). Narración y diálogo alternan en este título que Lizardi gustaba denominar novela. Todo está aquí supeditado al afán didáctico, a la explicación de la actitud del hombre en sociedad. La obra resulta así un tanto forzada y artificiosa, además el autor se mueve mal en este argumento importado, dentro de un ambiente que no resulta apto para introducir los rasgos de su propia personalidad. La inspiración foránea de la obra fue percibida por Myra Yancey (394−397) y posteriormente Víctor Cantero indica que Lizardi elabora la obra «a partir de los principios morales, religiosos y sociales que entiende como los más oportunos para la educación de los ciudadanos mexicanos», y añade que «mediante el análisis contrastivo de ambas novelas hemos evidenciado que las Noches de Lizardi se inspiran más en los aportes didácticos de los Nights Thoughts, de Edward Young, que en las tesis prerrománticas cadalsianas» (32−33). Además, Lizardi introduce, como siempre en su obra, el estilo y el lenguaje popular, así como los tipos observados en el vivir cotidiano, lo que rompe el carácter distante y misterioso.

Para muchos críticos Don Catrín de la Fachenda, aparecida en edición póstuma en 1832, pero que data de 1819 a 1820, es la obra más actual de Lizardi, porque viene a ser un Periquillo sin los enfadosos comentarios didáctico-moralizantes, superando incluso a su primera novela (Bancroft 533−538). Aunque estudiosos posteriores han considerado las similitudes que presentan las dos novelas (Béroud, «Dos facetas» 109−120), también la han aproximado al estilo de Cervantes (Lasarte 101−112), o la han considerado más concentrada y paródica (Cvitanovic 301−306). Estévez Molinero, al realizar una lectura actualizada de la obra, cree, describiendo y analizando narratológicamente el texto, que «representa un avance cualitativo en el proceso de depuración novelesca» en relación con el Periquillo, para concluir el importante lugar que ocupa dentro de su producción («Catrín» 28 y ss.). Por su parte Marrero Fente realiza una lectura teniendo en cuenta la postura irónica del autor: «La ironía es evidente en la contradicción entre el discurso de don Catrín y su vida». Pero además funciona una «ironía oculta» detrás de algunos discursos, lo que produce la ambigüedad de la obra (114).

p. 23Por esta misma razón, también la intención crítica y satírica se concentra en la actuación de un personaje de mayor perversidad que Periquillo, cuyas acciones en sí mismas buscan producir un revulsivo. Dice el novelista mexicano Agustín Yáñez: «Don Catrín es a Periquillo, lo que Quijotita a su prima: el fondo oscuro en que se destaca el proceso victorioso de la educación» (xxxviii). Catrín dicta su vida en el momento de su muerte, a los 31 años de edad, la ironía se combina en sus palabras, al presumir de cuna noble. Sus padres, aunque pobres, lo malcrían. Aconsejado por su amigo Precioso entra en la milicia, pero, siguiendo la inclinación del siglo ilustrado, será libertino, jugador estafador y blasfemo, seduce casadas y burla a la justicia. Sorprendido en sus fechorías no tendrá más remedio que pedir la licencia de la milicia. Obsesionado por su apariencia y por la moda, se cree superior a todos, engaña y roba sin freno; alguna suerte le proporciona el juego, aunque pronto se descubrirán sus trapacerías. Abusa de la gente y aplica el Decálogo de Maquiavelo, que combina egoísmo e hipocresía. Saldrá perseguido y apaleado para acabar en hospitales o en la cárcel e incluso lo llevan preso al Morro de La Habana. Al volver a México reniega de la ilustre clase de los catrines, se vuelve desvergonzado, y comienza su vagabundaje y engaños por las calles hasta que en una pelea sale tan malherido que tienen que amputarle una pierna. Comienza su vida de mendigo con cierta complacencia.

En el fondo el personaje de Don Catrín es un pícaro con las disposiciones más aventajadas que propiciaba la filosofía del xviii, su ateísmo le depara la desconfianza en la humanidad y progresivamente va ahondando en el mal. La visión del mundo que ofrece es totalmente negativa, y así Fernández de Lizardi opera sobre el lector por contraste: en el capítulo final, Catrín, enfermo y abandonado en un hospital, se niega a hacer confesión general. En el desenlace el practicante del hospital, que hace de amanuense, destaca el funesto papel de los padres, la holgazanería y los vicios educativos, para comprometerse a concluir la historia de la vida de Catrín y darla a conocer: «Expiró entre la incredulidad, el terror y la desesperación. ¡Pobre Catrín! ¡Ojalá no tenga imitadores!» (Obras VII: 619), finaliza la obra con el esperado propósito ejemplarizante.

4. Obras de Lizardi en otros géneros: la poesía y el teatro

A comienzos del siglo xix la poesía mexicana se adentraba por los senderos del neoclasicismo; se empieza a hablar de buen gusto literario, y con la lectura de neoclásicos como Luzán, Boileau, Fenelón, Iriarte y Samaniego se van conformando las nuevas pautas poéticas en las que se desechan los valores del siglo xvii y se impone el prosaísmo. No es de extrañar que, en estas circunstancias, y siendo la poesía el género más cultivado en los siglos precedentes, la primera composición de Lizardi sea la «Polaca» en honor de Fernando VII. A partir de esa fecha el Pensador no dejó de escribir poesía durante toda su vida, aunque bien es verdad que en ella no raya a gran altura. Era evidente que el autor era, sobre todo, un narrador. Sin embargo, escribió sonetos, romances, décimas, letrillas, siguiendo siempre moldes ya impuestos en los que nunca se manifestó innovador. Carecía Lizardi del don del verso y no le favoreció tampoco el siglo en que vivió. En él lo primordial es el fin directo de su trabajo, la consecuencia en los demás, la posible influencia educadora. Ello lo llevó a composiciones poéticas en las que tal labor podría realizarse, como la fábula, y rechazar otras modalidades, como la poesía amorosa. Esta es la razón por la cual Lizardi se sintió más atraído por la poesía satírica que entonces se difundía de manera abierta o más o menos clandestina entre las gentes, y que servía como medio de escape a la opresión inquisitorial y de diversión a costa del poderoso.

p. 24Desde su fundación en 1805 el Diario de México se convierte en el centro de difusión de la vida literaria. El grupo conocido como la «Arcadia mexicana», que integraban, entre otros, Fray Manuel de Navarrete, Francisco Manuel Sánchez de Tagle, Anastasio de Ochoa, Juan María Lacunza y Mariano Barazábal, encontró acogida en sus páginas con la pretensión de implantar el buen gusto neoclásico, y es un buen índice para estudiar el ambiente literario, e incluso intelectual, en el que se desenvuelve Lizardi. La lírica de los adeptos de la Arcadia, incluso en el mejor representante, Navarrete, es prosaica, sentimental y afectada, en el insistente cultivo de la égloga pastoril y en el apoyo de los modelos de Juan Meléndez Valdés o Cadalso, siguiendo una doble vertiente dentro del xviii, la rococó y la neoclásica.

Fue precisamente la publicación de algunos poemas de Lizardi en el Diario de México, o tal vez su fama de folletinista, puesto que vendía sus obras en un puesto del mercado central, lo que provocó una curiosa polémica que lo enfrenta durante seis meses con los miembros de la «Arcadia mexicana» después de la publicación de algunos de sus poemas. En el intercambio de opiniones, se evidencian dos maneras de ver la literatura que oponen, por un lado, a Lacunza y sus compañeros de la Arcadia y, por otro. a Fernández de Lizardi, en cuya defensa surge algún colaborador anónimo. El centro de la discusión gravitaba sobre dos concepciones literarias: la de los árcades, refinada, seguidora de la preceptiva neoclásica, que no descendía al llano espectáculo del pueblo, y la obra de un escritor que, como Lizardi, se volcaba hacia el tono popular con expresiones conversacionales que, a los poetas partidarios del neoclasicismo, casi siempre podían resultar vulgares. Pero en la búsqueda de una literatura nacional la única ruta posible, que intuye Lizardi, frente a los árcades imitadores del siglo xviii español, residía en lo popular; este hecho es lo que lo irá afianzando como escritor, como periodista, y también como novelista13.

Se conservan poemas políticos de Lizardi, en los que, a partir de la «Polaca», se muestra todavía fiel a la corona española, así, «La muralla de México» o el «Aviso patriótico a los insurgentes a la sordina», ambos de 1811. No son poemas valiosos, ni siquiera por la ideología, que se mantiene con sorprendentes vacilaciones, lo que llevó a sus contemporáneos a reprocharle su poca fe en la insurrección. Entre los poemas de tema religioso destacan los de asunto mariano como «La gloria de México en María Santísima de Guadalupe» y «Canto al glorioso protomártir San Felipe de Jesús». Aunque los más conocidos y apreciados son los «Consuelos del hombre cristiano fundados en los principios de su religión» o «Himno a la Divina Providencia» y también la obra teatral, escrita en verso, Pastorela, en dos actos. El primero fue escrito en 1813 durante su estancia en la cárcel y es el poema más conseguido, dentro de su mediocre producción.

p. 25Dadas las características de su concepción poética era de esperar una mayor dedicación a la poesía satírica y a las fábulas, porque tanto en unas como en otras podía dar salida al tono didáctico moral; mediante lo satírico podía expresar sus mejores cualidades de observador de la vida mexicana, tanto en el aspecto de las costumbres como del lenguaje. Satirizó de todo, modas, vicios, actitudes, profesiones: «El que desde chico es guaje hasta acocote no para», «El testamento del gato», «La verdad pelada», «Hay muertos que no hacen ruido» y «El médico y su mula». Este mismo tono aparece en sus fábulas, género que arrastraba su popularidad desde el siglo precedente y que se inserta con gran frecuencia en los periódicos de la época. La primera fábula conocida de su autoría es «La abeja y el zángano», que se publicó en el Diario de México. Más tarde Lizardi reunió sus Fábulas (1817), en las que se aprecia que, a través de una crítica política, humorística e irónica, recibe la influencia de los dos fabulistas más leídos y admirados del momento: Iriarte y Samaniego.

El teatro que vio Lizardi estaba dominado en su totalidad por nombres europeos, sobre todo españoles. La mayor parte de las obras solían representarse en el Coliseo Nuevo, cuya construcción había sido terminada en 1753 (Spell, Bridging 29−68). El neoclasicismo había ido penetrando de forma paulatina en el panorama teatral, y las obras del Siglo de Oro iban cediendo ante las de Moratín y de Iriarte. Al mismo tiempo, a fines del siglo, con la llegada del Virrey, Conde de Revillagigedo, en 1789, el teatro irá adquiriendo una mayor calidad respecto a las representaciones anteriores. Una vez más, a través del Diario de México podemos obtener un gran cúmulo de información sobre obras, autores, actores, que abarcan los años de 1805 a 1812, fecha en que, ya comenzada la insurrección, el teatro entra en decadencia, porque en sus mismos contenidos no interesaba, o porque primaban los acontecimientos políticos. Las obras que se representaban en el Coliseo Nuevo, ante un público ruidoso y charlatán, procedían en la inmensa mayoría de España, de autores como Lope de Vega, Tirso y, sobre todo, Calderón y Moreto; también más recientes, como Iriarte, Leandro Fernández de Moratín y Luciano F. Comella, del que, al menos, se representaron dieciséis obras (Wold 92 y ss.).

No era un panorama teatral demasiado alentador, en un momento en el que se apreciaba la crisis y la inestabilidad propias de la transición. Lizardi sostenía acerca del teatro los mismos conceptos que prevalecían entre los ilustrados racionalistas, rechazaba el teatro de Calderón y de Moreto porque con sus enredos ofrecían mal ejemplo a los jóvenes. El teatro debía ser para el Pensador Mexicano, útil para el espectador, y las apostillas de doctrina y de moral irían dirigidas a mostrar los vicios de la sociedad; el lenguaje debía ser estricto y recatado; las unidades aristotélicas y la verosimilitud ajustada a lo real deberían respetarse al máximo. En esencia «concibe el medio escénico como el procedimiento más eficaz, rápido y directo de incidir en el pensamiento del público» (González Contreras 68). Pero, a pesar de sus buenas intenciones, Lizardi no tiene dotes de autor dramático, no estructura adecuadamente, es esquemático en el desarrollo de los temas, y su pensamiento, dirigido prioritariamente en la línea del periodismo, olvida los procedimientos de la dramaturgia. Tenemos escasas noticias acerca de la posible representación de sus obras. Se conservan ocho títulos: Auto Mariano para recordar la milagrosa aparición de Nuestra Madre y Señora de Guadalupe (1813); la Pastorela en dos actos (1817); el Unipersonal del Arcabuceado de hoy 26 de octubre de 1822 (1822); el Unipersonal de don Agustín de Iturbide Emperador que fue de México (1823); El grito de la libertad en Dolores (1824); El negro sensible, segunda parte (1825); y La tragedia del padre Arenas (1827). Se desconoce la fecha de Todos contra el Payo y el Payo contra todos (González Contreras 70).

p. 26El auto mariano aúna catolicismo y mexicanismo en torno al tema de la aparición de la Virgen de Guadalupe a Juan Diego. La misma línea religiosa aparece en la Pastorela en dos actos, que sigue la estela de las representaciones navideñas que se efectuaban en México desde los primeros misioneros franciscanos. Es una obra singular cuya primera edición en 1817 fue descubierta por Reyes Palacios en 2011 junto con una segunda edición seis años posterior. Este estudioso analiza su trayectoria a lo largo del siglo xx, con algunos cambios de título, destacando que «se volvió anónima en una población guanajuatense que la adoptó como propia» (7). También escribió Lizardi la segunda parte de la comedia de Luciano F. Comella El negro sensible, cuyo tema le obsesionaba, la esclavitud y la discriminación de los negros dentro de una línea liberal y humanitaria, y era el mismo aspecto que aparecía en el comienzo del, hasta entonces inédito, cuarto tomo de El Periquillo Sarniento. Aunque en esta fecha ya hacía un año que había sido abolida la esclavitud, sabemos que El negro sensible de Comella se popularizó y se representó en la Nueva España a partir de 1805, pero fue condenada por el Santo Tribunal de la Inquisición el 5 de agosto de 1809 por fomentar la insurrección de los esclavos contra sus dueños. Schuchardt analiza la obra en sus dos partes (353−366) señalando la diferencia entre los dos autores. En lo que respecta a la segunda parte escrita por Fernández de Lizardi, estuvo a punto de ser representada el mismo año de su composición en el Coliseo de la Ciudad de México, pero se canceló en el último momento (Young 374). El hecho de que el Pensador haya optado por retomar la obra de Comella afirma su reiterada actitud en contra de la esclavitud (González Contreras 71).

El resto de sus títulos adolece de su poca habilidad dramática, aunque en todos ellos se muestra un autor preocupado por la proyección didáctica. Es el caso de la atribuida Todos contra el payo y el payo contra todos, de crítica de costumbres; o los monólogos dramáticos o unipersonales, El unipersonal del arcabuceado, que sirve para defender sus ideas educativas, El unipersonal de don Agustín de Iturbide, que, basándose en la abdicación del emperador en 1823, ofrece sus reflexiones sobre su sentir contradictorio acerca del personaje: el deseo de enaltecerlo y la realidad de los hechos. El grito de libertad en Dolores reconstruye dramáticamente los momentos previos a la independencia, y La tragedia del Padre Arenas se basa en el suceso real de la conspiración de un fraile dieguino, Joaquín Arenas, que encabezó una conjura para el retorno de México al dominio de España. Esta parece ser su última obra dramática, y según el análisis de González Contreras «pretende instruir al público enfatizando la función imperante de la libertad y los derechos individuales como factores imprescindibles para lograr el nivel de libertad mediante el cual se alcanza la autonomía de gobierno a un nivel social más amplio: la independencia política que conduce a la plenitud del ser humano» (González Contreras 68).

En resumen, como suele suceder en el resto de su producción, también aquí hay un estímulo general que converge en los problemas sociales y políticos de su país abordados en diferentes perspectivas, desde las más ingenuas y populares, hasta las más comprometidas. Y, de cara a su evaluación literaria, parece válida la opinión expresada por Ubaldo Vargas Martínez de que es «lo menos consistente» (30) de su obra, justamente por el predominio de la preocupación didáctica y el empeño moral.

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1 La biografía completa de Lizardi fue investigada por Luis González Obregón, cuyo trabajo fue retomado y ampliado por Jefferson Rea en 1931 y 1971 (99−141).

2 Folleto de Fernández de Lizardi, Respuesta del Pensador al defensor del Payo del Rosario, México, Oficina del finado Ontiveros, 1825, pp. 6−7.

3 Gran parte de la obra del autor puede consultarse en https://www.iifilologicas.unam.mx/obralizardi/. Acceso mayo 2024.

4 Las primeras investigaciones sobre Lizardi y la Inquisición las realizó González Obregón con descripción y documentación directa de sus procesos en 1794 y en 1815 (155−204).

5 Referencias más completas de sus lecturas pueden encontrarse en Ruiz Barrionuevo «cultura ilustrada» 75–94.

6 El problema de la existencia de la novela en América en la época de la Colonia resulta difícil de dilucidar, y en todo caso tendríamos que abordar previamente minuciosos problemas de deslinde genérico. Cedomil Goic (369−406) ofrece algunos ejemplos narrativos anteriores a la obra del mexicano.

7 «Apología de El Periquillo Sarniento», artículo inserto en los números 487 y 488 de 12 y 15 de febrero de 1819 del Noticioso General. Reproducido en Obras VIII: 24−25.

8 Un destacado estudio abarcador de la obra narrativa de Lizardi puede revisarse en Vogeley (Birth of the Novel 83−256).

9 En esta misma línea de transformación de la picaresca y de la influencia del espíritu francés hay que situar el posible estímulo que significó la lectura de Gil Blas de Santillana de Alain-René Lesage (Reyes Palacios, Obras VIII: xiii-xviii; Lozano 263−274) que Lizardi conoció en la versión del Padre Isla (1787), por lo que pudo pensar que se trataba de un libro español. Numerosos críticos han vuelto a abordar el carácter picaresco de la novela, como Catherine Béroud (1041−1045); Alicia Llarena (45); Ángel Estévez Molinero (58−59). El hecho evidente de encontrarse ante un pícaro que no se entiende estrictamente dentro de la tradición hispana ha llevado a buscar otras fuentes y explicaciones más próximas a la lectura de Cervantes. Este es el caso del mexicano Francisco Monterde (92−93), tesis que fue mantenida por otros críticos como Luis González Cruz (188−203) y, posteriormente, este mismo autor en la revisión de la lectura del Quijote (927−932). El tema fue retomado por John Skirius, que además revisa algunos episodios de la Quijotita (268−269). También hay que tener en cuenta el posterior estudio de Alba-Koch en 2010, en que vuelve sobre el tema destacando la diferente valoración y lectura del Quijote en la época, lo que llevaba a considerarlo un libro extravagante y ridículo (52).

10 Lizardi toma como fuente la obra de Juan González de Mendoza, Historia de las cosas más notables, ritos y costumbres del gran Reino de la China, autor considerado gran autoridad en su tiempo sobre el tema y cuya primera edición se publicó en español en Roma en 1585. Knowlton demuestra que tomó frases y referencias varias.

11 Citamos este libro por la edición de Porrúa de 1967 incluida en la bibliografía final.

12 «As books and ideas circulated throughout the Atlantic world in the eighteenth century, quixotism stands out as a distinctively Spanish literary model manifested in many transatlantic and inter-American adaptations» (82).

13 Este episodio, así como un análisis de su poesía puede revisarse en el estudio preliminar de Jacobo Chencinsky en Fernández de Lizardi, Obras I: 7−75.